A la mañana siguiente, Jazmín se levantó temprano y con alegría mientras terminaba de ordenar su pequeño departamento. De pronto sonó el teléfono: eran sus padres, preocupados pero cariñosos, preguntándole cómo iba todo. Ella les contó feliz que sus estudios marchaban bien y les habló de Joaquín, sin dejar de sonreír. Sus padres, contentos de verla tan animada, le pidieron con dulzura que no descuidara sus metas: que primero terminara su carrera, que el amor siempre esperaba su momento.
En ese preciso instante, unos golpes secos sonaron en la puerta. Jazmín se sobresaltó y, sin darles siquiera un adiós rápido a sus padres, colgó el teléfono de golpe y corrió a abrir.
Allí estaba él, con un ramo de flores hermosas en la mano y una sonrisa que parecía perfecta. Le extendió el regalo y la saludó, pero al ver que todavía vestía ropa de estar en casa y el cabello suelto sin arreglar, su rostro se endureció de inmediato. La sonrisa desapareció para dar paso a una mueca de desagrado que no supo disimular.
Jazmín, al notarlo, sintió un vuelco en el corazón:
—Espera un momento, por favor. Ya me arreglo rápido, te lo prometo.
Joaquín negó con la cabeza, molesto, y le dijo con voz cortante:
—Apurate. Te espero abajo en el auto. No quiero que nos vean llegar tarde.
Y se dio la vuelta sin esperar respuesta, dejándola con las flores en la mano y una sensación extraña en el pecho, como si de repente hubiera hecho algo malo sin querer.
Jazmín se arregló con manos temblorosas, eligiendo lo que creía que más le gustaría a él. Cuando bajó, él apenas la miró y arrancó el auto sin decir palabra. Al llegar al restaurante, un lugar elegante que ella jamás se hubiera podido permitir, él la detuvo antes de entrar:
—Escuchame bien —le dijo con voz seria, casi una orden—. Ahí adentro hay gente importante. No hables demasiado, no rías tan fuerte como siempre hacés… y cuando te pregunten algo, dejame responder a mí. Sabés muy bien que no tenés la misma educación que ellos.
Jazmín sintió que el rostro se le encendía de vergüenza, pero asintió bajito:
—Está bien. Lo que vos digas.
Durante la cena, cada gesto suyo parecía molestarle. Le corrigió cómo sostenía los cubiertos, le dijo que no pidiera platos sencillos, le comentó que su ropa, aunque limpia y bonita, “no estaba a la altura”. Cada vez que ella intentaba hablar de sus estudios o de sus sueños, él la interrumpía:
—Deja de hablar de eso, aburrís a cualquiera. Mejor contá que estás conmigo, eso es lo único que importa ahora.
Al volver a casa, ya en la puerta, le dijo con tono que parecía cariñoso pero era una imposición:
—Te quiero mucho, Jazmín. Pero tenés que entender que ahora estás conmigo, y tenés que cambiar ciertas cosas para que estemos bien. Tus amigas no te van a ayudar a progresar… solo te van a frenar.
Ella entró a su departamento con el corazón pesado, sintiendo que poco a poco estaba perdiendo sus propias formas, sin entender por qué hacer feliz a quien amaba le dolía tanto.
Jazmín se quedó sentada en el borde de su cama, con el pecho apretado por la tristeza y la vergüenza. Con manos temblorosas escribió el mensaje: le pedía perdón una y otra vez por no estar lista a tiempo, por haberle causado un mal momento, por no ser como él esperaba.
Mientras tanto, Joaquín leía las palabras en su pantalla y soltaba una risa fría y burlona, hablando solo en su habitación:
—Ya está enganchada la pobretona… ahora empieza lo de verdad.
Y le contestó con una habilidad cruel para herir sin que parezca: le dijo que no se preocupara, que los errores eran normales, después de todo no eran de la misma clase, y que poco a poco aprendería. Con cada palabra, hacía sentir que todo lo que le pasaba era culpa de ella, de su origen, de su forma de ser.
Jazmín, tan inocente y dispuesta a todo por complacerlo, le respondió con lágrimas en los ojos que lo sentía mucho y que haría todo lo posible por cambiar para hacerlo feliz.
Él leyó eso y sonrió satisfecho. Le escribió por última vez: que no le contestara, que se estaba preparando para una cena con sus padres y gente de la alta sociedad, que no volvería a conectarse hasta el día siguiente. Y cerró diciendo que mañana pasaría a buscarla para ir juntos a la universidad.
Ella guardó el teléfono, sintiendo que tenía que esforzarse el doble para merecerlo, sin saber que cada palabra suya era un lazo más fuerte que la ataba a una mentira.
Tumbada en su cama, con el pecho todavía apretado por la tristeza y la sensación de culpa que no se le iba, Jazmín tomó el teléfono con manos temblorosas y les escribió a sus amigas: necesitaba que vinieran a su casa, ver una película juntas, comer algo rico y volver a sentirse como antes, como si nada hubiera pasado.
Rosa, Claudia y Carmen contestaron al instante diciendo que sí, que iban enseguida. Solo Violeta respondió un poco más tarde: no podía, tenía una cena muy importante con su familia a la que no le estaba permitido faltar.
—¡Sos una mimada, seguro que no querés venir! —le reprocharon las demás, medio en broma pero con cierto enojo.
—Si fuera por mí, ya estaría corriendo hacia allá —se defendió Violeta con voz suave—, pero mis padres me obligaron a ir.
—¡Entonces escápate un ratito! —le propuso Claudia sin dudarlo.
—Mejor ve y cumplí —dijo Carmen con calma, tratando de ser sensata—. Termina rápido si podés, pero no te metas en problemas. Mañana nos vemos todas en la universidad y lo arreglamos.
Violeta se despidió y se fue a la cena. Al entrar al gran salón lleno de gente elegante, miró a su alrededor distraída… y de golpe se quedó helada. Allí, de pie junto a sus padres, sonriendo y saludando a todos, estaba Joaquín.
Sin perder un segundo, se escondió detrás de una columna y le escribió discretamente a Carmen: “Está acá. Es de una familia muy rica, todos lo tratan como alguien importante”. Carmen leyó el mensaje con el corazón en la boca y le contestó al instante: “No te acerques. Vigílalo bien y contame cualquier cosa rara que veas”.
Cuando Rosa y Claudia vieron la pantalla, se miraron entre ellas con los ojos muy abiertos y una preocupación profunda. Jazmín, que estaba sentada cerca, notó sus caras serias y preguntó con curiosidad qué pasaba. Pero ellas, para no levantar sospechas y para no preocuparla más, le mintieron rápido:
—Nada, nada… nos mandaron una foto vieja en la que salimos todas muy mal vestidas y haciendo tonterías. Nos da mucha vergüenza mostrártela.
Jazmín sintió un pequeño pinchazo en el pecho, como si le ocultaran algo importante, pero vio que no querían hablar del tema y decidió no insistir más.
Mientras tanto, Violeta no le quitaba la vista de encima. De repente, vio entrar a Verónica con paso altivo. Joaquín la vio y se acercó a ella sin dudar, con una sonrisa que no se parecía en nada a la que le mostraba a Jazmín. Verónica lo encaró de inmediato, con rabia contenida:
—Sos un sinvergüenza. Me dejaste en ridículo delante de todos esos días, y ahora te haces el bueno con ella.
Joaquín no se inmutó ni un poco. Se encogió de hombros y le contó la verdad con una frialdad que helaba la sangre:
—No te hagas la ofendida. Me acerqué a ella porque supe antes de entrar a la universidad que es la mejor alumna de todas. La necesito para que me haga los trabajos, los exámenes, todo lo que yo no quiero hacer. No es nada más que eso: una herramienta útil.
Verónica soltó una risa maliciosa y astuta:
—Entonces te perdono… con una condición: ayudame a hacerle la vida imposible. Quiero verla llorar, quiero que se arrepienta de haberse creído igual a nosotras.
—Trato hecho —respondió él sin dudarlo ni un instante—. Entre los dos vamos a terminar con ella.
Desde su escondite, Violeta apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. Había visto y escuchado todo. Ahora estaba segura: no eran solo malos entendidos ni celos, habían armado un plan cruel y calculado para destruir a su amiga sin que ella se diera cuenta.