Lo aprendí de ti

Capítulo 8

James...

Gracias a la pelea, podría sacar toda la maldita furia que recorría mi cuerpo. Mi humor era una mierda, que estaba dispuesto a tener más de una pelea, quizás partirles la cara a unos cuantos ayudaría con este maldito humor.

Todo gracias a una pequeña rubia que no lograba salir de mi cabeza.

¡Maldición!

¿Por qué demonios se tenía que ir con él?

Ese idiota que supuestamente era su amigo no hacía más que demostrar lo contrario. Era un fastidio que se acercara tanto a ella.

¡A la mierda con ellos!

Coloqué ambas manos sobre mi cabeza, como si eso fuese a borrar mis pensamientos. Esos hermosos ojos; dulces como la miel, ese cabello dorado que caía sobre sus hombros, su pequeña y perfecta nariz, sus hermosas mejillas que se teñían de rojo con facilidad.

¡Ah!

Estrellé el vaso en la pared, Ian de inmediato saltó.

¡A la mierda, Mía!

—¿Qué diablos pasa contigo? —cuestionó Ian.

—Vete a la mierda, Ian —me paré frente al costal y comencé a golpearlo.

—No estás de humor, ¿eh? —le dediqué una mirada asesina.

Esperaba que con eso dejara de molestar.

Contuve mis ganas de golpearlo. Me resultaba difícil comprender cómo demonios soportaba mis malditos estados de humor y aún más que fuera tan tonto para no correr.

—Podrías dejar ese costal, ya casi sales a pelear —lo ignoré—. Bien, entonces podrías decirme ¿qué diablos te tiene de tan mal humor? —intensifiqué mis golpes.

—Nada —respondí cortante. No le diría la razón.

—Puedes engañar a todo el mundo, excepto a mí. Sabes que yo te conozco perfectamente, así que dime ¿tiene algo que ver una chica rubia? —detuve mis golpes, lo miré sin decir nada. Para qué decir algo que él ya sabía—. Vamos, Brou, sabes que puedes confiar en mí.

Dudé un poco en decirle, al final de cuentas terminé por contarle. Ian era como un hermano y podía confiar en él.

—No puedo sacarla de mi cabeza —solté. —Sé lo que sientes —continué mi actividad, simulando ignorarlo—. Solo puedo decirte que, si ella te interesa, deja de actuar como un idiota y díselo.

Dejé el costal y sin más solté algo que probablemente me arrepentiría de decir y más conociendo a mi amigo.

—No es tan fácil. Su amigo —Ian negó moviendo la cabeza.

—Mía babea por ti. Creo que eres el único que no se da cuenta, la forma en que te ve. Es como si estuviera viendo la cosa más maravillosa —arrugó la nariz. Pasé por alto ese gesto.

Era la primera vez que una chica me hacía sentir inseguro, mucho tenía que ver su disque amistad con el niño bonito.

Golpes fuertes en la puerta nos avisaban que la pelea estaba por comenzar. Por el momento era mejor enfocarme en mi pelea.

—Hora del espectáculo. Será mejor que vaya a mi lugar —antes de salir giró a verme—. Recuerda, enfócate en la pelea.

¡James! ¡James! ¡James!

¡Acábalo! ¡Eres el campeón!

Los gritos, en su mayoría de chicas, se escuchaban en todo el lugar. Jerry comenzó a decir su repetido discurso de presentación. Mi cuerpo estaba arriba del improvisado ring, pero mi mente andaba por otro rumbo, para ser exacto, en una linda rubia.

¿Por qué rayos no podía dejar de pensarla?

Un fuerte golpe me hizo tambalear, al mismo tiempo que me regresó a la realidad. Mi ceja ardía, sentí cómo la sangre comenzó a escurrir por mi párpado.

El bastardo me dio fuerte.

Los asistentes no dejaban de gritar, algunos apoyaban a mi oponente y otros me aclamaban a mí.

¡Mierda!

Ese golpe en el estómago hizo doblarme de dolor; jamás había permitido que me pegaran así de fuerte. Era hora de concentrarse o terminaría mal.

Así que aquí vamos...

El hombre tenía la suficiente masa muscular como para estar a la par conmigo, por desgracia no era tan rápido a la hora de golpear. El espectáculo solo duró tres rounds.

Caminé con un leve dolor en mi estómago, ignoré los gritos que parecían no tener fin.

—¡Santísima mierda, James! Pensé que te ganarían, te ha dado unos buenos —entró expresándose Ian.

—No estoy de humor —dije mientras lavaba mi cara.

Ganar la pelea no bastaba; los golpes extras no eran algo de mi agrado. Limpié mi ceja y coloqué un ungüento que Ian me dio.

—Quita esa cara. Vamos a beber algo.

—Deja de molestar. No estoy de humor, ¿acaso hablo en otro idioma?

—Hola, bombón —justo lo que no necesitaba—. En esa pelea estuviste ardiente —en otras circunstancias sería estupendo pasar un buen rato con Kim. No en este momento.

Continué vistiéndome, observando cómo ella entraba al lugar como pavo real, con su diminuto vestido rojo que no dejaba nada a la imaginación.

¿Acaso no tenía ropa que la cubriera un poco?

—¿A dónde se supone que vas? —la dejé hablando sola y salí del lugar.

Caminé de prisa en busca de mi moto, subí en ella y conduje sin rumbo.

Sentir el aire golpear mi cara fue liberador; necesitaba despejarme.

Di unas vueltas por las calles, me detuve cerca de un parque; en realidad no tenía idea de dónde ir, lo único que sabía era que por alguna extraña razón me encontraba molesto. Sí, molesto por no dejar de pensar en ella; no entendía la razón, pero mis pensamientos estaban en Mía. Quizás Ian tenía razón y debía decirle lo que sentía. Sin embargo, el temor de ser rechazado me paralizaba.

¡A la mierda!

Encendí la moto y conduje con rumbo a casa de la rubia.

Al llegar, las luces estaban apagadas, lo cual me hizo dudar si era buena idea estar ahí.

¿Qué demonios sucedía que me sentía como un maldito mocoso enamorado?

Golpeé la puerta con fuerza; el arrepentimiento fue inmediato. Los minutos pasaban y eran como una eternidad. Llegué a pensar que no abriría. El seguro de la puerta hizo clic, la puerta se abrió y ella lucía malditamente sexy, cubierta por una toalla.

¿Por qué diablos abría así la puerta?

No le di tiempo de reaccionar; ataqué su boca. Desde el día que la conocí tenía ganas de hacerlo y, ¡oh jodida vida!, era como estar en la gloria.




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