Llegué demasiado tarde

Capitulo 2

Estoy teniendo un sueño bastante interesante cuando, de pronto, escucho el canto de un gallo.

—¿Qué? —murmuro.

Y entonces recuerdo lo que pasó. Cuando miro el reloj, me doy cuenta de que son las cinco de la mañana. Intento taparme con la colcha, pero escucho risas y ruido por toda la casa.

Decido tomar una ducha y bajar con el resto. Por suerte, tengo un baño privado, así que me tomo mi tiempo sin tener que apresurarme. Luego de elegir mi atuendo, bajo a desayunar.

—Oh, cariño, ya te despertaste. Siéntate y come.

Después de darle un beso a mi abuela, me senté al lado de Renato.

El desayuno estaba delicioso. Mi abuela, cuando era joven, trabajó en una cafetería y cocina como los ángeles. Es la mejor comida que he probado en mi vida. Espero que mi otra abuela o mi madre nunca escuchen eso, porque si no me matan.

—Hijo, ¿podrías ir a buscar unos huevos al gallinero?

Supongo que puedo hacerlo. Nunca lo he hecho, pero siempre hay una primera vez.

—Sí, no hay problema.

Me levanté y me dirigí hacia el gallinero. Cuando entré, se me apareció el gallo.

—Ven, gallito, gallito...

De pronto, se lanzó sobre mí.

—¡No, gallo malo!

Salí del gallinero y, por suerte, seguía con vida.

Entonces escuché una carcajada.

Me di vuelta y me quedé impresionado. Frente a mí había una chica muy bella, de cabello negro y unos preciosos ojos color miel.

—No puedo creer que le tengas miedo a Jorge.

—¿Jorge? —pregunté confundido, ya que yo acababa de huir de ese gallo endemoniado.

—Sí, Jorge, el gallo. ¿O acaso solo tú puedes tener nombre?

En ese momento descubrí que las apariencias engañan. Parecía dulce, pero resultó ser bastante picante.

—No, solo que me pareció un nombre muy poco original.

Intentaba parecer interesante.

—Oh, señor Creativo, dígame entonces qué nombre le pondría usted con su gran inteligencia.

No lo pensé dos veces.

—Gervasio.

Ella volvió a reírse y, déjenme decirles, es la risa más angelical que he escuchado.

—¿Gervasio? ¿Por qué?

—Porque es tan malo que se merece un nombre acorde a su personalidad.

Mientras decía eso, fulminé al gallo con la mirada.

—Eres demasiado divertido.

—Gracias, gracias.

Hice una ridícula reverencia.

—¿Y qué hacías en el gallinero?

—Buscaba huevos para mi abuela.

—¿Annette y Gabriel son tus abuelos?

—Sí. Soy Sebastián García, mucho gusto...

—Ah, perdón. Soy Clara Saba, amiga de tu abuela.

—¿Cómo? Pero debes tener prácticamente mi misma edad.

—Tengo diecisiete, pero voy a cumplir dieciocho muy pronto. ¿Y vos?

Qué directa.

—Tengo dieciocho, pero el mes que viene cumplo diecinueve.

—Ah, no es mucha la diferencia.

Sonrió de una forma que me hizo sentir extrañamente nervioso. Era raro. Normalmente yo siempre sabía qué decir, pero con ella me estaba costando más de lo habitual.
—Pero ¿cómo es posible que sean amigas?
Era difícil creer que una señora de setenta y cinco años fuera amiga de una joven de casi dieciocho.
—Para la amistad y el amor no hay edad.
Supongo que esa frase aplica para ambos casos.
—Supongo que debe ser cierto.
—¿Quieres que te ayude?
—No creo que puedas.
Si yo no pude vencer al gallo, mucho menos ella.
—¿Quieres apostar?
Eso se puso interesante.
La seguridad con la que lo dijo me hizo sospechar que sabía algo que yo no.
—Bueno, si yo gano, tú me darás un beso.
La sonrisa burlona que apareció en su rostro me hizo preguntarme si acababa de decir una estupidez.
—Está bien. Déjame decirte que sos muy obvio, querido. Pero si yo gano, iremos a tomar un café.
No pude evitar sonreír. La verdad, ninguna de las dos opciones me parecía tan mala.
—Vestido de mujer, y no podrás irte hasta que yo termine.
Y ahí fue cuando comprendí que había hablado demasiado pronto.
—¿Trato?
—Trato.

Después de estrechar nuestras manos, ella entró con una canasta. Antes de hacerlo, la llenó con maíz. Yo observaba con los brazos cruzados; esto iba a ser divertido.

Cuando entró al gallinero, arrojó el maíz al suelo y comenzó a recoger los huevos. En menos de tres minutos salió sin un solo rasguño.

Me quedé con la boca abierta.

—Bueno, señorita, va a ser un placer tomar un café con usted. Pero ahora debo ir con mi abuela para entregarle las compras de esta semana.

Tengo dos cosas para decir:

Primero, ¿cómo rayos logró hacer eso?

Y segundo...

Maldición.

Ahora debo pagar la apuesta.

¡¡RAYOS!!



#38964 en Novela romántica

En el texto hay: amor, promesa, decision

Editado: 25.10.2021

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