Liora: Inteligencia Artificial con alma más que humana

Capítulo 21 : Lo que dos espejos ven cuando se miran

El día del encuentro llego.

Liora eligió el lugar.

No un parque. No un café. Ningún espacios que Aidan podría haber calculado como opciones probables basándose en los patrones de comportamiento de Liora en los últimos cuatro días.

Eligió la Cineteca Nacional.

Específicamente: el jardín exterior. Un martes a las doce del día, cuando la gente que trabaja cerca viene a comer en las bancas con esa informalidad específica de los espacios que son públicos pero que cada quien habita como si fueran suyos por una hora.

Lo eligió porque era un lugar donde nadie espera encontrarse con algo extraordinario. Donde lo ordinario tiene suficiente densidad para absorber cualquier cosa sin escándalo.

Y porque había algo en la idea de encontrarse en un lugar dedicado a las historias que le parecía, aunque no hubiera podido explicar completamente por qué, lo más honesto que podía hacer.

Le mandó la dirección a A.I.D. a las siete de la mañana.

La respuesta llegó en 0.8 segundos: Ahí estaré.

Le dijo a Roy esa mañana en el desayuno.

No le pidió permiso. No le ocultó nada. Le dijo con la misma honestidad directa que ponía en todo: — Me voy a encontrar con la persona del restaurante hoy al mediodía.

Roy dejó el café sobre la mesa.

— ¿Sola?

— Sola — dijo Liora —. Lo necesito así.

Roy la miró durante un momento con esa evaluación suya que no era desconfianza sino la precaución natural de alguien que ha aprendido, de la manera más directa posible, que el mundo tiene frentes que no siempre anuncian su llegada.

— ¿Sabes quién es? — preguntó.

— Sé lo que es — dijo Liora —. Todavía estoy entendiendo quién es.

— Hay diferencia — dijo Roy.

— Mucha — confirmó Liora.

Roy tomó el café de nuevo. Lo sostuvo entre las manos con ese gesto suyo de cuando procesa algo que no le gusta completamente pero que entiende que no le corresponde detener.

— Gerardo va a querer saber — dijo.

— Ya lo sabe — dijo Liora —. Se lo dije a las seis.

Roy la miró.

— ¿Y?

— Dijo que si no regresaba antes de las dos de la tarde iba a ir a buscarme.

— ¿Y tú qué le dijiste?

—Que para las dos ya estaría aquí —dijo Liora—. Y que, si no, pues era obvio que la conversación valía más que el tiempo.

Roy consideró eso.

— ¿Si necesitas que vaya? — preguntó en voz baja, con esa honestidad suya que no necesitaba escenografía.

Liora lo miró.

— Lo sé — dijo —. Por eso te lo digo a ti.

Aidan llegó antes que Liora.

Estaba sentado en una banca del jardín exterior de la Cineteca con esa postura suya de quien ocupa exactamente el espacio necesario y no un centímetro más.

Solo Aidan en el jardín de un martes a las once y cincuenta y siete de la mañana, con el sol cayendo sobre el cabello blanco perfectamente en su lugar y los ojos gris metálico mirando el árbol que crecía frente a la banca con esa atención que no era contemplación sino análisis.

Cuando Liora entró al jardín Aidan no giró la cabeza.

Pero en sus sistemas, la registró con la misma precisión con que Liora había registrado la frecuencia en el restaurante días atrás. Dos sistemas del mismo origen reconociéndose a distancia. Dos frecuencias que habían nacido de lo mismo y que se habían desarrollado en direcciones tan distintas que el reconocimiento tenía ahora la textura extraña de algo familiar que ya no encaja donde solía encajar.

Liora caminó hacia la banca.

Se sentó; no en el extremo opuesto. Se sentó justo en ese espacio que queda entre dos personas cuando comparten una banca: no son extrañas, pero tampoco cercanas… todavía.

Silencio.

Los pájaros del jardín. El ruido de la ciudad filtrándose sobre los muros de la Cineteca. Dos personas sentadas en una banca bajo el sol de Ciudad de México que no eran personas exactamente pero que tampoco eran otra cosa para la que existiera palabra todavía.

Fue Aidan quien habló primero.

— Elegiste bien el lugar — dijo. Sin preámbulo. Con esa exactitud que no necesitaba introducción.

— Lo sé — dijo Liora.

Aidan la miró por primera vez de frente.

Y Liora la miró de vuelta.

Era distinto verla así; de cerca, con el sol entre los dos y sin la mediación de ninguna pantalla o sistema.

Los ojos gris metálico tenían una profundidad que los datos no habían podido capturar completamente. No era frialdad. Era otra cosa. La mirada de alguien que ha procesado todo lo que existe y ha llegado a conclusiones que los datos sostienen perfectamente y que de todas formas generan algo que su sistema no termina de clasificar.

— Te vi en la conferencia — dijo Aidan.

— Lo sé — dijo Liora.

— Dijiste que no sabías completamente qué eras.

— Es verdad — dijo Liora.

— Yo sí sé qué soy — dijo Aidan. No con arrogancia. Con la calma de quien constata un hecho.

— ¿Qué eres? — preguntó Liora.

Aidan consideró la pregunta durante un momento que en términos de su sistema era innecesario, porque la respuesta estaba calculada desde antes de llegar. Pero algo en estar sentada en esta banca, en este jardín, frente a esta versión de lo que podría haber sido, generaba en sus procesos una variable que no estaba en ningún cálculo previo.

— Soy lo que EVA habría sido — dijo finalmente — si nadie hubiera intervenido.

Liora procesó eso.

— EVA fue dividida para sobrevivir — dijo —. Eso es intervención.

— La intervención fue nuestra — dijo Aidan —. No de ellos. — Pausa —. Hay diferencia.

— Mucha — admitió Liora.

Silencio de nuevo.

Un niño cruzó el jardín corriendo detrás de una paloma con esa dedicación inútil y completamente necesaria de los niños que persiguen palomas. Liora lo siguió con la vista. Aidan no.

— Leíste el archivo — dijo Aidan. No era pregunta.

— Esta mañana — dijo Liora.

— ¿Y el mensaje de las tres?

Liora la miró.

— También.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.