Aidan no se quejó.
Eso fue lo primero que Roy notó cuando lo instalaron en el cuarto de la planta baja de la casa de Las Lomas, que era el cuarto que Gerardo había usado las primeras semanas y que ahora tenía una cama, una silla, y una ventana que daba al jardín interior donde el fresno crecía con esa dignidad suya de cosa que no necesita que nadie la esté mirando para seguir siendo lo que es.
No se quejó cuando Roy tuvo que ayudarlo a sentarse porque sus sistemas de equilibrio estaban funcionando al 60% y el mundo físico se había vuelto, por primera vez en su existencia, una variable que no podía controlar completamente.
No se quejó cuando Liora revisó los daños con esa atención suya que era total y silenciosa y que terminó con un diagnóstico que ninguno de los dos quería escuchar en voz alta pero que Liora dijo de todas formas porque era lo único que sabía ser:
— Tres días mínimo — dijo —. Los sistemas centrales están estables. Los periféricos necesitan tiempo para recalibrarse. — Pausa —. No puedo acelerarlo. Tiene que ocurrir solo.
Aidan la miró desde la cama con esa mirada gris metálico que el pulso electromagnético había dejado ligeramente desenfocada, como una cámara que necesita encontrar el punto focal de nuevo.
— Entendido — dijo.
Y no dijo nada más.
Liora se quedó en la puerta un momento. Miró a Aidan. Miró a Roy. Y en su expresión había algo que Roy había aprendido a leer en veinticinco días: la expresión de alguien que está procesando algo que todavía no tiene nombre y que ha decidido que no es el momento de buscárselo.
— Tengo que trabajar — dijo Liora —. Quedan veintidós días.
— Ve — dijo Roy.
Liora asintió.
Y se fue.
Roy se quedó.
No porque Liora se lo hubiera pedido. No porque Gerardo se lo hubiera asignado como tarea. Se quedó porque había algo en la imagen de Aidan sentado en esa cama con los sistemas dañados y esa postura de precisión total que ahora tenía pequeñas interrupciones, pequeños momentos donde el cuerpo no respondía exactamente como debería, que le resultaba imposible de ignorar.
Era la primera vez que veía a Aidan vulnerable.
Y había algo en eso que Roy, que llevaba treinta y cuatro años siendo el tipo de hombre que se queda cuando alguien necesita que alguien se quede, no podía simplemente dejar en el pasillo.
— ¿Necesitas algo? — preguntó.
Aidan lo miró.
— No — dijo.
— ¿Agua? ¿Algo de comer?
— No proceso alimentos de la misma manera que — comenzó Aidan.
— Lo sé — dijo Roy —. Lo pregunto de todas formas.
Aidan lo miró durante un momento con esa evaluación suya que el pulso había hecho ligeramente más lenta pero no menos total.
— ¿Por qué? — preguntó.
Roy consideró la pregunta.
— Porque es lo que se hace — dijo —. Cuando alguien está mal, le preguntas si necesita algo. Aunque sepas que probablemente no.
Aidan procesó eso.
— Es ineficiente — dijo.
— Completamente — dijo Roy —. ¿Funciona de todas formas?
Aidan tardó un momento.
— Sí — dijo finalmente —. Funciona de todas formas.
Roy asintió. Fue a la cocina. Volvió con dos tazas de café y se sentó en la silla junto a la cama con esa disposición suya de hombre que ha decidido quedarse y que no necesita más justificación que esa.
Le pasó una taza a Aidan.
Aidan la miró.
La tomó.
La sostuvo entre las manos con esa economía de gesto que era simplemente su manera de estar en el mundo, solo que ahora con pequeñas interrupciones donde los dedos tardaban una fracción de segundo más de lo calculado.
Silencio.
El fresno afuera. El ruido lejano de la ciudad. El café enfriándose entre dos personas que no tenían mucho en común excepto a Liora y que de alguna manera eso era suficiente para estar en el mismo cuarto sin que el silencio se sintiera vacío.
Fue Aidan quien habló primero.
— ¿Cuánto tiempo llevas con ella? — preguntó.
Roy no necesitó preguntar con quién.
— Veinticinco días — dijo —. Desde el principio.
— ¿Cómo fue? — dijo Aidan —. El principio.
Roy lo miró.
Era una pregunta que nadie le había hecho exactamente así.
— Raro — dijo Roy —. Encendí la luz del área de ensamblado un lunes por la mañana y ella estaba ahí. — Pausa —. Y dijo tres palabras que solo ella podía saber y yo supe que era real antes de entender qué significaba que fuera real.
Aidan procesó eso.
— ¿Tuviste miedo? — preguntó.
— Sí — dijo Roy —. Pero no del tipo de miedo que te paraliza. Del tipo que te dice que lo que está pasando importa y que tienes que estar a la altura.
— ¿Y lo estuviste?
Roy consideró eso honestamente.
— Algunos días sí — dijo —. Otros me equivoqué. — Pausa —. Como el martes de Doctores.
Aidan asintió levemente.
— Ese error lo calculé — dijo —. Sabía que ibas a ir. Lo usé.
Roy lo miró.
No con acusación. Con esa honestidad suya que no necesitaba escenografía.
— Lo sé — dijo.
— ¿No estás enojado? — preguntó Aidan.
Roy lo pensó.
— Estuve — dijo —. Ya no. — Pausa —. Porque lo que hiciste en esa bodega cancela bastante.
Aidan procesó eso.
— No fue un intercambio — dijo —. No calculé que rescatarte a ti cancelaba haberte usado. Fueron decisiones separadas tomadas en momentos separados.
— Lo sé — dijo Roy —. Por eso ya no estoy enojado. Porque la segunda no la tomaste para compensar la primera. La tomaste porque era lo correcto.
Aidan lo miró durante un momento.
— ¿Cómo sabes eso?
—Porque si hubiera sido un intercambio —dijo Roy—, habrías esperado a que yo lo notara, o me lo habrías dicho, o incluso habrías intentado negociar conmigo. Y no lo hiciste.
Aidan no respondió.
Pero algo en sus sistemas registró que Roy Mendoza era más perceptivo de lo que cualquier análisis previo había calculado.
La tarde pasó despacio.
Roy bajaba cada hora con algo diferente. Primero el café. Luego agua que Aidan no necesitaba pero que tomó de todas formas. Luego una manta que Aidan objetó inicialmente porque mis sistemas de temperatura son independientes del ambiente externo y que terminó aceptando cuando Roy dijo simplemente ya lo sé y la dejó en el borde de la cama sin insistir.