Lis: La Última Hechicera

Capítulo 1: Feliz cumpleaños

El eco de las risas y susurros llenaba los pasillos de la escuela como una melodía perpetua. El estruendo de las mochilas golpeando los casilleros y el tintineo de monedas lanzadas al aire se entremezclaban con las voces, formando la caótica armonía de un día cualquiera en la preparatoria. El sol de otoño se filtraba a través de las altas ventanas del pasillo, dejando destellos cálidos sobre el suelo encerado y las paredes repletas de carteles desgastados que anunciaban partidos de fútbol y reuniones de clubes. Caminé entre la multitud, saludando con una sonrisa a algunos compañeros, mientras mi mente vagaba por territorios desconocidos. Algo en el aire era distinto. Una vibración apenas perceptible parecía acechar en los bordes de mi conciencia, haciéndome sentir inquieta. Cuando llegué al aula de historia, el sol entraba oblicuo por los ventanales, iluminando el polvo suspendido en el aire. Los rostros de mis compañeros reflejaban las preocupaciones habituales: algunos absortos en sus teléfonos, otros repasando frenéticamente sus apuntes antes del examen. El ambiente tenía ese zumbido de tensión que siempre precede a una prueba importante. Tomé asiento junto a Reb, mi mejor amiga desde el jardín de infantes. Reb era inconfundible. Su cabello rojo caía en cascadas brillantes hasta la mitad de su espalda, enmarcando un rostro afilado con ojos de un azul eléctrico, como el cielo despejado en invierno. Alta y esbelta, se movía con una confianza natural, como si el mundo entero le perteneciera. Su estilo era una mezcla de lo inesperado: botas de combate negras y un suéter gris holgado que hacía juego con su actitud despreocupada. —Feliz cumpleaños, Lis Eldryn —susurró Reb, con una sonrisa cómplice mientras dejaba su cuaderno sobre la mesa. —¿Lista para la gran fiesta esta noche? Me giré hacia ella, dejando que mi largo cabello negro cayera como un manto sobre mi hombro. Reb siempre decía que mis ojos azules parecían esconder secretos, un contraste llamativo con mi piel clara y mi cabello oscuro que caía hasta casi la cintura. Era un comentario que me hacía sonrojar, pero viniendo de Reb, siempre me hacía reír.

—Claro, Reb Zahr, —respondí con una sonrisa. Aunque en el fondo, una mezcla extraña de emoción y nerviosismo crecía dentro de mí. No era solo la fiesta. Había algo más, algo indefinible que parecía acechar en las sombras de mi mente. El día avanzó con la velocidad de lo mundano. Las clases sucedieron, una tras otra, hasta el almuerzo. En la cafetería, el olor a pizza recalentada y papas fritas saturaba el aire, mezclándose con el bullicio de voces y risas. Reb y yo nos sentamos en nuestra mesa habitual, una esquina tranquila junto a las ventanas.

—¿Sabías que los 18 años son un hito importante en muchas culturas? —dijo Reb, mientras mordía una manzana verde que crujió ruidosamente. Sus ojos brillaban con entusiasmo—. Es como un portal entre la niñez y la adultez. Tal vez por eso te sientes tan rara hoy.

—Tal vez —respondí, girando el anillo en mi dedo índice. Aunque sabía que mi inquietud iba más allá de cualquier nervio cumpleaños. Finalmente, la última campana sonó. Los pasillos se vaciaron rápidamente mientras los estudiantes se dispersaban, ansiosos por comenzar el fin de semana.

Al salir, el aire fresco me recibió con un abrazo reconfortante. Mi pueblo Elderwood, enclavado entre montañas verdes y majestuosas, parecía sacado de un cuento. Las casas, pequeñas y con techos de tejas rojizas, se alineaban en calles estrechas bordeadas de árboles que comenzaban a teñirse de los colores del otoño. Las hojas crujían bajo mis pies mientras caminaba, y el sonido distante del río que serpenteaba al pie de las montañas añadía una calma especial al atardecer. En la cima de una colina cercana se erguía la vieja iglesia del pueblo, su campanario sobresaliendo como un vigía solitario. La campana siempre sonaba a medianoche, marcando el final del día. Más allá, los campos de cultivo, divididos en parches perfectamente ordenados, se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El aire aquí siempre tenía un aroma fresco, a hierba y tierra mojada, pero esa tarde, una sensación extraña flotaba en el ambiente, algo que no podía explicar. Al llegar a mi casa mi madre me esperaba ansiosa en la sala.

—¡Mi pequeña está creciendo tan rápido! —dijo, con un toque de nostalgia en su voz mientras revisaba los detalles de la cena de cumpleaños—. Esta noche será especial, lo sé. Más tarde, mi padre llegó, como siempre, con su maletín de cuero desgastado en una mano y una caja envuelta en papel dorado en la otra.

—Feliz cumpleaños, Lis —dijo, entregándome el regalo con una mirada que parecía ocultar algo, una mezcla de orgullo y preocupación que no pude descifrar del todo.

Abrí la caja con cuidado. Dentro, un antiguo reloj de bolsillo descansaba sobre terciopelo negro. Era hermoso, su superficie dorada estaba cubierta con intrincados grabados que parecían contar una historia perdida. Había una inscripción en el borde, en un idioma que no reconocía

. —Ha estado en nuestra familia durante generaciones—dijo mi padre, su voz grave y solemne. — Tu abuela quería que te lo entregáramos al cumplir 18- Sostuve el reloj en mis manos y un escalofrío recorrió mi columna, como si algo en él resonara con mi propio ser. Esa noche, mientras la casa se llenaba de risas y voces de amigos y familiares, mi mente volvía una y otra vez al reloj. Era como si tuviera un peso invisible, un secreto encerrado en sus engranajes. Cuando la fiesta terminó y el silencio volvió a reinar, subí a mi habitación, agotada pero inquieta. Sentía una fuerte conexión con ese reloj. Lo dejé sobre mi escritorio y me dejé caer en la cama, pero algo no me dejaba descansar. Era ya medianoche, de fondo se escuchaba la campana de la iglesia cuando una luz pálida emergió de él. Se alzó lentamente, pulsando con una energía que nunca había visto. Me quedé paralizada, con la respiración contenida, mientras la luz proyectaba sombras en las paredes. Y en ese instante, supe que este no era un día como cualquier otro. Era el comienzo de algo extraordinario, algo que cambiaría mi vida para siempre.



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En el texto hay: fantasia, magia, misterio

Editado: 11.12.2025

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