Mía...
Mi discusión con James era algo estúpida; no lograba entender qué andaba mal con él. Su agarre se intensificó, tomándome por sorpresa. Colocó su otra mano sobre mi nuca, atrayéndome hacia él, y unió sus labios a los míos.
¡Oh, santos Dioses!
Él me estaba besando...
Sin siquiera dejarme reaccionar.
Y sí. Así es como se arruinan los más hermosos sueños: el maldito celular. Contesté queriendo asesinar a quien estuviera del otro lado de la línea.
—Mía —la asesinaría de no ser porque era mi amiga y hermana del hombre que atormentaba mis sueños.
—Dime.
—De verdad, ¿estabas dormida?
—No tuve buena noche y olvidé poner la alarma.
—Ya veo. Bueno, solo te llamo para decirte que vinieron a dejar unos documentos para que puedas ir por la camioneta de tu padre.
—Rayos, ¿qué hora es?
—Mediodía, reina —alejé el celular para confirmar que tenía razón.
—Voy para allá.
—Ah, y hablando de eso, lo más seguro es que mi hermano no demore en llegar.
—¿Qué?
—De nada. Te veo en un rato —terminó la llamada.
Habían pasado dos días desde la última vez que nos vimos y, digamos, no terminamos muy bien aquel día.
No podía llamarle a mi amigo porque estaría ocupado, así que tenía que resignarme a irme con James. Que quede claro, muy resignada.
Me vestí como solía hacerlo: jeans, blusa básica, zapatos cómodos y mi cabello en una coleta.
Todavía no lo veía y mi cuerpo ya comenzaba a sentir el efecto que él causaba en mí.
No demoró en llegar.
—Hola —saludé con nerviosismo.
—¿Cómo estás, Mía? —tan perfecto como en mis sueños.
—Bien —mordí el interior de mi mejilla.
Debía alejar cualquier pensamiento indebido, principalmente dejar de pensar en sus besos.
—Genial, sube —ordenó.
Sacudí ligeramente mi cabeza, como si eso ayudara a mis nervios. Su amabilidad era un tanto confusa, su seriedad no ayudaba.
Acomodé mi bolsa y me sujeté con fuerza de su abdomen.
En mi defensa, arriba en una moto no había de donde más sujetarse. De inmediato me sentí drogada por su exquisito olor; era como si mi cuerpo quisiera estar atado a él y no alejarse nunca.
Sentir la brisa del aire golpear mi rostro, en compañía de su embriagante aroma, me dejaría llevar a donde el quisiera hacerlo.
—Puedes quedarte así el tiempo que desees. No tengo problema con ello —aterrice de inmediato al planeta tierra.
Santísimos dioses... él sonreía.
Sí, sonreía.
Era la primera vez que lo veía hacerlo de esa manera. Necesitaba tomarle una foto y guardarla con muchos candados para que solo yo pudiera verla. Es más, un tatuaje de su sonrisa era justo lo que necesitaba.
—Yo... este... —bajé de la moto—. Creo... que... yo... voy con Mel —mis mejillas debían estar más rojas que un tomate, si eso era posible.
Me apresuré a entrar. Saludé a Melisa, quien sin más tiempo que esperar me dio las hojas que tenía que entregar y las llaves de la camioneta. El problema sería cómo la traería; no se me daba muy bien manejar, mucho menos ese tipo de camionetas.
Esto es todo lo que tienes que llevar. Ahora date prisa antes de que cierren, mi hermano te llevará.
—¿Qué? ¿Como? ¿Qué acabas de decir?
—James irá contigo.
—Puedo arreglármelas.
—Mía, ni en tus sueños podrías conducir esa camioneta. Algo que tu padre dejo muy claro, eras torpe para conducir. Palabras de él, no mías. Así que no hay peros, mi querido hermano te ayudara.
Pato y ella eran tan similares. Algo que tenía claro de ese par, que ellos siempre tenían la última palabra.
—Está bien. ¿Sabes que eres muy mandona? —río.
Al salir del local, James estaba esperando a que yo dijera algo.
—Tomaremos un taxi —asintió con un movimiento de cabeza.
El trayecto transcurrió en un incómodo silencio. En realidad, no era como si tuviéramos un tema del cual conversar. Aun así, me esforcé por sacar uno.
—¿Trabajas, James? —mi voz delataba lo nerviosa que estaba.
—Sí, Mía —respondió algo cortante, o al menos esa impresión me dio.
Dudé en hacer otra pregunta. Jugué con mis dedos, cuestionándome si debía hacerlo.
—Eres muy serio.
Sacarle una palabra resultaba complicado, así que decidí guardar silencio.
Llegamos al lugar y de inmediato comenzaron los papeleos.
Después de una hora, por fin me entregaron la camioneta. Mi desesperación mezclada con hambre, no estaban cooperando.
A punto de subir, me detuve ante la ola de recuerdos: cómo lucía mi padre cada vez que se iba a trabajar.
Respiré profundo y subí.
No llores, me ordené.
—¿Te importa si pasamos por algo de comer? —le pregunté a James.
—¿Qué tienes en mente?
—No lo sé, sorpréndeme.
Una vez más, su hermosa sonrisa apareció y maldije por no tener una cámara conmigo.
A los pocos minutos estacionó frente a un local pequeño.
—¿Quieres comer aquí, Mía? —preguntó. Sin dudarlo, acepté.
Una mesera nos atendió y ordenamos. Mientras llegaba la comida, James me sorprendió rompiendo el silencio.
—Trabajo por las noches en un bar.
—Oh... ¿te gusta tu trabajo?
Aprovecharía cada oportunidad para sacar palabras.
—Sirven buena comida aquí —evadió mi pregunta. No le di importancia.
—Eso espero, porque muero de hambre.
—Te lo aseguro —afirmó.
Jamás lo había visto sonreír tanto. Amaba que fuera conmigo.
—Esto está delicioso.
—Te lo dije. Y conozco otro lugar que es aún mejor.
—¿Me estás invitando? —no supe cómo tuve el valor de preguntar.
—¿Por qué no lo haría?
—No lo sé... pensé que no me soportabas.
—Te aseguro que no, Mía.
Después de una leve pelea por ver quién pagaba, terminó pagando él. Al llegar a la florería, antes de bajar, decidí agradecerle.
—No agradezcas.
—La pasé bien —dije, algo nerviosa.
—Yo también. Deberíamos hacerlo más seguido.