Entras al cuarto y el aire cambia.
No porque hayas hecho algo, sino porque llegaste tú.
Las conversaciones se rompen en pedazos pequeños, las risas se apagan, las miradas se cruzan entre ellos como cuchillos silenciosos.
Y por un segundo demasiado largo, todos te miran.
No con respeto, mucho menos con cariño, más bien esa mirada que mezcla lástima, incomodidad y un secreto que pesa demasiado para pronunciarlo.
Bajas la mirada sin entender por qué, sonríes, incluso, porque crees que el mundo sigue siendo el mismo, solo caminas con la mirada fija como los caballos, sintiendo tu corazón latir tembloroso.
Hay algo podrido flotando en el ambiente, algo que todos huelen menos tú.
Algo que se arrastra por el suelo, viscoso, humillante y lleva tu nombre.
Porque todos lo saben.
Saben lo que ella hace cuando no estás, con quién y en dónde, porque los han visto.
Saben que te besa con la misma boca que ya aprendió a mentir demasiado bien.
Pero cuando estás frente a ella, te venda los ojos con gentileza, lo hace con caricias suaves, con palabras dulces, con promesas que se sienten como mariposas muertas.
Te abraza como si el mundo fuera puro, como si su piel no cargara el olor de otra historia y con la certeza de que eres idiota.
Y tú…tú le crees.
Le crees mientras las miradas ajenas te atraviesan.
Mientras los silencios se vuelven más largos cada vez que entras a un lugar y la verdad camina desnuda detrás de ti como una sombra grotesca.
Lo más asqueroso no es la traición.
Es la escena.
Tú, defendiendo un amor que ya se pudrió.
Ella, bañada en egocentrismo.
Y todos alrededor, mirando.
Esperando el día en que te quites la venda de los ojos
y descubras que la única persona en la habitación que no sabía la verdad…eras tú.
Vasco.
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Editado: 06.03.2026