Llama De Alas Blancas

§Capítulo 5§

En la entrada principal de la cabaña me encontraba con aquella chica, dormía plácidamente mientras mi mente seguía emitiendo susurros de lo sucedido.

Su cuerpo se estremeció hasta que sus ojos se abrieron a la par, me miró algo cohibida, yo solo pude sonreírle tomando su mano.

—Hola. ¿Dónde estamos?— preguntó mirando todo a nuestro alrededor en un tono bajo y tranquilo.

—En una tienda de antigüedades — la observé curiosa, hace un rato estaba preocupada y con miedo, pero ahora no se veía de esa forma, mi poder seguía funcionando. —¿Cómo te sientes?

—Por alguna razón…— hizo una pausa mientras se agarraba las manos.

— Me siento bien, como si hubiese descansado días enteros.

Su cejas y labios fruncidos fueron reemplazados por una sonrisa suave, de esas sonrisas tímidas que el viento se lleva como un vago recuerdo.

—Fuiste muy valiente.

Razia soltó una risa amarga que me heló la sangre.

—¿Valiente? Golpeé a Diana porque pensé que si conseguía tus ojos primero… Leviatán me daría una mejor tregua.

Me quedé congelada. Ella levantó la mirada, con los ojos llenos de vergüenza y hambre. Aún no comprendí en qué se basaban esos tratos.

—Aquí nadie es valiente, señorita. Solo estamos desesperados. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro—: Si de verdad quieres ayudarnos… vete. Antes de que te convirtamos en una de nosotras.

Ella apretaba su falda morada con ambas manos, estaba sin saber qué decir exactamente, me quería traicionar sin siquiera haberme conocido antes.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

Sus nudillos se tornaron blancos, pero no se negó.

—Hay algo que no entiendo. ¿Por qué las almas tienen tratos con demonios?

No supe identificar si su expresión era sorprendida o si se negaba a decirme algo. Sólo pude mirarla en silencio mientras mi corazón latía rápido recordando las lágrimas y desesperación de Diana al querer acabar el trato.

—No puedo señorita —sus ojos se cristalizaron.

—¿No puedes o no quieres hacerlo?

Lo sé, la estaba presionando, y aunque mi poder seguía funcionando en ella, sus ojos no mentían al no querer hablar.

—Solo…es demasiado señorita.

Asentí con lentitud, no la voy a presionar aunque quiera saber exactamente la cuestión de los tratos..

—Está bien. Descansa, en un rato regreso. — me levanté y antes de salir por la puerta dije —No te vayas.

Le dediqué una sonrisa suave y salí de la cabaña. Quería pensar, estar sola. Vagué por el lugar tratando de ver algo más que sonrisas enormes, tal vez conocer qué tipo de tratos hacen las almas.

Seguí una pareja, la mujer le hablaba de forma melosa al hombre. Él era más bajo que ella, y rodeaba su cintura con posesión.

—En serio, yo sí creo que podrías ser el príncipe, ¡Mírate! Eres fuerte y sabes dirigir.

La voz de la mujer lo perseguía. El hombre un demonio de bajo rango sonreía embriagado por el licor y los comentarios positivos.

—¿Sabes? Tienes razón, yo podría gobernar toda esta aldea, los tratos no deben doler, debe ser una cuento falso de Leviatán para nosotros.

Los seguí de cerca mientras más los reparaba, la mujer respondió en su oído de forma coqueta.

—Claro que no duelen, ven conmigo, haremos un trato y así seré libre de él, y tú me salvarás.

Hizo un puchero mirándolo a los ojos, los ojos de ambos eran color café, como dos granos que se tostaban al sol y se molían en la mañana.

Con una sonrisa triunfal el hombre besó su cuello. Los seguí hasta una cabaña, me escondí tras la pared aún escuchando, el ruido de lo que parecía un festival se opacaba al otro lado de la calle.

—Perfecto, ¿Qué hace el idiota de Leviatan?

La pregunta del hombre llegó de inmediato, sin esperar que ella siguiese hablando, la besó a la fuerza, quise intervenir, pero no lo hize debía saber cuáles eran los tratos.

La mujer se sacó de los besos mientras decía con poder.

—Por supuesto que lo sabrás.

Las manos de la mujer se fueron a la cabeza del hombre una luz verde cegó al hombre, dispuesto a saber más. Con sus pulgares en los ojos los presionó con demasiada fuerza. La sangre salió de los ojos del hombre mientras caía de rodillas quejándose intentando quitar las manos de la mujer.

—Tranquilo, así son los tratos.

Sonaba como Diana, su voz llena de esperanza y resentimiento. Mis ojos estaban abiertos, con mi mano en mi boca, para que no me escucharan, aunque sabía que ellos no podían sentir mi presencia.

El hombre se calmó, pero su grito se desgarró cuando ella arrancó sus ojos, con ambos elementos en sus manos, sonrió viéndolos, estaba sudada, su propio reflejo en aquellas esferas la hacían sonreír aliviada.

Vi como ambas esferas cafés flotaban entre un brillo verde que se extinguía en su manilla. La mujer movió su mano llena de sangre mientras los ojos dentro de la manilla, se movían en un tamaño minúsculo.

El hombre seguía jadeando y quejándose, cuando escuchó los pasos de la mujer alejarse volvió a hablar.

—¡Oye! ¿A dónde vas?

Ella sin girarse continuó.

—¿Creías que podrías llegar a ser como el príncipe? Por favor, no sirves como mandatario, pero gracias a ti podré irme de aquí y ser libre. Ya tengo mis ojos, adiós.

Se burló en voz baja, mientras sus manos temblaban un poco.

—Maldita, me engañaste.

—Qué sorpresa.

Su voz era sarcástica mientras desaparecía en la esquina de la cabaña. Dejándolo solo, a él y a mí.

Me alejé a paso sigiloso, mientras el hombre se quejaba de no poder ver. Las luces, la música me recibió de forma violenta mientras me escabullí. Pero, soy un ángel, debo ayudarlo.

Regresé lo más rápido que pude, sintiendo el frío en mi rostro mientras corría, pero no estaba. El hombre no estaba allí. Traté de seguir la sangre rodeando la cabaña buscando su paradero, fue inútil. Nada. Sin sangre, no tenía pistas.

Confundida, mirando hacia todos lados, me senté en un banco mirando el bullicio desde un lado.




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