Lo aprendí de ti

Capítulo 10

Mía...

—No puedo irme contigo; Pato se va a preocupar.

—No tengo problema en cargarte —no me moví, tentada a comprobar si cumplía su palabra.

—Sería mejor que regreses con tu novia y a mí me dejes en paz. ¿Acaso se burlaba de mí?

—Número uno, yo no tengo novia, y dos, deseo hacer todo lo que me pidas, menos dejarte en paz.

—Eres un...

—Camina —ordenó—. Le enviaré un mensaje a mi hermana para hacerle saber que estás bien.

Lo seguí hasta su moto; el vestido me hacía dudar en subir.

La mirada de James bajó hacia mis piernas, y el fuego en sus ojos me dio valor. Subí a la moto, intentando no mostrar de más.

Me sujeté a él con fuerza.

Al llegar a casa, bajé de prisa de la moto y caminé hacia la puerta, ignorando a James. Mis planes eran cerrarla y hacer como si nada hubiese pasado.

—¿Qué quieres, James? —detuvo la puerta y entró a la casa.

—A ti. Te quiero a ti —su respuesta fue bastante sorpresiva.

—Me confundes. Vienes a mi casa para besarme, después te vas y no sé de ti en días; luego quieres regresar como si nada —caminé hacia la sala y me dejé caer en el sillón.

—Lo que hice estuvo mal —cerró la puerta y se acercó para sentarse junto a mí—. No planeaba alejarme de ti —pasó sus manos por su cabello, dejando caer algunos mechones sobre su frente—. Es complicado.

—Tengo tiempo para escuchar.

—Lo que dije esa noche es verdad.

No puedo dejar de pensar en ti. No sé exactamente lo que siento, pero de algo estoy seguro: me pone furioso verte con alguien más.

Eres la primera mujer que me hace sentir así, y estoy seguro de que tú sientes lo mismo: tu corazón se acelera cada vez que estamos cerca, y te olvidas por completo del resto del mundo si estás a mi lado.

Me encanta la manera en que tus mejillas se tiñen de rojo con solo verte —lo interrumpí.

Esta vez fui yo la que se acercó a besarlo.

—¿Volverás a desaparecer? —me abrazó.

—No —su respuesta fue inmediata.

—¿Estás seguro de esto? —pregunté, dudosa.

—Jamás estuve más seguro.

Era tan irreal sentir la suavidad de sus labios, nuestros alientos mezclados, ignorando el tiempo; tomándonos cada instante para disfrutarlo.

El temor de soñar y ser despertada desapareció ante la placentera sensación de estar entre sus brazos.

Permanecimos así hasta que tuvo que irse, esta vez prometiendo regresar.

La mañana pintaba bien: el sol que se colaba por la ventana era hermoso, y la brisa del aire refrescante. Sin duda, un estupendo día.

Bajé los escalones, tomándome mi tiempo para disfrutarlo.

Sí, estaba tan feliz que incluso disfruté bajar la escalera.

—¡Y bien! ¿Qué tienes que contarme? —casi me infarto al ver a mi amigo recargado en la puerta de la cocina.

—Maldición, casi muero del susto —coloqué mi mano sobre el pecho.

—Sí, claro —se burló.

—¿Vas a decirme por qué estás tan feliz?

—Creo que James y yo somos novios —dije emocionada.

—Aguarda, ¿crees? —mi amigo cruzó los brazos, no muy convencido.

Hablé de todo lo que pasó con James. No omití ni un solo detalle. Conforme las palabras fluían, Pato no lucía nada convencido; sin embargo, terminó por aceptar mi felicidad.

—Si te hace sufrir, le partiré la cara —esa fue la confirmación de que aceptaría a James.

Desayunamos y comimos juntos.

Me angustiaba no saber de James; tuve que disimular para que mi amigo no se percatara. Se marchó después de unas horas.

De inmediato subí a mi habitación para ducharme. Pensé que James no me había llamado porque tendría algo que hacer; intenté no pensar en que nuevamente tendrían que pasar días para verlo.

Enrollada en la toalla, bajé por un vaso de agua. Golpes en la puerta me desviaron de mi destino. Antes de abrir, pregunté:

—¿Quién es? —no obtuve respuesta.

Mi curiosidad fue mayor y abrí.

—James —dije, sorprendida de verlo.

Su pómulo estaba lleno de sangre, al igual que su labio; se tocaba el costado del abdomen como si le doliera. Parecía ebrio.

—Cariño, tienes que recibirme de otra manera si no quieres que me duela mi entrepierna —sí, definitivamente estaba ebrio.

—¿Qué pasó? —A pesar de que no me gustaba para nada su estado, lo ayudé a entrar.

—Quédate aquí —lo ayudé a llegar al mueble—. Ahora regreso.

—Espera —tomó mi mano—. Puedes quedarte así. Luces... malditamente sexi —mis mejillas ardían. Me puse nerviosa, pero sin pensarlo me liberé y subí a cambiarme.

Bajé en pijama y con el botiquín en las manos.

—¿Vas a decirme qué pasó? ¿O será una costumbre llegar así? —me acerqué a él.

—Solo fue un pequeño accidente —me coloqué entre sus piernas, levanté su cara con una mano y con la otra comencé a limpiar la sangre—. Eres hermosa.

—James, tengo que curar tus heridas —negó.

—Lo único que necesito es esto —me besó.

Esta vez, su manera de besarme era diferente.

Sus manos me rodearon y me acercaron a él; sentí cómo nuestros cuerpos se fundían en un abrazo que aceleraba mi corazón.

Deseo.

Lo deseaba con todas mis fuerzas.

Nos miramos a los ojos, y por un instante, el mundo desapareció a nuestro alrededor. Mi mente me advertía que debía controlarme, pero en ese momento solo existíamos él y yo.

—James —susurré, aferrándome a él—. James. Se quejó cuando rompí nuestro contacto.

Apoyé mi frente contra la suya, luchando por regular la respiración. Permanecimos en silencio unos instantes.

—Lo siento —solté sin pensar—. James, yo... —me quedé callada, apoyando un pequeño beso en sus labios.

—Soy yo quien lamenta haberse excedido —su mirada no perdió el contacto con la mía.

—Siento no ser como esperabas —desvié la mirada.

—Mía —colocó sus manos sobre mis mejillas, obligándome a mirarlo—. Te aseguro que eres más de lo que esperaba. Soy yo quien no merece estar contigo. Eres perfecta —me sonrojé.




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