Mía...
Los siguientes dos días los pasé siguiendo una pequeña rutina: despertarme, hablar con Pato por teléfono, ya que seguía de viaje con sus padres, ir a la florería, recibir clases de Melisa sobre cómo hacer arreglos y conservar las flores. Visitar a mi padre para platicar con él y, por último, regresar a casa procurando mantener mi mente ocupada leyendo un poco.
Otro día transcurrió y, al igual que los anteriores, llegué a la florería siendo recibida por Melisa y su enorme sonrisa.
Todo parecía igual, excepto por el tono de su cabello: el rosa había sido sustituido por un lila pastel. Por momentos sentí ganas de preguntarle a qué se debían sus constantes cambios de color, pero me contuve; no quería ser indiscreta.
—Buen día. ¿Qué tenemos que hacer hoy? —pregunté con una leve sonrisa.
—Hola —respondió mientras revisaba la pequeña libreta donde anotaba los encargos—. Tenemos que surtir los arreglos de una boda. Es algo bastante extravagante, así que tengo varias ideas para lucirnos.
Me mostró con entusiasmo las referencias que habían solicitado los novios.
Mi celular vibró. Por un momento creí que sería Pato, pero no. Era el doctor Bravo. No me sorprendió; seguramente llamaba por la cita a la que no había asistido. No estaba lista para verlo, así que ignoré la llamada.
—¿Hay algún candidato para el trabajo? —pregunté.
Mel se dirigió al pequeño cuarto del fondo. Regresó con una hoja en la mano y me la entregó.
—Sería genial si le das el visto bueno. Ayer, después de que te fuiste, pasó este chico por aquí. Es amable, entusiasta y necesita el trabajo para pagar sus clases y es guapo.
—¿Qué te parece a ti?
—Guapo —respondió sin rodeos. La miré con seriedad—. Pero eso no importa. Es amable, divertido y responsable. Digamos que es el único buen candidato.
—Entonces encárgate tú —le dije—. Confío en tu criterio. Serás quien conviva con él.
No pudo ocultar su sonrisa. Sabía que mi padre también confiaba en ella; más de una vez me lo había hecho saber.
—Espera... ¿qué quieres decir con que yo conviviré con él?
—No estoy segura aún, pero en mis planes está irme a estudiar y probablemente no podré venir tan seguido —confesé—. Eso, si no termino haciéndole caso a Pato y decido vender la florería.
Su expresión se entristeció.
—Aún no lo decido —me apresuré a decir—. Te avisaré antes de tomar cualquier decisión.
—Gracias por tomarme en cuenta —respondió—. Por cierto... mañana viene el señor Richard. Fruncí el ceño.
—¿Te dijo por qué?
—Quiere hablar contigo de asuntos relacionados con tu padre.
Eso me intrigó. No se me ocurría nada más, que asuntos de la florería. Ese día decidí quedarme hasta el cierre. Acomodamos todo y salimos juntas del local.
Apenas crucé la puerta, sentí que alguien me observaba. Miré a ambos lados, pensando que era mi imaginación... hasta que lo vi.
Del otro lado de la calle, recargado en una motocicleta, estaba él.
Cruzado de brazos, vestido de negro, con esa pose que lo hacía lucir condenadamente sexy. La playera se ajustaba a su cuerpo musculoso y esta vez pude notar la tinta que adornaba sus brazos. Mis piernas temblaron; cada vez que lo veía, esa sensación extraña recorría mi ser.
Siempre de negro... comenzaba a gustarme ese color.
Su expresión no cambió.
Demonios.
Qué ojos tan hermosos tenía. Ese tono oliva ya era, oficialmente, mi color favorito.
—Bueno, nos vemos mañana —dijo Melisa, sacándome de mi trance.
Me abrazó y se despidió. Yo apenas reaccioné, concentrada en alguien más. Entonces ocurrió lo impensable: Mel cruzó la calle, habló con él, se subió a la motocicleta... y se fueron juntos.
Me quedé ahí, como una completa tonta.
¡Cielos!
Se conocen.
¿Y si es su novio?
Y yo fantaseando como tonta.
Eres increíblemente torpe, Mía.
Aun así, no podía sacarlo de mi cabeza. Su mirada seguía provocándome ese cosquilleo extraño.
¿Qué demonios me pasaba?
Al llegar a casa, los recuerdos me golpearon con fuerza.
Algunos eran dulces, otros insoportables.
Suspire.
Dejé mi bolso en el sillón, preparé un sándwich y me senté frente al televisor. Las imágenes pasaban sin que yo realmente las viera. Tomé el libro que había dejado a medias y comencé a leer, esperando despejar mi mente.
No funcionó.
Poco a poco, el cansancio me venció y me quedé dormida.
Después de días sin verlo, por fin mi amigo regresaba de su viaje. Otras veces habíamos pasado más tiempo sin vernos, esta vez se sintió eterno. Tal vez porque ahora era mi única familia... o porque me había acostumbrado a tenerlo cerca.
Nos conocimos cuando yo tenía quince años y él veinte. La primera vez que lo vi pensé que era una versión joven de Sam Claflin. Sus hoyuelos me flecharon y, sí, me enamoré como colegiala. Él siempre me vio como una hermana y mi enamoramiento no duró mucho. Con los años, nuestra relación maduró hasta convertirnos en eso: hermanos sin lazo de sangre.
Ignoré otra llamada del doctor Bravo y leí el mensaje de Mel.
"Olvidé las llaves. Sálvame."
Voy para allá. Respondí.
Pensaba ir más tarde a la florería, pero tendría que pasar primero por ahí. Después iría a la estación de policía para preguntar por el caso de mi padre. Le había prometido a Pato esperarlo, pero eso era algo que necesitaba hacer sola.
Las calles estaban concurridas. Me entretuve respondiendo los emojis de mi amigo hasta llegar al local.
—De verdad lo siento —dijo Mel al verme.
Si no hubiera estado tan distraída con el celular, habría notado que a unos metros estaba él. El chico guapo que tenía prohibido mirar. Era imposible ignorarlo, sobre todo cuando me observaba de esa forma hipnótica.
—No te preocupes. A cualquiera le pasa.
En cuanto entramos me fui directo a la oficina para ordenar documentos y diseñar nuevos catálogos.