Llama De Alas Blancas

§Capítulo 2§

Me enredé con mis propios pies mientras ella seguía jalando mi mano.

—Espera, yo no debería..

Corto mi protesta mientras metía una fresa en mi boca y luego ella comía otra, esta dulce y fresca, demasiado delite para mi estómago que la pedía a gritos.

—¿Pequeñas ratas que hacen ahí?

La voz rasposa de un hombre al otro lado del carrito ambulante nos regañó.

Ella solo rió mientras escapamos de la mirada del señor, nos escabullimos entre la multitud, mi corazón latió fuerte en mi pecho. ¡Espera! ¿Tengo corazón?

—Eso fue…— mantenía su mano en su pecho regulando su respiración.

—Grosero, muy grosero de nuestra parte.— sonreí mientras miraba hacia atrás.

Pensé que ni siquiera habíamos pagado las fresas que comimos.

—Señorita, que lindos ojos tiene.

Su respiración seguía agitada por la huida y sus ojos no dejaron los míos, nuevamente ese cumplido.

La miré con amabilidad y respondí.

—Gracias, tus ojos también son muy hermosos — tenía un gesto de molestia ante el cumplido y se alejó con vergüenza.

Su sonrisa nerviosa y suave combinaba con el leve azul que irradiaba su piel, era tenue pero allí estaba. En ella y en todos los presentes excepto en los demonios.

Ella me miraba de arriba a abajo, pero siempre se detenía en mis ojos.

—¿Te importa mostrarme el lugar?.

Mi voz era calmada, ella asintió con su cabeza y empezó a andar por el lugar. Caminamos un corto momento cuando ella habló de nuevo.

—Mira si quieres chocolate puedes venir aquí, venden el mejor.

Me mostró su semblante orgulloso mientras observaba por la ventana de la vieja cabaña, miré hacia donde ella decía, era extraño, ella veía los pequeños panes como si fuese chocolate, pero yo solo veía la masa que se encontraba exhibida en la pequeña mesa. No dije nada sobre esto, solo sonreí y le agradecí por la recomendación.

Vagamos por el lugar un largo rato, ella me presentó varias de sus amigas, y varios demonios comerciantes, entre esos me presentó el gruñón que vende las fresas, él demonio se dio cuenta de quién era y dijo en medio de la presentación.

—Si, se quien eres, ¿eres la nueva rata del guardián? — Su voz rasposa estaba llena de mofa hacia mí, me hizo estremecer de asco. Era un hombre mayor, desaliñado y sudoroso. Con su delantal blanco, lleno de jugo de fresas mientras sonreía como si el poder lo tuviera él. ¿Guardián? ¿Quién era el guardián?

—Yo…

—Señor no le diga eso a la señorita.

—Por favor Diana ¿Crees que lograras encontrar tus ojos? Mejor ve a servir a tu amo, en poco tiempo se acaba tu tiempo.

Diana tenía un semblante triste y no dijo nada más.

—Debería ser más amable señor — tome a Diana de su muñeca alejándonos suavemente.

—Y tú deberías dejar de fingir que quieres ayudar. Caída —Dijo con una sonrisa jocosa mientras escupía hacia nosotras.

Aleje a Diana hacia un lugar algo tranquilo.

—¿Estás bien?

—Sí señorita Nahara, lo estoy.

Mentía, su rostro era un poema ilegible que pronto logré descifrar, ella estaba confundida, sentía miedo, y no se apartaba de mi abrazo. La abracé con más delicadeza y pronuncié con convicción.

—No mientas, puedes decirme. No tienes porque fingir.

—Yo. No lo estoy.

—Bien, ¿Quieres ir a algún lugar? algo que te guste.

Ella pensó por unos momentos y sin dudarlo me planteó su idea.

—Vamos al jardín, es hermoso.

Su comentario llamó mi atención, ¿Un jardín en el infierno? ¿Las flores florecen?

—Vamos.

Caminamos entre las calles evitando los puntos abarrotados de almas y demonios cantarines.

—Que lindo — sonreí mientras entrábamos a un bello jardín de la aldea —¿Aquí es donde ellos plantan?

—No lo se, nunca los he visto siempre están allí vendiendo, aunque por aquí hay algunos arándanos y fresas. ¡Ah! y por allí está el árbol de naranjas.

Ella caminaba entre las amapolas y las rosas señalando hasta donde se encontraban las frutas. Hablaba de cuánto le gustaba este lugar, era hermoso ante lo que podía ver. La oscuridad no dejaba mostrar la variedad de flores del lugar a menos que te acerques lo suficiente. Poco a poco y ante cada comentario que daba sobre las flores y los árboles, desaparecía un poco su temor.

Su sonrisa suave y nerviosa me trajo recuerdos.

~•~o~•~

No era mi primera vez como ángel cuidador, pero aun así tenía la misma sensación, una presión en mi pecho que me impulsaba a querer ir a la tierra para cuidar un nuevo pequeño.

—Nahara.

La voz demandante y suave de Jofiel sonó en el cielo.

—¡Aquí!

Su sonrisa cálida me recibió.

—¡Aquí, aquí estoy!

—Te escuché la primera vez.

—¿Dónde iré? ¿Será pequeño? ¿Es niña o niño? ¿Cuántos años tiene?

—Lo sabrás cuando llegues.

Extendió hacia mí un pergamino. Me pare frente al portal y respire hondo viendo la intensa luz frente a mi.

—Lo harás bien.

Jofiel me ofreció su apoyo y con una sonrisa me animó a seguir. El portal se sentía como un vacío, una caída libre que te llevaba a muchos lugares. Cuando aterrice en la tierra, ese día hacía un hermoso sol que iluminaba la ciudad, mis alas se movían con el viento mientras volaba entre las nubes y en pocos segundos llegué al hospital.

Ver las incubadoras con bebés durmiendo, era demasiado tierno. El pergamino en mi mano se movió avisando que debía seguir mi camino, busqué en las salas del hospital, hasta llegar a una habitación.

En la sala de parto el doctor sostenía a un pequeñín en sus manos, el bebe lloraba con desesperación mientras dos enfermeras corrían fuera. Allí se encontraba una mujer murmurando palabras entrecortadas y titubeantes, se quedó dormida poco después de ver a lo lejos su hija; A mi lado sentí la presencia de un ser fuerte y dominante, cuando alce la vista.




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