Llena mi Vacio

Episodio Número 1: Entre la Lluvia.

Sebastián se levanta de su cama, mueve las cortinas de su habitación. Los primeros rayos de sol por la mañana se reposan en su piel. Afuera ve su vecindario, un sitio elegante donde las casas llaman la atención por los diseños tan modernos y vistosos. Las risas de los niños jugando y el parloteo de los padres que los vigilan de lejos se puede escuchar. Baja a la cocina y saluda a Gilfred, el empleado doméstico.

—Buenos días, Gilfred… ¿Y mis padres?

—Buenos días, joven Sebastián. Los señores están afuera. Su padre está en la empresa familiar, en una junta directiva, y su madre se fue de viaje de negocios, aunque vuelve pronto. Así que tendremos la casa sola nuevamente. ¿Café o té?

—Té…

—Joven Sebastián, noto que tiene angustia. ¿De dónde proviene?

—Es solo que… Siempre están de viaje o en el trabajo. Ya casi ni hablamos.

—Entendible, pero entienda, joven Sebastián —Gilfred sirve la taza de té—, gracias a que trabajan es que usted tiene esta vida.

—Pero ¿de qué sirve? —piensa para sí mismo, mientras mira el té caliente de la taza.

—Bueno, cuando termine de desayunar y esté listo, lo llevaré a sus clases. Recuerde que tiene el importante examen de matemática. Espero que haya estudiado.

—Sí… Estudié mucho… (¿Qué más podía hacer?) —Asiente mientras toma su té, a la vez que ese pensamiento aparece.

Luego de terminar, entra al baño, abre el grifo de la ducha y entra. El agua caliente roza su apenas tallado cuerpo. Cuando sale, sube a su habitación y empieza a cambiarse. Se pone su uniforme perfectamente planchado y guardado, terminando con una chaqueta de cuero.

—Lavanda… —Se revisa en el espejo y, antes de salir, se perfuma entero.

Cuando vuelve a bajar, Gilfred ya lo espera en la puerta con su mochila lista.

—¿Nos vamos, joven Sebastián?

—Sí, ya estoy. Por cierto, ya te he dicho que cuando no están mamá o papá me puedes decir Sebas —le reprocha mientras entra al auto.

—Lo siento, es la costumbre —Gilfred enciende el motor yéndose de una vez.

Mientras tanto, en otro sitio…

Sofía se despierta y mira cuánto falta para que suene su alarma.

—¡Mierda, me quedé dormida! —Sale de su habitación con prisa.

Cuando sale, sus padres ven las noticias en una tele un poco dañada y vieja en medio del comedor, mientras su abuela limpia un pequeño altar donde una foto de su abuelo descansa en él.

—¡Buenos días! —Sofía saluda rápido a su familia, toma una manzana y la empieza a comer.

—¡Hey, hey, señorita! —su abuela la detiene un momento—. Salude a su abuelo también. Aparte, tengo para usted.

—Buenos días, abuelo. ¿Qué me tienes que dar, abuela Marta?

—Ten —su abuela estira su brazo y le entrega algo en su palma—. Es el anillo que tu abuelo usó por mucho tiempo… Es algo muy valioso para él y para mí.

—¿Estás segura, mamá? —dice su padre desde la mesa.

—Ay, hijo… Yo estoy más de salida que de entrada. Aparte, fue un deseo de tu padre antes de partir.

—¡Gracias, abuela! Juro que lo cuidaré muy bien.

—Hija… se te va a hacer tarde —le recuerda su mamá.

—¡Cierto! —Sofía muerde una vez más su manzana y entra al baño a prepararse.

Sofía se lava la cara y el pelo de forma simple. Entra a su habitación para cambiarse. Se pone su uniforme un poco arrugado. Aunque está apurada, se toma su tiempo para maquillarse, incluso para ponerse un poco de perfume.

—Está un poco vacío… —dice sin darse cuenta.

Cuando termina, guarda el anillo en el bolsillo de su pantalón y sale apurada de su casa directo al colegio sin antes despedirse.

—¡Adiós, vuelvo más tarde!

En frente de la puerta del colegio…

Gilfred deja a Sebastián enfrente de la puerta del colegio, preguntándole una última cosa.

—Joven Sebastián, ¿quiere que pase por usted? ¿O prefiere volver solo?

—No me busques, Gilfred. Volveré caminando, eso me relaja un poco.

—Okey. Que tenga un excelente día, joven Sebastián.

Cuando entra, camina por el largo pero elegante pasillo de la escuela, acompañado de ventanales con elegante diseño. Montones de estudiantes caminan y charlan entre sí haciendo mucho ruido. Pero los pensamientos en la mente de Sebastián son más ruidosos. Intenta no darles importancia, concentrándose en todo lo que pasa a su alrededor, dejando de fondo sus problemas o incluso distrayéndose con los diseños tan extravagantes de las paredes de mármol refinado.

—Concéntrate… solo concéntrate —piensa para sí mismo.

¡Ting tong ting!

En eso, las campanas suenan avisando del inicio de clases de ese día. Pasa a su salón en silencio, junto a sus compañeros, sentándose hasta el fondo de este.

El maestro entra al salón, mientras los alumnos cesan los ruidos de forma gradual a la vez que toman asiento.

—Buen día, alumnos. Como recordarán, hoy tienen el examen de funciones exponenciales. Solo dejen arriba de la mesa su bolígrafo junto a una hoja si les hace falta —El profesor empieza a repartir las hojas del examen.

—Tengo suerte de que Gilfred me da clases particulares —piensa para sí.

Cuando el examen empieza, el profesor nota que falta alguien.

—¿Saben si no está Sofía?

—¡Aquí estoy! —dice mientras entra tarde, sentándose en su lugar rápidamente.

El profesor suspira cansado, pero ya está acostumbrado a la misma historia, así que solo la mira con un poco de molestia mientras le da su hoja.

—Solo bolígrafo y una hoja si necesitas… Y no vuelvas a llegar tarde.

—Perdón…

Sebastián hace su examen sin siquiera fijarse en el escándalo de Sofía.

Una hora después…

¡Ting tong ting! —Las campanas suenan de forma elegante avisando del receso.

El profesor toma los exámenes mientras todos se retiran. Sebastián también se intenta ir, pero nota algo: Sofía está agachada en el piso buscando algo con desesperación.

—¿¡Ay, Dios, Dios, dónde está!?



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En el texto hay: romance, drama, amor

Editado: 07.04.2026

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