Mía...
Tiempo.
Dicen que el tiempo lo cura todo.
Una vil mentira.
En los últimos días, mi vida se había cubierto de tristeza. Apenas recordaba el sepelio de mi padre; quizá se debía a la cantidad de tranquilizantes que me habían dado o tal vez mi mente intentaba evadir la realidad, fingiendo que todo era un sueño.
Deseaba con todas mis fuerzas que nada fuese real, que en cualquier momento despertaría y que el dolor se esfumaría.
Le prometí a mi padre estar bien, pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo sanar un corazón roto?
Un sinfín de preguntas, sin respuestas.
Al parecer, al destino le gustaba jugar conmigo, llevándose a mi padre de esa manera. Si tan solo se hubiera retrasado en aquella entrega... seguiría con vida.
Me levanté de la cama, que había sido mi refugio durante días, y me detuve frente al espejo. Mi aspecto era deplorable: el cabello despeinado en un intento fallido de coleta, los ojos rojos e hinchados, la piel pálida.
Parecía un fantasma.
Si hubiera tenido ganas de cambiarme, habría tirado a la basura la estúpida pijama de arcoíris que llevaba puesta. Ni siquiera busqué mis pantuflas.
Salí de mi habitación.
Evité mirar la puerta del cuarto de mi padre. Bajé las escaleras lentamente, tomando aire para asimilar que él ya no estaría en la cocina, esperándome con una taza de café entre las manos.
—Cancela todo, no me interesa. No voy a dejar sola a mi amiga —Pato hablaba por teléfono, tan concentrado que no notó mi presencia—. Una maldita sesión no es más importante que mi mejor amiga. Me importa un carajo lo que digan; el jefe soy yo.
Su actitud me hacía sentir querida, pero también culpable. Jamás dejaba su trabajo de lado y, durante días, no se había separado de mí ni un instante, cancelando compromisos y responsabilidades.
Cuidaba de mí como un hermano mayor. Se aseguraba de que comiera, de que descansara, incluso me llevaba al cementerio, aunque le doliera verme llorar.
—Lo siento, no te vi —guardó el celular en el bolsillo—. ¿Quieres desayunar? Puedo preparar...
—Puedes irte —dije, bajando la mirada.
Frunció el ceño.
—¿Disculpa?
—Ve a tu trabajo —junté las manos, jugando con mis dedos—. No puedes dejar todo de lado por mi culpa. Se pasó la mano por el cabello, despeinándolo aún más.
Conociéndolo, sabía que mis palabras no le gustaban.
—Te agradezco todo lo que haces por mí —me acerqué—. De verdad. Pero no puedes dejar tu vida de lado, para ser niñera.
Negó de inmediato.
—No tienes que agradecer nada. Sabes por qué lo hago... y también sabes que la empresa me importa un carajo si estás tú de por medio. Así que no intentes librarte de mí.
Tomé su mano.
—Jamás intentaría alejarte —mi voz tembló—. Le prometí a papá que estaría bien... y siempre cumplo mis promesas.
Colocó su mano en mi cuello y besó mi frente.
—Lo se.
Cumpliría lo que mi padre me pidió. Al menos durante el tiempo que me quedara de vida.
—Quiero ir a la florería —dije—. Puedes ir a la empresa, mientras estoy ahí.
Se apartó, para mirarme con cautela.
—No creo que sea buena idea.
—Patricio, necesito salir de esta casa. No quiero seguir encerrada llorando hasta quedarme dormida. Solo... quiero intentarlo.
Suspiró.
—Hagamos algo. Hoy cancelé todo. Pasamos el día juntos y mañana yo mismo te llevo a la florería y me voy a trabajar sin interferir en tus planes.
Acepté.
Tal como prometió, al día siguiente me dejó frente a la florería. Sabía que debía abrirla y continuar con el trabajo; a mi padre no le habría gustado verla cerrada.
Estaba profundamente agradecida con Melisa. Mi padre no se había equivocado al contratarla. Ella y Pato se habían convertido en mi única compañía.
Observé las flores de colores junto a la entrada; sus pétalos rodeaban perfectamente el centro amarillo.
—Margaritas —dijo Mel, sacándome de mis pensamientos.
—¿Qué?
—Se llaman margaritas. Dicen que sirven para saber si alguien te quiere —arrugué el ceño—. Cortas un pétalo diciendo "me quiere", otro "no me quiere", hasta que el último te da la respuesta.
No pude evitar reír.
—Lo sé, es ridículo —ambas reímos.
—Deberíamos contratar a alguien más —comenté—. No sé cuánto tiempo podré estar aquí.
—No te preocupes, me haré cargo.
—De acuerdo.
—Hola, par de guapas —gritó Pato al entrar, con su sonrisa habitual.
—¿Qué haces aquí? —pregunté—. ¿No tenías una sesión?
—Me duele que no quieras verme.
—Sabes que no...
—Lo sé, solo bromeo. Es mi hora de comida. Así que andando —ordenó.
—No podemos cerrar —dijo Mel—. Tenemos clientes para ver arreglos de boda.
El puchero de Pato nos hizo reír.
—Está bien, la comida vendrá a ustedes. Mel me pidió que acompañara a Pato para asegurarme de que comprara algo decente. Sin mucho esfuerzo, lograron hacerme reír.
—¿Comida china? —preguntó al subir al auto.
—Pizza.
Buscaba un lugar cercano cuando escuchamos un golpe fuerte.
—¡Pato! Atropellaste a alguien —exclamé.
En realidad, habíamos tirado una motocicleta estacionada detrás del coche. Salimos rápido al ver al dueño acercarse.
—Creo que no podemos huir —murmuró.
Mi cuerpo reaccionó de inmediato al reconocerlo.
Jamás olvidaría esos ojos verdes. Sentí un escalofrío recorrerme cuando noté la forma en que me miraba. Algo me decía que él también me reconoció.
—Asunto arreglado. Hora de irnos —la mano de Pato me sacó de mi trance.
Antes de subir al auto, giré para mirarlo. Su semblante serio no cambió. Esa extraña sensación volvió a recorrerme.
Durante el trayecto apenas escuché a mi amigo hablar.
Mi mente seguía anclada en un perfecto desconocido.
—¿Entonces, irás a la universidad?
—No lo sé... ya perdí un año.
—Y no perderás otro.
—No puedo dejar la florería.