Lo aprendí de ti

Capítulo 2

Mía...

—¿Mía?
—¿Sí? —respondí, un tanto confundida.

—Por fin te localizo —la voz al otro lado sonaba nerviosa.

Me resultaba familiar, pero no lograba identificarla.

—¿Quién habla?

—Melisa —hice una nota mental para no olvidar guardar su número.

—Hola, Mel. ¿Qué pasa?

—Tu papá está en el hospital.

Hospital y papá en la misma oración no sonaban nada bien. Giré la mirada hacia Pato; al notar mi expresión, me quitó el celular para atender la llamada.

—Vamos para allá.

Mis manos comenzaron a temblar y mis ojos se llenaron de lágrimas. Rogué durante todo el trayecto para que mi padre estuviera bien.

¡Dios!

Tan solo imaginar que algo le hubiera sucedido me destrozaba por dentro.

Pato intentaba tranquilizarme. Melisa solo dijo que llamaron a la florería para informar que mi padre había sufrido un accidente. En el hospital no me daban respuestas; al parecer, solo conocían una frase: "Señorita, espere" "Señorita, trate de calmarse"

—Mía, todo va a estar bien —decía Pato. El nudo en mi garganta me impedía responder.

Más tarde llegó Melisa, visiblemente preocupada.

—¿Familiares del señor Wesley? —preguntó una enfermera vestida de blanco, leyendo la carpeta que llevaba en las manos.

Me levanté de inmediato.

—Soy su hija.

—Sígame, por favor.

Pensé que me llevaría a ver a mi padre. Les pedí a Pato y a Melisa que esperaran; mi amigo aceptó a regañadientes.

—Espere aquí. En un momento el doctor vendrá a atenderla —dijo la enfermera, guiándome a un pequeño cuarto. Los nervios me traicionaron.

No entendía qué hacía ahí. Antes de que la enfermera se marchara, la detuve.

—Por favor... ¿sabe qué sucede con mi padre? Negó con la cabeza.

—Es mejor que espere al doctor. No tardará.

Salió sin más.

Caminé de un lado a otro hasta que, resignada, tomé asiento.

El tiempo se volvió eterno. La puerta se abrió y un hombre de bata blanca entró. Se sentó detrás de su escritorio. Su expresión seria se transformó en una afligida.

—Señorita Wesley —tomó aire—. Me temo que las noticias no son buenas, su situación es delicada. Su padre ha perdido mucha sangre. Recibió tres impactos de bala; dos ya fueron extraídos, pero el tercero se encuentra en una zona complicada. Estamos haciendo todo lo posible, pero... —su voz se quebró. —Me temo que no será suficiente.

Todo me parecía irreal. Sus palabras eran imposibles de procesar.

—Lo siento mucho... el señor Wesley probablemente no pase de esta noche. Me sobresalte.

Caminé de un lado a otro cubriéndome los oídos, negándome a escuchar.

—No... no —repetía.

Está mintiendo.

Mi padre tenía que estar bien. Tenía que estarlo.

—Señorita Wesley...

—Usted miente.

No puede ser verdad.

Mi mundo se desmoronaba. Perdería a mi padre, igual que a mi madre.

Las voces a mi alrededor se desvanecieron; solo sentía el vacío.

—Tiene que tranquilizarse.

—Está mintiendo, usted miente.

—Debo llevarla con él, pero necesita calmarse. No le hará bien a su padre verla así. Él ha pedido verla, esta débil, pero no deja de mencionar su nombre.

Él no podía verme así. Tenía que ser fuerte. Ser fuerte por él. El doctor pidió que trajeran a mi amigo.

No sabía cuánto necesitaba un abrazo hasta que Pato llegó y me rodeó con sus brazos.

Me solté a llorar.

Aún había lágrimas por derramar, pero las contuve.

Al entrar a la habitación, la escena fue devastadora. Mi padre estaba conectado a múltiples aparatos; el único sonido era el pitido constante de la máquina que marcaba sus latidos.

Me aferré al brazo de Pato para no caer.
Mi padre se veía tranquilo, con los ojos cerrados.

Respiré hondo, solté a mi amigo y me acerqué lentamente a la cama. Mis piernas temblaban. Mi corazón latía con tanta fuerza, estaba al límite. Al tomar su mano, no pude contenerme más. Las lágrimas rodaron libremente.

—Mi pequeña... —su voz era apenas un susurro.

Limpié mis lágrimas mientras sostenía su mano.

—No te esfuerces —logré decir.

—Mi pequeña... necesito que seas fuerte —hizo una pausa para respirar—. Prométele algo a este viejo.

—Por favor, no hables —supliqué.

—Este viejo ya no resistirá mucho...

—No —negué—. No puedes decir eso.

—Mía... —respiró con dificultad—. Quiero que seas feliz. No dejes de sonreír. Donde... quiera que yo esté, cuidaré de ti... Lo prometo.

Mi vista se nubló por completo.

—Por favor... —rogué.

—Tu madre y yo siempre estaremos contigo —lágrimas rodaron por su rostro—. Solo prométeme que estarás bien.

—Lo prometo —mentí—. Solo no te esfuerces. El médico te ayudará, vas a mejorar...

—Te amo, cariño.

—Te amo, papá. Lo abracé con todas mis fuerzas.

Él limpió una lágrima de mi mejilla y besó mi frente.

—Mi pequeña... me duele tanto dejarte...

Sus ojos se cerraron lentamente.

—Papá... papá...

Su mano cayó a un costado.

El sonido continuo de la máquina llenó la habitación.

—No... papá, por favor. Te necesito. Despierta... abre los ojos... papá —sentí que alguien me apartaba de su cuerpo—. ¡Llamen al doctor!

—Se ha ido —dijo una voz.

—No... solo está dormido —todo era borroso—. Papá...

Era mi única familia.

¿Qué haría sin él?

—No estás sola —susurró Pato, sosteniéndome como a una niña.

Me aferré a él, gritando el nombre de mi padre con la esperanza de que respondiera.

—Papá... despierta. Por favor, papá.

—Estoy aquí —repetía Pato una y otra vez.

El tiempo dejó de existir. La realidad se volvió difusa.

Escuchaba voces lejanas, mis párpados pesaban cada vez más. Al parecer me habían inyectado un calmante. Y la oscuridad me envolvió por completo. Una oscuridad de la que no quería despertar.




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