Lo aprendí de ti

Capítulo 5

James...

—¿Qué hay? ¿Tienes pelea hoy? —preguntó mi amigo Ian con su característica sonrisa.

—Sí. Más tarde.

No entendía cómo demonios éramos amigos; éramos totalmente opuestos.

—Genial.

—Tengo que irme.

—Aguarda, acabo de llegar. ¿A dónde se supone que vas? —dijo metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón y encogiéndose de hombros.

—No es asunto tuyo.

—Alguien despertó de mal humor.

—Voy por Melisa. ¿Necesitas algo? —lo miré con ganas de patearle el trasero.

Permaneció en silencio, así que caminé hacia la salida.

—Espera. Me detuve.

—¿Puedo acompañarte? —sonrió—. Quizás tengas suerte y puedas ver a la rubia.

Sí, definitivamente fue mala idea mencionarla.

Si no fuera mi amigo, le habría pateado el trasero, tenía suerte de serlo. A pesar de que a veces me sacaba de quicio, Ian era de las pocas personas que no tenía miedo de decirme las cosas, y eso, aunque me fastidiara, era algo que apreciaba de él: su sinceridad.

—No —respondí cortante.

—Sabes que tengo razón. Por algo vas tan seguido por tu hermana —insistió mientras caminaba rumbo a mi moto.

—Vete a la mierda, Ian.

Aunque me negara a admitirlo, el bastardo tenía razón... y terminaría acompañándome.

Como casi todos los días, estacioné la moto frente a la florería, esperando la salida de mi hermana.

Desde que era pequeña procuré que no le faltara nada. No me agradaba la idea de que trabajara, sin embargo, era algo que no podía prohibirle.

—Oh... al parecer la rubia no está. —dijo fingiendo tristeza.

—Vete a la mierda, Ian.

Mi hermana cerró el local y se acercó con una enorme sonrisa, o más bien, se la dedicó a mi amigo. Ese par últimamente se sonreían mucho.

—Ian, qué gusto verte. Empezaba a creer que esos dos traían algo.

—Hola, hermano. Qué bueno que estés aquí —dije con sarcasmo.

Mi hermana me lanzó una mirada y poniendo los ojos en blanco.

Estábamos por irnos cuando llegó el estúpido niño bonito. No sabía su nombre ni me importaba saberlo.

En cuanto vio a mi hermana, se dirigió a ella.

—¿Y Mía? —preguntó tras saludar.

—Creí que estaban juntos. Quedó de venir para cerrar; pensé que se le había hecho tarde —respondió Melisa.

—Quedé con ella de pasar aquí, para irnos a casa —dijo, visiblemente preocupado—. La llamé y le envié mensajes, pero no responde.

Algo no andaba bien.

—Quizás esté en su casa. Podríamos ir a ver si está bien —propuso mi hermana.

No supe cómo, pero terminé conduciendo hasta la casa de Mía. Mi hermana y el niño bonito lucían inquietos y para ser sincero tenía un mal presentimiento.

La casa era demasiado grande para una persona.

—Intentaré llamarla otra vez —dijo el tipo, cuyo nombre seguía pareciéndome estúpido.

Mientras caminaba por la sala, escuché el sonido de un celular. Al acercarme, lo vi debajo de un sobre amarillo.

—Sería bueno que vean esto.

Mi hermana y el tal Pato se acercaron. Ella tomó la hoja y su expresión cambió por completo. Era una carta dirigida a Mía.

Sin más tiempo que esperar, decidimos ir a buscarla.

Resultaba estúpido preocuparme por una chica a la que apenas conocía, pero algo en la situación me oprimía el pecho. Su padre había muerto, no tenía familia, estaba prácticamente sola.

El niño bonito se fue con Ian y mi hermana en su coche. Yo tomé la moto, lo cual fue una pésima idea pues el clima no estaba muy bien.

Me detuve bajo un árbol, como si eso fuera a protegerme de la maldita lluvia.

¿Dónde demonios estás?

La idea llegó de golpe.

Arranqué la moto y conduje hasta el lugar donde imaginé encontrarla.

Caminé bajo la lluvia sin saber exactamente por dónde empezar, hasta que la vi: acurrucada junto a una lápida. La opresión en mi pecho fue inmediata.

—Mía.

No se movió.

—Mía.

Esta vez abrió los ojos. Al verme, se sobresaltó.

Lucía frágil. Su ropa empapada se pegaba a su cuerpo, aunque la lluvia ocultaba sus lágrimas, sus ojos hinchados la delataban.

—¿Es otro sueño? —susurró.

No era un buen momento para reír.

—Vine a buscarte. Me arrodillé frente a ella.

—Quiero estar sola.

—Vamos, pequeña. Será mejor que nos vayamos o vas a enfermar.

No pude evitar abrazarla. Tenerla entre mis brazos se sentía jodidamente bien.

Su cuerpo temblaba.

Sus sollozos eran débiles.

—No quiero estar sola —murmuró.

—Te prometo que no lo estarás.

La ayudé a levantarse y caminamos en silencio hasta la moto. El temblor no cesaba. La ayudé a subir. Sentir sus manos aferradas a mi abdomen fue una sensación jodidamente placentera. Era un maldito enfermo por pensarlo.

Al llegar a su casa, nuestras miradas se cruzaron.

—Gracias —susurró.

Dio unos cuantos pasos para entrar a casa, cuando se desvaneció.

Alcancé a sostenerla.

La cargué en brazos.

—Eres perfecta—besé su frente—. Jodidamente perfecta.




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