Tenía tan solo seis años, y las condiciones en las que me encontraba no eran ni comparables a las de los otros niños. Mi familia era pobre; vivíamos en el barrio más marginal de todo Illinois. Para poder traer comida a casa, mi madre se prostituía todos los días. Veía constantemente como hombres extraños entraban en nuestra casa para degradarla físicamente por unos cuantos dólares que no alcanzaban ni para dos barras de pan.
Nunca olvidaré el día en el que un hombre con aspecto desaliñado entró por la puerta de mi casa mientras yo jugaba con mis muñecas. El hombre se me quedó mirando y se acercó a mi.
– ¿Quién eres? – soltó con una voz cargada de desprecio. Su cara estaba a pocos centímetros de la mía y su boca olía a alcohol puro.
Yo me quedé callada, mirándole fijamente.
– Perdona, pero te recuerdo que cobro por hora y el tiempo está pasando. – le dijo mi madre desde el pequeño pasillo de nuestra casa.
El hombre se puso serio y sus feos rasgos se endurecieron. Cogió una de mis muñecas y, mirándola fijamente, le arrancó la cabeza. Se marchó a la habitación con mi madre mientras se reía.
Nunca entendí el porqué de ese acto, pero lo que sí sabía es que algún día él sufriría las consecuencias. No lloré. Había aprendido que llorar no traía beneficios, así que me levanté con la muñeca en la mano. Miré su pobre cuerpo desprendido de la cabeza y finalmente le di su despedida.
Acto seguido, la tiré a la basura.
De mi padre solo recuerdo su adicción. Desde que tengo memoria, no ha habido ni un solo día en el que no recuerde una agresión por su parte, ya fuera hacia mí o hacia mi madre.
Las veces que estaba en casa – que por suerte eran pocas – , o estaba demasiado pasado como para darse cuenta de que existíamos, o no nos dejaba marchar hasta que quedaba satisfecho con sus golpes. Podían ser horas, días o semanas enteras en las que no se cansaba de gritarnos y pegarnos.
Lo odio, lo odio con toda mi alma y con todo mi ser. Su barba sucia y canosa, esos ojos turbios que daban a entender que no vivía en la misma realidad que el resto… todo él me repugna. Desde que tengo uso de razón, mi único deseo ha sido dar fin a su vida; destrozarlo y partirlo de la misma manera en la que aquel extraño le dió fin a la vida de mi muñeca.
Quería verlo igual: un cuerpo inútil, despojado de su cabeza, tirado en la basura…
Muchos de los psiquiatras a los que me obligaron a ir cuando era pequeña opinaban que una niña de tan solo seis años no debería guardar tanto rencor hacia su padre. Según ellos, los niños no distinguen qué acciones están bien o mal, especialmente si vienen de un progenitor. Puede que tuvieran razón en algunas cosas, pero yo sí me enteraba de lo que pasaba. Sabía que mi padre encarnaba el mal y que yo estaba destinada a tomar mi venganza. Ese sería mi bien.
Nunca me gustó ir a terapia. A ellos no les importaba mi situación; siempre me miraban con cara seria, tratándome con inferioridad y dudando de cada palabra que salía por mi boca…
Para esas personas, mientras no hubiera abuso sexual de por medio, era suficiente para no tener que redactar ningún informe en contra de mi familia. Si no había rastro de depravación física, para la sociedad yo estaba “bien”.
Ellos no entendían que mi “bien” era muy distinto al suyo. Mi “bien” eran los golpes y la sangre que mi padre me debía.
Los meses pasaron. En vez de quedarme en casa dando el recibimiento a los clientes de mi madre, decidí salir a la calle; concretamente al callejón de detrás de mi casa. Sé que para muchos no es un lugar agradable, pero para mí era el único refugio posible. Allí encontraba perros y gatos que estaban en la misma situación que yo: buscando un rincón para resguardarse de lo malo.
Tras frecuentar aquel sitio varias veces, encontré a un pequeño animalillo que se convertiría en mi único y fiel compañero. Lo llame Mr. Snowflake. Era un gatito raquítico que estaba atrapado en una reja; sus maullidos eran tan desesperantes como los gritos que soltaba mi madre cuando se quedaba a solas con el despojo de mi padre.
Por eso decidí ayudarlo.
Le liberé las patas enganchadas en el metal y luego compartí con él un poco de comida que había conseguido esconder. Encontré consuelo en ese pobre animal. Él no me juzgaba, no me utilizaba a cambio de dinero y, sobre todo, no intentaba arrancarme la cabeza.
Me quedé allí, sentada sobre el asfalto frío, sintiendo el ronroneo vibrar contra mi pecho. Por primera vez el silencio fue agradable y no solitario. Miré hacia el interior de mi casa, donde las luces parpadeaban y la sombra de los hombres desconocidos seguían cruzándose con la de mi madre. Sabía que el mundo exterior era una carnicería para una niña como yo, así que allí, junto a mi amigo, empecé a trazar mi propio plan.
Si el sistema no iba a poner una solución a las golpizas de mi padre, yo impondría mi propia sentencia. Si mi padre era el mal, yo me convertiría en algo peor para destruirlo.
Aquella noche, dejé de ser una niña que jugaba con muñecas; me convertí en un cúmulo de sentimientos que esperaba su momento para actuar en contra del detonante. Así, Chicago, con su frío y sus secretos, me dio la bienvenida.
Pero yo no esperaba que un evento aún peor me rompería. Uno que me convertiría en el monstruo que muchos, a día de hoy, confirmáis que soy.