Los vestidos y luces folclóricas, me marearon. El bullicio me apretaba el estómago, no me importó haberlo dejado allí. Corrí en medio de las fogatas calientes y brillantes, como el último destello de una estrella antes de extinguirse, las almas y demonio sudaban entre bailes y me asfixiaba aunque estuviese lejos de ellos, sus cuerpos bailaban al compás de unos tambores lejanos y saltaban alegres sin remordimientos.
Solo se acaba su tiempo.
No ha podido encontrar unos ojos.
Su voz seguía en mi mente y mi subconsciente repetía una y otra vez que Diana estaba sufriendo por mi culpa.
¿La princesita está enojada?
Te demoraste.
Entré dando un portazo, el sudor frío bajaba por mi frente, pude sentirlo por un momento mientras veía a Razia durmiendo aún en el sofá de la tienda; verla ahí tan vulnerable y confiada me revolvió más el estómago. Respiré con dificultad mientras atravesaba la tienda a paso ligero. La sala de estar me recibió con un calor intenso.
—¿Y Yven?
Ignoré el rostro enojado e indiferente de Shivani, dirigiéndome a mi habitación.
El corazón latió en mi pecho con rapidez.
Sollozos desesperados llegaron a mi desde aquella habitación, escuche claramente sus uñas rastrillar el suelo encerado, vi un rostro lleno de angustia a través de la puerta. De sus ojos cosidos e hinchados, escapaban lágrimas tintadas como el mar de Egipto.
Estaba sufriendo.
¿Por qué no pude ayudarla?
Mi mente recordó como vi a Diana destrozada. El pecho se apretaba y el corazón latía desbocado. Mi respiración empezó a ir más rápido, no pude controlar me.
Mis ojos se aguaron mientras observaba por la ventana a esas almas bailando y comprendí que por dentro solo estaban desechas, tratando de ser fuertes y continuar después de la muerte.
Personas que no tuvieron más opción que hacer tratos con demonios.
¿Hay otra forma?
¿Pueden NO hacer estos tratos?
No creo que sea lo único que puedan hacer, pero…
¿Por qué estoy llorando?
¿Cómo ayudaré, si lo único que quiero hacer es llorar?
Solo pude sentarme en el suelo y me dejé llevar por el llanto hasta que mi espalda chocó en la base de la cama, como único apoyo. Mis hombros temblaban y cuando abría los ojos veía todo borroso, cada movimiento que hacía para limpiar mis mejillas solo aumentaba las lágrimas.
No podía respirar, y no paraba de pensar en sus rostros. Esas sonrisas se veían genuinas, quienes en esta semana me han hecho reír mientras exploraba por todas partes.
¿Por qué tienen que esconder su dolor?
El olor a tierra mojada llegó a mí, apreté la capa en mis hombros y solo dejé salir todo en sollozos pausados. No quería molestar a Shivani.
Por alguna razón el calor de la capa y el piso se sintieron demasiado cómodos.
Traté de regular mi respiración con pausas largas mientras me tumbaba en el piso, y aunque me seguía doliendo el hecho de querer hacer algo por ellos, traté de relajarme un poco.
La presión en mi pecho no se fue rápido, sentía un nudo en la garganta que no se iba. Aun así, poco a poco la brisa fresca de los pinos me envolvió, arrullaron mis ojos y me enviaron a la oscuridad con el señor de los sueños.
En la habitación contigua Kael limpiaba sus heridas, había escuchado sollozos desde la habitación de su hermano, su audición era lo suficientemente buena para saber que no era él quien lloraba, y aunque le fue imposible ignorarlos, no tenía la voluntad suficiente para ir hacia allí. Para su sorpresa cesaron en poco tiempo.
Su cama estaba deshecha al igual que los cajones hurgados donde había estado buscando algo para curarse, la ventana estaba entreabierta dejando entrar la briza nocturna. La habitación estaba siendo alumbrada solo por la luz proveniente de la pecera en la pared.
El sudor bajaba por su torso, sus músculos se tensaban ante su propio tacto, cada que intentaba limpiar su herida le ardía diez veces más, al otro lado de la cabaña sus gruñidos arribaron hasta su hermano. Sigiloso entró en la habitación encendiendo la luz.
—¿Qué haces aquí?
Con dolor soltó una breve risa.
—Es mi habitación, ¿Dónde esperas que esté?
El contrario lo miró de arriba abajo, analizando el tipo de heridas. No solo eran raspones, tenía una flecha en su hombro, su rostro tenía una variedad de golpes que ya se estaban desvaneciendo y por su costado pasaba una marca en diagonal fina pero profunda, no estaba sanando como debería de hacerlo.
—¿Quién te hirió?
—Nadie.
Yven se acercó a él y sin esperar indicación quito la flecha de su hombro, jugó con ella entre sus manos mientras su mellizo empezaba a sangrar y quejarse por el malestar repentino.
—Qué sutil eres.
Empezó a besar su hombro y replicó.
—¿Quién te hirió?
La risa inundó el lugar mientras las paredes retumbaban, cansado dejó que Yven curara su hombro.
—Azariel.
Ambos fruncieron el ceño, recordando sus peleas.
—¿No estaba en el sexto cielo?
—Creeme ni yo sé por qué está aquí.
—¿No preguntaste?
—Estaba escapando de los guardias de Papá y me vienes a decir porque no le pregunte a un loco ángel porque me quería matar.
El silencio era cortado por las respiraciones pesadas de Kael y el murmullo lejano de la fiesta infinita en las calles, apretaba la empuñadura de su propia espada mientras su hermano, vendaba sus heridas.
—No se que hace aquí, escape mientras estaba distraído con los guardias.
—Perfecto otro ángel caído.
—¿Otro? — La ceja de Kael se levantó juzgando la situación.
Yven lo miró con precaución y continuó.
—Leviatán no quiere entregarme el mapa.
Kael alzó ambas cejas mirando sobre su hombro a su hermano.
—Estás cambiando de tema.
—No, estoy hablando de algo más importante.