Lira y la luna plateada

Lira el comienzo.

La llamaron Lira porque no recordaba su nombre.
Cuando despertó, el mundo era un murmullo de hojas, humo y voces suaves. Su piel blanca contrastaba con las manos morenas que la cuidaban, y su cabello plateado parecía brillar incluso bajo la sombra de los árboles. Durante días, las mujeres de la reserva la alimentaron con caldos calientes y hierbas amargas, mientras los ancianos observaban en silencio, como si ya supieran algo que nadie más comprendía.
Lira no recordaba cómo había llegado allí.
Solo sabía que no pertenecía a ese lugar.
Cuando recuperó fuerzas, intentó marcharse. Caminó decidida hacia el borde de la reserva, donde los árboles se abrían hacia un sendero desconocido. Dio un paso fuera… y el mundo se rompió.
Un dolor atravesó su cuerpo como si la desgarraran desde dentro. Cayó de rodillas, gritando, con las manos clavándose en la tierra. No había nada visible, ninguna barrera, pero algo la rechazaba.
Algo no la dejaba ir.
—No lo intentes otra vez —dijo una voz detrás de ella.
Lira levantó la vista. Era él.
El chico de cabello negro largo, piel trigueña y mirada firme. Su cuerpo era fuerte, acostumbrado al trabajo y a la caza. Llevaba un arco colgado a la espalda y un animal pequeño atado al cinturón.
—¿Qué me pasa? —preguntó ella, con la voz temblorosa.
—La reserva no te deja salir.
—Eso no tiene sentido.
Él la observó un momento antes de responder:
—Aquí, muchas cosas no lo tienen.
Se llamaba Kael.
A diferencia de los demás, él cruzaba los límites. Salía cada día a cazar y regresaba con alimento. Lira lo notó desde el principio: nadie más parecía hacerlo.
Días después, decidió seguirlo.
Se movió en silencio entre los árboles, manteniendo distancia. Kael caminaba con paso seguro, sin mirar atrás. Cuando llegó al límite, lo cruzó sin problema.
Lira respiró hondo.
Y dio un paso.
El dolor volvió, peor que antes.
Fue como si su cuerpo estuviera siendo arrancado de sí mismo. Un grito se ahogó en su garganta mientras caía al suelo. Esta vez no pudo moverse.
Kael apareció a su lado en segundos.
—Te dije que no lo intentaras.
—¿Por qué tú sí puedes? —susurró ella, con lágrimas en los ojos—. ¿Por qué yo no?
Kael dudó.
—Porque yo nací aquí.
El silencio cayó entre ambos, pesado.
—Entonces… —Lira lo miró, desesperada— yo no soy de aquí.
—No —respondió él con firmeza—. Y eso es exactamente el problema.
Lira apretó los puños.
—Entonces algo me está reteniendo.
Kael la observó de una forma distinta esta vez, como si la estuviera viendo por primera vez de verdad.
—O alguien.
El viento sopló entre los árboles, levantando el cabello plateado de Lira.
Y por un instante… sus ojos azules brillaron de una forma antinatural.
Kael lo notó.
Y por primera vez, sintió miedo.
—No solo no puedes salir… —murmuró él lentamente—. Creo que la reserva no quiere que te vayas.
Lira dejó de respirar por un segundo.
Porque en el fondo…
Ella también empezaba a sentirlo.
Como si algo, profundo y antiguo, estuviera despertando dentro de ella.




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