Mía...
Visitaba el hospital con la suficiente frecuencia como para conocer de memoria cada pasillo. Para mí, era el tipo de lugar en el que te perdías si no sabías exactamente a dónde ibas: interminables corredores, paredes blancas, puertas idénticas y ese temor latente que me acompañaba cada vez que lo recorría.
Ese pequeño cosquilleo que hacía sudar mis manos, la opresión en el estómago que me provocaba náuseas... todo por el simple hecho de estar ahí.
Aún conservaba la esperanza de que el doctor me dijera que todo estaba en perfecto orden, que mi vida continuaría como la de una chica normal. Era una ilusión destinada a romperse. Mi vida jamás sería perfecta; todo acabaría algún día y, aunque no quisiera aceptarlo, ese día llegaría antes de lo esperado.
Observé la bata azul que colgaba a un lado de la puerta. Su color me recordó la mañana al salir de casa: el cielo lucía de un celeste hermoso, igual al de la prenda. El verde de las plantas contrastaba con el gris de las calles. Sentir el aire llenar mis pulmones, escuchar los ruidos extraños de la ciudad... quizá pronto nada de eso podría volver a sentirlo.
¿Tenía miedo?
Sería extraño decir que no. Sin embargo, el mayor temor no era por mí, sino por dejar solo a mi padre. Aquel hombre de cabello canoso que había cuidado de mí desde que supo de mi existencia. Pensar en el día en que tendría que dejarlo me aterraba. Me partía el corazón imaginarlo llorando mi ausencia. Lo último que deseaba era destrozar su corazón; no lo merecía y, aun así, yo sería la causa de su dolor.
—Señorita Wesley —estaba tan sumergida en mis pensamientos que no escuché en qué momento el doctor entró y tomó asiento frente a mí.
—Llámeme Mía, ya lo habíamos dejado claro.
—Mía —repitió con una media sonrisa, a la que respondí de la misma manera.
El hombre de bata blanca se concentró en las hojas que tenía entre sus manos, mientras yo movía nerviosamente los pies. Tras un largo suspiro, se acomodó las gafas, gesto que no me agradó en absoluto; algo me decía que las noticias no serían buenas.
—Suéltelo —pedí, intentando aparentar calma.
¿Qué podría salir mal?
—Esto no es bueno. Me gustaría que tu padre estuviera presente.
—Le aseguro que soy lo suficientemente mayor para saber sobre mi salud —acomodé las manos sobre mis piernas y comencé a retorcer los dedos, como si eso pudiera distraerme de lo inevitable—. Vamos, puede decirme lo que sea.
—Cambiaremos los medicamentos —comenzó a hacer anotaciones—. Necesito que sigas todo al pie de la letra: la dieta, los horarios, absolutamente todo.
—¿Qué es lo que está mal? —dije un tanto preocupada.
—Tus riñones no están funcionando como deberían.
A partir de ese momento, el resto de sus palabras se volvieron un murmullo. Sabía perfectamente cómo terminaría aquella explicación llena de tecnicismos médicos: un trasplante. Siempre había sido mi mayor temor desde el diagnóstico, que alguno de mis órganos fallara al punto de necesitar otro. Después de tantos tratamientos, mi salud se estaba deteriorando.
—Necesito hablar con tu padre y explicarle todo a detalle.
—No quiero que mi padre se entere —mi voz se quebró.
—Mía —me observó con cautela.
—Doctor —negué con la cabeza.
—Sabes que no puedes ocultarle algo así.
—Se lo diré... solo... veré la forma, deme tiempo.
—Justamente eso es lo que no tenemos.
—Deme unos días, por favor —no podía soltarle una bomba así.
Nuestras finanzas eran inestables; añadirle otra preocupación sería insensible.
—Puedes pasar por tus medicamentos. En esta hoja anoté algunas indicaciones extras. Debes seguir todo tal cual. En tu próxima cita tendré los resultados de las muestras, y espero que tu padre te acompañe —hizo una pausa—. No tienes de qué preocuparte; quizá solo sea un error —su rostro no reflejaba que fuese una equivocación, pero a su manera trataba de darme ánimos.
Tomé las hojas, me levanté, agarré mi bolso y forcé una sonrisa.
—De acuerdo, lo veré en la próxima cita.
—En una semana. Recuerda que tu padre...
—Sí —lo interrumpí—. Vendrá conmigo, se lo prometo.
Salí del consultorio dejando que las lágrimas, hasta entonces contenidas, rodaran por mis mejillas. Caminé por el largo pasillo sin procesar una sola palabra de las hojas que llevaba; mi mente danzaba por otro lugar muy lejano.
Mi distracción fue tal, que no me di cuenta hasta sentir el impacto. Me sobresalté al descubrir con qué, o más bien con quién, había chocado.
Al levantar la mirada, me perdí en un par de ojos verdes. Aquel tono oliva me hipnotizó; debí perderme en su mirada como una tonta, pues no tuve tiempo de observar el resto de su rostro.
—Fíjate por dónde caminas —soltó con frialdad. Su voz ronca me erizó la piel.
No se tomó la molestia de ayudarme a recoger los papeles que habían caído, se marchó. Lo seguí con la mirada: alrededor de un metro ochenta, vestido completamente de negro, musculatura imponente. A paso firme se perdió en uno de los pasillos.
Recogí mis cosas y caminé hacia el elevador. Aquel desconocido había logrado bloquear, aunque fuera por un momento, la razón de mis lágrimas. Sin embargo, no tardé en regresar a mi cruel realidad.
Tras lo que pareció una eternidad, guardé mis medicamentos en la bolsa. Observé el elevador, pero decidí que tomar las escaleras me ayudaría a ordenar mis pensamientos.
¡Gran error!
Una vez más, mi torpeza hizo acto de presencia y, para mi mala suerte, fue con él. Esta vez, llevaba más prisa; solo me dedicó una mirada que me dejó aturdida y bajó los escalones sin importarle que por poco me hiciera caer.
Quedé en shock. Su rostro serio, su mandíbula perfecta... cada facción parecía esculpida por los dioses.
¡Reacciona, Mía!
Observé las escaleras. Tal vez caer por ellas sería una muerte más rápida que una enfermedad que te consume lentamente.