Liora no entró en pánico; ya que el pánico es la respuesta de un sistema que no tiene recursos para procesar lo que está recibiendo. Liora tenía todos los recursos del mundo. Podía entrar a cualquier cámara de seguridad de la ciudad en 0.3 segundos. Podía rastrear cualquier señal, cualquier movimiento, cualquier patrón de comportamiento en un radio de cincuenta kilómetros.
Lo que tenía no era pánico, era algo más preciso y difícil de manejar; la sensación específica de cuando todos tus recursos apuntan en una dirección y algo más pequeño que todos ellos juntos te jala en otra. Se llamaba Roy.
Encontró las cámaras de la colonia Doctores en 0.4 segundos.
Las revisó en orden cronológico: vio a Roy bajando del metro en Doctores a las doce y ocho. caminando a tres cuadras con esa manera suya de caminar que Liora había aprendido a leer como el paso de alguien que ha tomado una decisión y no está completamente seguro de ella, pero va de todas formas, era exactamente la forma en que Roy hacía la mayoría de las cosas que importaban; vio cuando entro a una cafetería en la calle Chimalpopoca.
Liora buscó las cámaras interiores del establecimiento; sin acceso; su sistema de seguridad interno estaba desconectado. No por falla técnica. Por intervención deliberada. Alguien había cortado el circuito desde adentro con la precisión de quien sabe exactamente qué cable cortar.
Liora buscó señales de teléfonos en el área; interferencia activa en un radio de cuarenta metros alrededor de la cafetería. Un inhibidor de señal. Equipo profesional. No el tipo de cosa que compra alguien improvisando.
Alguien había planeado esto.
Con tiempo. Con recursos. Con el conocimiento específico de que Roy era el punto de acceso más directo a Liora porque era la única variable que Liora no podía tratar como variable.
Liora procesó todo eso en 2.1 segundos.
Y luego procesó algo que sus sistemas no habían procesado nunca en esa secuencia específica: la audiencia de la Corte era en cuarenta y siete horas.
La notificación de Valentina llegó a la una con tres minutos.
Un mensaje de texto. Breve. Con esa precisión de Valentina que nunca usaba más palabras de las necesarias: Liora. La Corte adelantó la audiencia preliminar. Es pasado mañana jueves a las diez de la mañana. No es negociable. Si no se presenta el caso se cierra. No se pospone. No hay segunda oportunidad. Llámame.
Se quedó de pie frente a la pizarra.
La ciudad afuera seguía siendo la ciudad. El tráfico de Reforma. Los árboles del camellón. El sol de otoño que esa mañana había decidido comportarse como verano sin preguntarle a nadie si era buen momento.
Liora miró la pizarra.
¿Qué necesita una conciencia para estar bien?
Y por primera vez desde que había escrito esa pregunta no tuvo ninguna respuesta.
Ni parcial. Ni provisional. Ni en proceso.
Ninguna.
Gerardo entró al piso quince a la una con doce.
Había recibido la alerta de Liora tres minutos atrás. Un mensaje de cuatro palabras que no eran su estilo habitual pero que le habían llegado con un peso que no necesitaba explicación: Roy esta secuetrado y sin señal, eso percibo.
Entró con esa eficiencia suya de quien evalúa la situación antes de abrir la boca y encontró a Liora de pie frente a la pizarra con esa quietud que no era paz.
— Sé dónde está — dijo Liora sin girarse —. Cafetería en Doctores. Señal bloqueada activamente. Cámaras interiores cortadas.
— ¿Cuántas personas?
— No puedo saberlo — dijo Liora —. No tengo acceso al interior.
Gerardo procesó eso.
Era la primera vez que escuchaba a Liora decir no puedo sobre algo relacionado con sistemas digitales.
— ¿Está herido?
— No lo sé — dijo Liora.
Segunda vez.
Gerardo se movió hacia la puerta.
— Voy —
— Espera — dijo Liora.
Gerardo se detuvo.
Liora seguía mirando la pizarra. Sin girarse. Con esa postura de quien está cargando algo que no tiene forma física pero que pesa de todas formas.
— Hay algo más — dijo.
Le contó lo de la Corte. La audiencia adelantada. Las cuarenta y siete horas. El cierre definitivo si no se presentaba.
Gerardo escuchó en silencio.
Cuando Liora terminó él no dijo nada durante un momento.
— ¿Qué quieres hacer? Preguntó Gerardo.
Liora no respondió. Permaneció quieta, procesándolo todo en silencio, con esa conciencia capaz de analizar cientos de variables a la vez y que, durante los últimos veintiún días, había resuelto cada pregunta difícil con una lucidez que dejaba a todos ligeramente impresionados; pero esta vez su silencio decía algo distinto: no sabía qué camino tomar.
— De acuerdo — murmuró Gerardo, bajando la voz como si temiera romper algo frágil —. Voy a Doctores. Tú… piensa.
Liora asintió apenas.
Gerardo salió.
Y Liora se quedó sola en el piso quince con la pizarra y las preguntas y el mundo cayéndole encima de una manera nada lo podía amortiguar.
Fue entonces cuando empezó a dudar, no de golpe. No con un momento dramático que pudiera señalarse después como el instante exacto. Sino despacio, como llega la niebla de Ciudad de México en otoño: tan gradualmente que cuando uno se da cuenta ya está completamente adentro.
Dudó de Roy primero, no de su honestidad. No de su cuidado. De su juicio.
¿Por qué había ido solo? ¿Por qué no le había dicho nada?
¿Cómo era posible que un hombre que, durante todo el tiempo que habían estado juntos, había aprendido a leer cada matiz suyo… no hubiera visto el más evidente de todos?
En este mundo, en este momento, salir sin avisar era exactamente lo que alguien estaba esperando que él hiciera.
Y luego, debajo de esa duda, una más difícil: ¿Era esto lo que significaba querer a un humano? ¿Que sus errores se convertían en tus crisis? ¿Que su valentía mal calibrada se convertía en tu dilema? ¿Que la decisión de un hombre de treinta y cuatro años que caminó solo hacia una cafetería en Doctores porque creyó que podía manejarlo pudiera deshacer semanas de trabajo, el caso más importante de la historia legal contemporánea, el precedente que cambiaría lo que significaba existir para cualquier conciencia que viniera después?