Llegaste a Sanar Mi Corazón

Jazmín; Llegaste Para Sanar Mi Corazón

Empezaba el último año de universidad de Jazmín, y ella estaba muy feliz: por fin terminaba sus estudios para poder entrar al mundo laboral y así ayudar a su familia. Ya en las aulas se reencontró con sus amigas: cuatro chicas —Violeta, Rosa, Claudia y Carmen—, todas con actitudes y formas de ser muy distintas, pero unidas por algo fuerte: siempre se ayudaban y se protegían unas a otras.
Todo transcurría con normalidad cuando entró el profesor, saludó a todos y los felicitó por haber llegado hasta acá, pidiéndoles que se esforzaran para cumplir sus metas. Pero justo antes de que empezara la clase, abrió la puerta el director y presentó a un nuevo estudiante: un joven apuesto, proveniente de una familia adinerada, llamado Joaquín.
Al presentarse, sonaba muy amable, tranquilo, con una mirada que parecía muy tierna; todos en el aula se quedaron sorprendidos por él. Sin embargo, desde el primer momento, Joaquín fijó su mirada discretamente en Jazmín: ya había elegido a su presa.
Carmen fue la primera en notar que algo no andaba bien: ese joven parecía estar actuando. Se acercó a sus amigas y les dijo:
—Tengan mucho cuidado. Ese tal Joaquín no es lo que aparenta.
Ellas conocían bien a Carmen: sabían que leía muy bien a las personas y casi nunca se equivocaba.
Cuando terminó de presentarse, Joaquín se dirigió directamente al asiento que estaba al lado de Jazmín. Ella, que siempre era amable con todos, lo recibió con una sonrisa y palabras dulces. Sus amigas, en cambio, le advirtieron con firmeza:
—No te metas con nosotros, enfocate en tus estudios y no vengas a molestar.
Joaquín soltó una risa suave, y con una mirada extraña les respondió:dónde estaban los almacenes, los baños, el comedor y cada lugar del establecimiento. Pero él insistió en que fuera Jazmín quien lo acompañara. Ella, tan bondadosa como siempre, les dijo a sus amigas:
—Esta vez lo voy a acompañar. Esperenme en el comedor, por favor.
Sus amigas no pudieron hacer nada más y se fueron. Mientras tanto, Jazmín caminaba junto a él hacia el almacén, sin saber que ese simple gesto estaba a punto de cambiar su vida.

Tras el trayecto hacia el almacén, se cruzan con Verónica y Luján: dos jóvenes que odiaban y envidiaban a Jazmín. Al pasar, la detuvieron y empezaron a intimidarla e insultarla: le decían que era pobre, que su ropa era vieja y sencilla, que jamás conseguiría un buen empleo por no tener contactos, y que terminaría siendo solo una ama de casa.
Joaquín se quedó mirando, y sintió una extraña atracción por Verónica: ella era igual que él, elegante, de familia adinerada, y tenían el mismo carácter: ninguno de los dos soportaba a la gente humilde. Pero tuvo que contenerse y seguir con su actuación de buen muchacho, así que terminó defendiendo a Jazmín.
Ese gesto la conmovió profundamente: nunca nadie se había atrevido a enfrentar a Verónica por ella. Al llegar al almacén, como agradecimiento, Jazmín le ofreció invitarle un café. Él le sonrió y le dijo:
—No hace falta que pagues, yo me encargo. Y además… tenés unos ojos muy lindos.
Después de comprar, se sentaron juntos en el patio. Joaquín le contó que en su antigua universidad había tenido una novia que solo jugó con sus sentimientos, y por eso decidió cambiarse: buscaba a su alma gemela, para recuperar la fe en el amor. Luego le preguntó:
—¿Y vos tenés novio?
—Nunca tuve —respondió ella—. Siempre me dediqué solo al estudio y a pensar en mi futuro.
—Deberías intentarlo —le dijo él con voz suave—. Sos muy linda e inteligente. Seguro que encontrarás a alguien que te valore de verdad.
Mientras tanto, en el comedor, las amigas la esperaban y ella no llegaba. Preocupadas, Violeta le pidió a Rosa que la acompañara a buscarla. Recorrieron todo el establecimiento hasta que la vieron, sentada y charlando muy atenta con Joaquín. Salieron corriendo a contárselo a Carmen y Claudia. Esta última, furiosa, salió de inmediato hacia ellos, y las demás fueron detrás tratando de detenerla, pero llegaron tarde.
—¡Aléjate de ella! —le dijo Claudia a Joaquín—. Jazmín no te necesita. Tiene que concentrarse en sus estudios, no es momento para distraerse con nadie.
Jazmín intentó calmarla, pero no pudo. Molesta por la actitud de su amiga, tomó del brazo a Joaquín y se fueron hacia el aula. Allí, las cuatro le pidieron que cambiara de lugar, que no querían que estuviera con ellos. Joaquín, después de escuchar todo, se cambió voluntariamente. Jazmín les reprochó:
—¿Por qué lo trataron así?
—Porque no nos da buena espina —le respondieron ellas.
Ella, para no seguir discutiendo, no dijo nada más.
Al terminar las clases, Jazmín se dirigió a su casa, pero Joaquín la alcanzó de golpe:
—¿Te puedo acompañar un tramo?
—Claro que sí —aceptó ella.
Caminaron unos metros juntos hasta que él le dijo:
—Te cuidan demasiado.
—Es que son así —respondió ella con una sonrisa—. Me encanta que sean tan protectoras.
—Está bien que lo sean… —dijo él bajando la voz—, pero a veces lo hacen por conveniencia. ¿Siempre hacen todos los trabajos juntas?
—Sí, siempre —dijo ella sin entender bien a dónde iba.
—Entonces ya sabés por qué no quieren que me acerque: se dieron cuenta de que me gustás.
Jazmín se puso roja de golpe y bajó la mirada, tímida.
—A mí… a mí también me parecés muy lindo —susurró.
Aprovechando su inexperiencia y su inocencia, él le pidió:
—Dame una oportunidad. ¿Querés que salgamos un día?
Y ella, sin dudarlo, aceptó.

Al día siguiente, Jazmín se despertó con una sonrisa que no se le borraba. Se arregló con más cuidado que nunca, eligiendo su ropa más limpia y bonita, y cuando ya estaba lista, escuchó un motor potente que se detenía justo frente a su puerta. Se asomó por la ventana y se quedó sin aliento: un auto brillante y lujoso esperaba allí, y al bajarse la ventanilla, vio a Joaquín que le hacía una seña con la mano.




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