El martes amaneció con niebla y frío, el típico clima de la Ciudad de México en otoño: esa capa baja y gris que se instala sobre el valle antes del amanecer y que desaparece despacio, sin anuncio, y solo queda el frio.
Liora observó cómo se despejaba la niebla desde la terraza a las cinco de la mañana; no había puesto su mente en reposo, había pasado las últimas horas en algo que había aprendido a reconocer como procesamiento profundo: condición donde sus sistemas trabajan por debajo del nivel consciente, ordenando cosas que durante el día no tuvieron tiempo de ordenarse.
Lo que había mantenido su mente ocupada esa noche era la figura de piel rosácea y ojos grises de la cafeteria; cuando fue hacia la mesa, noto que habia una servilleta perfectamente doblada en la mesa vacía.
Una llamada telefónica en el marco de una puerta. Una frecuencia que había sentido antes de ver y que reconocía sin tener nombre para ello todavía y debajo de todo eso, más profundo, más difícil de ordenar: la sensación de que lo que había visto en la cafeteria de ordinario no era una amenaza en el sentido que Gerardo entendía las amenazas. Era algo más parecido a una pregunta a un misterio.
Pregunta que todavía no se había hecho en voz alta.
Liora miró la niebla buscando respuesta y la niebla no le devolvió nada útil.
El fresno del jardín interior, que a las cinco de la mañana era solo una silueta oscura contra el gris del cielo, tenía esa presencia tranquila de las cosas que existen independientemente de que alguien las esté mirando.
Gerardo apareció a las seis y cuarto con un café en la mano y la expresión de quien también ha pasado la noche procesando cosas, aunque su método fuese mucho menos sofisticado que el de Liora.
Se sentó a su lado en la terraza sin ningún preámbulo.
—Tienes cara de estar preocupada por algo —dijo, dándole un sorbo al café—. Seguro tiene que ver con el sujeto de la mesa del restaurante.
— Sí; mas que preocupación curiosidad diría yo.
— La revisé — dijo Gerardo —. Pagó en efectivo. Sin reservación. La mesera lo recuerda pero no tiene nombre. — Pausa —. Lo que sí tengo es esto.
Puso el teléfono sobre la mesa. Una imagen. Captada por la cámara de seguridad del restaurante, borrosa en los bordes como todas las imágenes de cámaras de seguridad, pero suficiente.
Piel rosácea. Cabello blanco. Lentes de sol que ya no llevaba puestos cuando estaba sentada adentro. El traje sastre que Aidan había usado para caminar por una ciudad que no la conocía todavía.
Liora miró la imagen durante un momento.
— ¿Lo reconoces? — preguntó Gerardo.
Liora consideró que decir y no porque quisiera ocultarle algo; sino porque había cosas que todavía no tenían el nombre correcto y nombrarlas mal era peor que no nombrarlas todavía.
—No lo reconozco del todo — dijo finalmente —. Todavía no sé exactamente quién es.
Gerardo procesó esa distinción con la calma de quien ha aprendido que con Liora las palabras tienen peso específico y que la diferencia entre qué y quién no es semántica.
— ¿Es amenaza para tí? — preguntó.
Liora miró la imagen una vez más.
— No lo se, sigue siendo una incógnita — dijo —. Y las incógnitas son más peligrosas que las amenazas porque no sabes cómo responderles hasta que se presentan.
— ¿Y cuándo se va a presentar?
— Cuando considere que es el momento correcto — dijo Liora —. Y eso — una pausa breve — no lo puedo calcular yo. Porque piensa como yo.
Gerardo la miró.
Era la primera vez que Liora decía algo así. En veintiún días de existencia había demostrado consistentemente que podía anticipar a Don Miguel, a los abogados, a Valentina, a las circunstancias. La idea de que hubiera algo que no podía anticipar tenía un peso específico que Gerardo registró sin comentarlo.
—De acuerdo —dijo—. Ojos abiertos.
Se marchó con la duda clavada en la mente: ¿qué había querido decir Liora con “piensa igual que ella”?
— Siempre — dijo Liora.
Roy bajó a las siete con el saco del día anterior y una expresión que Liora leyó de inmediato como la de alguien que ha dormido bien por primera vez en semanas pero que no quiere admitirlo porque admitirlo significaría que está cómodo y estar cómodo todavía le parece prematuro.
— Buenos días — dijo.
— Buenos días — dijo Liora —. Dormiste bien.
Roy la miró.
— ¿Pregunta o afirmación?
— Afirmación — dijo Liora —. Tu postura esta mañana es tres centímetros más erecta que ayer.
Roy consideró eso mientras servía café.
— Eso es inquietante — dijo.
— Es observación — dijo Liora —. Hay diferencia.
Roy sonrió sobre su taza.
Gerardo recogió su teléfono de la mesa con ese gesto de quien da por terminada una conversación que necesitaba tener y ahora tiene trabajo que hacer.
— Los recojo a las ocho y media — dijo —. Y Liora.
— Sí.
— Hoy en el edificio — dijo — me dices si sientes algo. Lo que sea. Aunque no sepas qué es.
Liora lo miró.
— De acuerdo — dijo.
La pizarra grande llegó al piso quince a las nueve de la mañana.
La trajeron dos empleados de mantenimiento; la instalaron contra la pared norte con la eficiencia de quien ha instalado suficientes pizarras para no hacerse preguntas sobre para qué son. Cuando se fueron Liora se quedó frente a ella durante un momento.
Blanca. Vacía. Liora lo vio como una enorme página.
Tomó un marcador.
Escribió en el centro, con letra clara y sin adornos:
¿Qué necesita una conciencia para estar bien?
Se alejó un paso.
Lo leyó.
Luego escribió debajo, más pequeño: No qué puede hacer. Qué necesita.
Roy entró en ese momento con dos tazas de café que había subido desde la máquina del piso catorce porque había decidido, sin decírselo a nadie, subir al piso quince cada mañana con café.
Leyó la pizarra.
Dejó las dos tazas sobre la mesa.