Lo aprendí de ti

Capítulo 11

James...

Estaba cansado, pero finalmente solucioné los asuntos que me ordenó el jefe. No tuve que preocuparme por pelear, así que conduje directo a casa de Mía.

En todo el día no podía sacarla de mi cabeza; pensaba en ella y en lo bien que la pasamos. Su confesión rondaba en mis pensamientos, y me sentí un jodido afortunado de tenerla.

—James —de inmediato se lanzó a mis brazos.

Respiré su exquisito aroma; el olor a manzanas de su cabello me volvía loco. Disfrutaba tenerla así, entre mis brazos.

—¿Estabas llorando? —pregunté, ya que sus ojos lucían húmedos. Al ver detrás de ella, no me agradó encontrar a su amigo sentado en la sala.

Había algo que no soportaba: ver al estúpido niño bonito cerca de mi chica.

Estaban viendo una película, a la cual no presté atención; solo deseaba que terminara para poder quedarme a solas con Mía. En cuanto la pantalla se puso en negro, me alivió.

El idiota se había ido, pero nuestra conversación no fue nada agradable, ya que a Mía le molestaba que yo dijera lo que pensaba de su "disque" amigo.

—Creí que nunca nos dejaría solos —solté.

—¿Tienes algo en contra de Pato? —ella me miró con seriedad.

—No me gusta que esté contigo, y menos a solas —respondí de la misma forma.

—¿Disculpa? —dijo sorprendida.

—Él no te mira solo como amiga; quiere algo más contigo —afirmé, subiendo el tono de voz.

—Pato no está interesado en mí de esa forma. Somos como hermanos, y aparte tiene pareja, por si no lo sabes —estaba molesta, pero yo lo estaba más.

—Eres tonta si no te das cuenta de cómo te ve y te trata.

—Si vas a seguir actuando como un idiota, mejor vete —le tomé la palabra y salí de ahí, azotando la puerta.

No tenía planeada ninguna pelea, pero aun así aceleré la moto hacia el bar. Necesitaba sacar toda esta maldita adrenalina; solo había una forma de hacerlo.

Al llegar, tomé una botella de alcohol y fui directo al pequeño cuarto donde solía prepararme antes de salir a pelear. Al entrar, dejé las llaves y mi celular sobre la mesa. A quien menos esperaba ver llegó para arruinar mis planes. Apareció pavoneándose como solía hacerlo.

Su diminuto vestido plateado mostraba sus enormes curvas y dejaba al descubierto sus largas piernas.

—¿Qué haces aquí? —dije molesto.

Destapé la botella y bebí de ella.

—Vine a relajarte.

—No estoy de humor —dejé la botella a un lado y fui al baño.

Esperaba que al salir Kim ya se hubiese ido. Para mi suerte, aún seguía en el mismo lugar, pero esta vez tenía en las manos mi celular.

—¿Qué mierda haces? —Comenzó a sonar y respondí, pero colgaron —dijo nerviosa.

—Ya te dije que no te metas en mis putos asuntos; eso incluye tomar mi maldito celular sin mi permiso —lo arrebaté de sus manos.

—¡Relájate! Solo respondí una llamada, no veo lo malo.

Se acercó para besarme; la alejé. En mi mente solo estaba una chica rubia.

—No te quiero cerca, Kim.

Agarré mis cosas y salí de ahí sin decir nada más.

Al llegar a casa, imaginé que Melisa ya estaría dormida, así que fui directo a mi habitación.

En la mañana, mi puto humor estaba del demonio. Esperé que mi hermana ya no estuviera, pero para mí mala suerte, no se había ido a trabajar.

—Alguien despertó de malas.

—No molestes.

—¿Hay algo que debería saber con respecto a mi jefa? —Abrí el refrigerador, saqué el bote de jugo y bebí de él.

—No sé de qué hablas.

—Seré más directa. ¿Cómo vas con Mía?

Tenía dos opciones: hacerme el desentendido o responder a su pregunta para que dejara de fastidiarme.

—Estoy saliendo con ella. También tuvimos una discusión por culpa del idiota de su amigo, que no la deja en paz —Mel comenzó a reír.

—No lo puedo creer. Mi hermano está celoso.

—Vete a la mierda. Jamás estaría celoso de ese niño estúpido.

—Sí, claro. Lo que digas.

—¿No tienes que irte?

—Antes de hacerlo, tengo que darte algunos consejos.

—Ajá. Ahora eres experta en relaciones.

—Uno: la cagaste —bebió de su jugo—. Dos: entre Pato y Mía no hay nada; ambos se ven como hermanos. Te lo puedo garantizar —la observé con atención. Tal vez tenía un poco de razón, pero me molestaba que cualquier imbécil se acercara a Mía.

—Me voy.
—Aguarda. Llévame al trabajo.

—No soy tu chofer.

—Mía está en la florería —acepté sin pensar.

Debí imaginar que mi querida hermanita mentía. Me quedé arriba de la moto esperando a que saliera de la florería; según ella, tenía que darme algo para Mía.

—¿Flores? —dije al ver que salía del local con un pequeño ramo.

—Espero que esta vez hagas lo correcto —tomé el arreglo y lo acomodé debajo de mi playera. Sería difícil quitar el olor a flores, pero no importaba.

Me despedí de Mel y comencé a conducir hacia la casa de mi chica.

—Hola —dije cuando se abrió la puerta.

Mía lucía cansada, como si no hubiera dormido bien o estuviera enferma.

—¿Puedo pasar? —permaneció en silencio, bloqueando la entrada.

—Sí —me permitió el acceso.

—Te traje esto —sonrió sin ánimos.

—Son muy lindas, gracias. Las pondré en agua.

Me invitó a sentarme en la sala, pero decidí acompañarla a la cocina. En todo momento me dio la espalda. Observé cada uno de sus movimientos, la manera delicada en que acomodaba las flores en un jarrón y les ponía agua.

—¿Quieres algo de tomar? —ofreció.

—Agua está bien.

—Mía —no me miró —Quiero disculparme por cómo me fui —comencé a hablar mientras ella tomaba un vaso para servirse un poco de agua.

—No te preocupes, James —continuó evitando mirarme—. Lo pensé bien y, en realidad, no creo que lo que esté pasando entre tú y yo funcione. Creo que lo mejor será que no nos veamos más, antes que yo...

—¿Tú qué, Mía? —sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas; empezó a negar—. ¡Mierda! Corrí por unas servilletas al percatarme de que su nariz sangraba.




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