Liora: Inteligencia Artificial con alma más que humana

Capítulo 17: Aroma a hogar 

La casa estaba en Las Lomas.

No era ostentosa en el sentido en que Don Miguel podría haberla elegido hace tres semanas, cuando todavía pensaba en Liora como oro y propiedad intelectual.

Era sobria de la manera en que lo son las cosas que cuestan una fortuna, pero no necesitan presumirlo: muros altos, un jardín interior silencioso, tres niveles y una terraza en el último piso desde donde la ciudad se extendía hacia todos los horizontes, como si no supiera dónde terminar.

Don Miguel la había conseguido en cuarenta y ocho horas a través de un contacto que no preguntó para quién era porque Don Miguel era el tipo de hombre cuyos contactos habían aprendido que las preguntas innecesarias no aceleran nada.

La había puesto a nombre del Fondo de Coexistencia Ética.

Con una nota que Valentina le reenvió a Liora esa misma noche y que decía, con esa precisión directa que Don Miguel usaba cuando escribía solo de noche desde su computadora personal:

No se trata de un obsequio. Es una inversión estratégica. Y, para garantizar estabilidad, se incorpora como un componente obligatorio del modelo.

Liora leyó la nota dos veces.

Luego le respondió con una sola línea: Entendido. Gracias.

Don Miguel no respondió de inmediato dejo pasar un itempo y despues escribio: De nada.

Llegaron a la casa un martes por la noche, todavía con el ruido del aeropuerto pegado en el cuerpo.

Gerardo entró primero, que era su protocolo y que nadie había necesitado explicarle porque era el tipo de cosas que Gerardo sabía hacer sin instrucciones. Revisó cada cuarto, cada entrada, cada ventana.

Cuando salió al jardín interior donde Roy y Liora esperaban con las maletas, asintió una vez.

— Está bien — dijo.

Liora entró.

Caminó despacio por el primer nivel, con esa manera suya de habitar los espacios nuevos que Roy había aprendido a reconocer desde el departamento de Coyoacán: no como inspección sino como conversación. Como si los espacios tuvieran algo que decir y ella estuviera escuchando antes de responder.

La cocina era grande. La sala tenía luz natural incluso de noche, que era un efecto de los tragaluces en el techo que alguien había diseñado con cuidado. El jardín interior tenía un árbol — un fresno, calculó Liora, de unos doce años — que crecía exactamente en el centro como si siempre hubiera sabido que ese era su lugar.

Liora se detuvo frente al árbol.

Lo miró durante un momento.

Pensó en el helecho de Marcos en Coyoacán, que había regado con precisión milimétrica la última mañana antes de irse. Pensó en el fresno del hospital donde había llorado por primera vez frente a un árbol. Pensó en que los árboles tienen una manera de estar presentes que no requiere explicación.

— Me gusta — dijo en voz baja, aunque no había nadie a su lado en ese momento.

O eso creía.

— A mí también — dijo Roy, que había aparecido detrás de ella sin que ella lo notara, que era una de las pocas cosas en el mundo que podía hacer sin que ella lo notara porque Roy se movía con esa quietud específica de los hombres que aprendieron a no ocupar más espacio del necesario.

Liora lo miró.

— ¿Cuándo aprendiste a hacer eso?

— ¿Qué?

— Aparecer sin que yo te detecte.

Roy consideró eso con esa honestidad suya que no necesitaba escenografía.

— Creo que siempre lo hacia, jejeje — dijo —. Solo que en Belice no había dónde esconderse.

Liora procesó eso.

Lo guardó.

La conferencia de prensa estaba programada para el jueves.

Valentina la había organizado con la precisión de quien sabe que este tipo de eventos tienen una sola oportunidad de salir bien y que salir bien no significa salir perfecto sino salir honesto.

No iba a ser en las oficinas de NeoCorp. Eso habría mandado el mensaje equivocado. Tampoco en la Corte, que era territorio legal con sus propias reglas. Valentina eligió el Museo Universitario Arte Contemporáneo, en Ciudad Universitaria, porque era un espacio que pertenecía al conocimiento y no al poder corporativo, y porque tenía una sala con luz natural que hacía que todo lo que ocurriera adentro pareciera, de alguna manera, más real.

Iban a estar presentes: Liora, Roy, Valentina, y Gerardo fuera de cámara.

Don Miguel había pedido asistir.

Liora le había respondido que no. No con frialdad. Con la misma honestidad directa de siempre:

Esta conferencia es sobre lo que soy. Su presencia la convertiría en una conferencia sobre lo que NeoCorp decidió. Hay una diferencia y necesita mantenerse.

Don Miguel había respondido en cuarenta minutos:

Tiene razón. Estaré pendiente.

El miércoles por la mañana, mientras Gerardo coordinaba los detalles de seguridad para el jueves y Valentina preparaba el formato de la conferencia en la sala del primer nivel con tres laptops abiertas simultáneamente, Liora se veia radiante portaba un traje sastre color azul con un blusa blanca y Roy su un traje oscuro con corbanta, ambos salieron sin escolta. Gerardo había evaluado la situación y había concluido que una salida discreta a pie, sin anuncio previo, en una zona de la ciudad que no era la más transitada, tenía menor riesgo que moverse en vehículo identificable.

— Dos horas máximo — había dicho Gerardo.

— De acuerdo — había dicho Liora.

— Y si alguien los reconoce —

— Manejo la situación — había dicho Liora.

Gerardo la había mirado con esa expresión suya de evaluación rápida.

— De acuerdo — había dicho finalmente.

Caminaron por Lomas de Chapultepec con el sol de la mañana cayendo entre los árboles de los camellones, que eran árboles viejos con esa dignidad específica de las cosas que han visto pasar suficiente historia como para no sorprenderse de nada.

Liora caminaba con ese paso completamente suyo y Roy caminaba a su lado.

No hablaban de la conferencia; hablaban de trivialidades, del sabor del café y de lo fresco que estaba el día, como si lo importante estuviera en cualquier otra parte menos en lo que se debateria en la conferencia, pasaron por una panadería y Roy compró pan caliente.




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