Lo aprendí de ti

Capítulo 9

Mía...

Santísimos dioses del Olimpo.

Jamás había estado tan desorientada en mi vida; no sabía si todo era real u otro de mis sueños. Esperaba que en cualquier momento sonara el timbre del celular para despertarme, pero al parecer todo era real.

Abría y cerraba la boca sin saber qué decir.

Él no ayudaba mucho mirándome como lo hacía; su preciosa sonrisa, al ver cómo aferraba mis manos al respaldo de la silla, en vez de molestarme, me encantaba.

Y sí, ahí estaba el celular, rompiendo el momento con su horrible sonido.

Metió la mano dentro del bolsillo de su pantalón, sacó el aparato e hizo una mueca al ver la pantalla.

Atendió la llamada, pero al ver su semblante deduje que no fue de su agrado. No pude escuchar muy bien lo que decía, ni quería hacerlo. Mi concentración estaba enfocada en su boca.

Pasé mis dedos por mis labios, recordando cómo se sentían los suyos en los míos, el calor que emanaban nuestros cuerpos, su mano sobre mi cuello.

Todo era como un sueño.

—Sí. Voy para allá —sus palabras me despertaron de mi pequeño recuerdo.

Observé cómo guardaba su celular; su sonrisa se había borrado. Nuevamente estaba delante de mí el James que solía ser.

—Lo siento. Tengo que irme —no pudo elegir peor momento para hacerlo, justo cuando tenía mil preguntas por hacer.

—¿Es broma?

—De verdad lo siento —quiso acercarse; retrocedí.

No permitiría que llegara a mi casa para tener un ataque de besos conmigo y después marcharse sin decir nada.

Por mi mente solo rondaba la palabra "ganas"; había venido a besarme solo porque tenía ganas de hacerlo. Pero después pensé en lo que había dicho, eso de que no podía sacarme de su cabeza.

¿Y si era verdad?

Permanecí en el mismo lugar, evitando a toda costa mirarlo.

El clic de la puerta me confirmó que se había ido.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que mi cerebro despertó del trance; en cuanto lo hizo, fui directo al enorme sillón de la sala y me recosté.

Sería una larga noche...

Los rayos del sol, colándose por la ventana de la sala, hicieron que despertara; sin darme cuenta, me había quedado dormida.

Las imágenes de la noche comenzaron a reproducirse. Me levanté del mueble para ir al baño; la boba sonrisa en mis labios no se borraba.

Cepillé mi cabello y lo sujeté en una coleta, lavé mi cara y cepillé mis dientes. Quedé de pie frente al espejo del baño, sonriendo por aquellos besos; aún no lo creía.

—Maldición —mi nariz comenzó a sangrar. De inmediato me limpié, tomé mucho papel y levanté la mirada, esperando que se detuviera el sangrado.

Al parecer, mi cuerpo comenzaba a dar las primeras alarmas. A pesar de los medicamentos.

Quizás ignorar no era lo mejor, pero decidí hacerlo envié un mensaje a Mel, quien ya había llenado mi bandeja de entrada. Solo escribí que tenía unos asuntos pendientes.

Luego busqué el número de mi amigo para llamarlo.

—Cariño, ¿ocurre algo?

—No, todo está bien. Solo quería ver si estabas ocupado.

—Tengo una pila de hojas de la que quiero escapar. Sé mi salvadora. ¿Te escucho?

—Me gustaría decírtelo en persona.

—Te noto algo seria, ¿segura de que todo está bien?

—Es sobre lo que hablamos de vender la casa. Necesito ayuda con eso; el señor Richard me envió algunas ofertas —se quedó en silencio por unos segundos.

—¿Estás segura de querer hacerlo? —tuve tiempo para pensar, así que sí. Estaba segura.

—Sí. El lugar es muy grande para mí —observé a mi alrededor; mi vista cayó en los papeles llenos de sangre.

—No sé qué decirte —no quería llorar, no quería que mi amigo se preocupara —puedo verte dentro de dos horas.

—Te veo en casa.

—Mía.

—¿Sí?

—No estás sola. Recuerda que siempre puedes contar conmigo.

—Te quiero —finalicé la llamada antes de llorar.
Desearía que nada estuviera mal conmigo, que mis únicos pensamientos fueran los de James besándome, pero no podía vivir en mi burbuja; no podía continuar evitando la realidad.

Apenas había tenido apetito, así que solo comí un poco de fruta. La televisión estaba encendida; me quedé enrollada en mi manta, viendo dibujos animados.

—Estoy aquí —dijo mi amigo en cuanto llegó. No me moví de mi lugar; él se sentó en el extremo del sillón, colocando mis pies sobre sus piernas.

—¿Cómo te fue? —acarició mis pies.

—Un poco agotador. No quiero hablar del trabajo. Mejor dime, ¿qué ocurre?

Me levanté del sillón, quedando sentada junto a él.

—Tengo dos cosas que decir, una ya la sabes —en realidad, había tres cosas que debía decir, pero una la guardé solo para mí.

—Entonces dime lo que no sé.

—Solo no te alteres.

—Prometo no hacerlo.

—James me besó.

—¿Qué? —casi salta del sillón.

—James me besó —repetí.

—Escuché perfecto, pero ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?

Comencé a relatar todo lo ocurrido con James; no omití ni un solo detalle, hasta su abrupta huida.

—Me estás jodiendo, ¿verdad? —soltó con una cara de asombro.

—No —negué.

—Sabía de su interés por ti, pero aquí hay dos grandes preguntas: ¿por qué llegó golpeado? Y la más importante, ¿por qué se fue? —cubrí mi rostro con ambas manos y comencé a negar.

—No tengo ni la más mínima idea.

Tuvimos que cambiar de tema y pasar a la venta de la casa. Me sentí mal por no decir la verdadera razón para venderla.

Discutimos cuando intentó convencerme de que me fuera a vivir con él; también sugirió que rentara un departamento en su edificio. Por supuesto, me negué.

—¿Te quedarás con la florería?

—Aún no lo decido; lo que sí es que le pedí a Mel que se hiciera cargo.

Nuestra conversación continuó por un rato, hasta que tuvo que marcharse. Me quedé en casa nuevamente sola, planteándome la idea de salir a dar un paseo, pero ya era muy tarde para hacerlo. Así que terminé acostada en la cama, viendo videos.




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