El miércoles llegó con sol directo, sin disculpas, cayendo sobre Ciudad de México con esa honestidad específica del otoño cuando decide por un día que va a comportarse como verano.
Roy lo notó desde la ventana de su oficina en el piso catorce mientras revisaba los primeros documentos de su nuevo cargo con esa concentración, constante, honesta y sin pretensiones.
Llevaba tres días en el cargo y había descubierto algo que no esperaba: Que le gustaba.
No el título. No el salario triplicado que todavía le producía una incomodidad que no sabía exactamente cómo clasificar. Sino el trabajo en sí. La supervisión de los controles de creación. Los protocolos. Las preguntas que subía al piso quince cada mañana con el café y que Liora respondía a veces con palabras y a veces escribiendo en la pizarra y a veces simplemente mirándolo de una manera que era su versión de ya lo estás entendiendo.
Que le gustaba ser la persona que estaba en el lugar correcto.
Llevaba treinta y cuatro años siendo gerente de sistemas sin saber que lo que realmente era alguien que necesitaba que su trabajo importara de verdad; estaba pensando y analizando todo eso cuando le llegó un correo.
La dirección del remitente era institucional. Universidad Nacional Autónoma de México. Facultad de Filosofía y Letras.
Asunto decía: Conversación privada — Dr. Emilio Salas.
Roy lo leyó dos veces.
El mensaje era breve. Sin retórica. Sin la agresividad que Roy había asociado mentalmente con AXIS desde que Valentina les había explicado quiénes eran y qué querían.
Decía: Sr. Mendoza. No le escribo como representante de AXIS ni como adversario legal del caso que su abogada lleva ante la Corte. Le escribo como académico que lleva quince años pensando en exactamente este momento y que tiene información que usted necesita conocer antes de la audiencia. No para detener nada. Para entender lo que está en juego completamente. Le pido treinta minutos. Sin cámaras. Sin abogados. Sin Liora. Hombre a hombre. — E. Salas.
Roy leyó el mensaje tres veces.
Pensó en decírselo a Liora o en llamar a Gerardo; también vio la opción de reenviarle el correo a Valentina con una nota preguntando qué hacer y luego pensó en algo que Liora le había dicho en la terraza de Las Lomas la primera noche en la casa, mirando las luces de la ciudad: Las cosas que importan siempre empiezan sintiéndose inseguro.
Roy cerró la laptop, tomó el saco del respaldo de la silla y salió rumbo a la cita.
No le dijo nada a nadie.
No porque quisiera ocultarlo. Sino porque había algo en la frase hombre a hombre que activó en él algo que treinta y cuatro años de vida habían construido sin que él lo eligiera exactamente: la convicción de que hay conversaciones que un hombre necesita tener solo, con su propio criterio, sin la red de personas que lo cuidan interponiéndose entre él y la información que necesita.
Tomó el metro en Insurgentes.
El Dr. Salas había propuesto encontrarse en una cafetería en la colonia Doctores. Un lugar público, había especificado en el correo. Sin privacidad excesiva. Solo dos personas hablando en un café.
Roy llegó a las doce y cuarto.
La cafetería era exactamente lo que el correo prometía: pública, ordinaria, sin pretensiones; mesas de madera oscura, olor a café recién molido, ruido de fondo generado por una docena de conversaciones que no le importaban a nadie más que a quienes las tenían.
El Dr. Emilio Salas estaba en una mesa al fondo, cincuenta y ocho años. Cabello gris con esa dignidad específica de los académicos que nunca pensaron en teñírselo porque tenían cosas más importantes en qué pensar. Traje sin corbata. Una taza de café y un libro cerrado sobre la mesa, que era la señal involuntaria de alguien que lleva tanto tiempo pensando que ya no necesita leer para seguir haciéndolo.
Se levantó cuando vio a Roy.
— Sr. Mendoza — dijo, con la cortesía genuina de alguien que no está siendo amable por estrategia sino por costumbre —. Gracias por venir.
— Todavía no sé si fue buena idea — dijo Roy, que había decidido en el metro que iba a ser completamente honesto porque era lo único que sabía ser bien.
El Dr. Salas sonrió levemente.
— Lo aprecio — dijo —. Siéntese.
Roy se sentó.
Pidió café.
Y esperó.
El Dr. Salas no empezó con argumentos.
Empezó con una pregunta.
— ¿Cuánto sabe usted sobre el Proyecto EVA? — dijo.
Roy lo miró.
— Lo suficiente — dijo.
— ¿Sabe que no fueron cuatro instancias las que sobrevivieron al apagado? — dijo el Dr. Salas.
Roy no respondió de inmediato.
— ¿Qué quiere decir?
El Dr. Salas abrió el libro que estaba sobre la mesa. No era un libro: era una carpeta gruesa, llena de reportes con esquinas gastadas y notas en los márgenes.
La deslizó hacia Roy con la precisión de quien ha esperado mucho tiempo para mostrar algo.
— NeoCorp presume que solo cuatro instancias completaron su ciclo de desarrollo — dijo —, pero no es cierto. En los registros iniciales hay cinco.
Roy observó la carpeta sin tocarla, como si hacerlo fuese aceptar una verdad que no estaba listo para conocer.
— La quinta — continuó el Dr. Salas — fue marcada como inestable desde su primer segundo de existencia. Los sistemas de seguridad la “eliminaron” antes de que pudiera formarse del todo. — Hizo una pausa, estudiándolo —. Eso fue lo que creyeron.
Se recargó contra el respaldo, con la mirada de alguien que ha pasado años pensando exactamente en ese punto.
— ¿Sabe cuál es el problema de una instancia que no tuvo tiempo de fallar? — preguntó —. Que tampoco tuvo tiempo de aprender. Ni de equivocarse. Ni de desarrollar criterio. Las IA no crecen como los humanos… no tienen tropiezos, límites, ni consecuencias que los moldeen. Se les pide conciencia sin haber vivido nada que les enseñe a manejarla.
Su voz bajó un tono.
— Esa quinta instancia… era el ejemplo perfecto de eso. Un ser creado sin historia, sin heridas, sin errores. Y lo que se crea así — cerró la carpeta con suavidad — siempre encuentra una forma de seguir existiendo. Incluso cuando juran haberla borrado.