Mía...
Calor.
Sentí mucho calor.
Algo me impedía moverme. Me sorprendí al ver a James: tenía su brazo rodeando mi cintura, aferrándose con fuerza a mi cuerpo. Nuestras piernas estaban entrelazadas, lo que complicaría levantarme sin despertarlo.
Al intentar moverme, se quejó, así que dejé de luchar por salir de la cama y me entretuve observando la tinta en su cuello, tratando de encontrar algún significado en los dibujos que marcaban su piel.
—Deja de mirarme de esa forma —dijo con los ojos cerrados, y como si fuera posible, juntó aún más su cuerpo al mío—. ¿Cómo te sientes?
—Mejor. Creo que deberíamos salir de la cama.
—Y yo creo que deberíamos permanecer en ella —abrió los ojos.
Lo penetrante de su mirada envió pequeñas descargas por mi espina dorsal. Un nudo se formó en mi garganta, complicándome hablar. Esos hermosos ojos verdes me derretían con solo mirarme así.
Estaba completamente segura de que ya no lo vería más... ¿Cómo había pasado de eso a estar en la cama con él?
—Tengo que ir al baño —no podía aguantarme más, por mucho que quisiera permanecer abrazada a él.
—¿Estás segura de que puedes ir sola?
—Cien por ciento.
No tardé mucho en salir, vestida con unos jeans y una playera gris con Minions dibujados en el pecho. Mi cabello estaba recogido en un chongo mal hecho y, como no solía usar maquillaje, eso me facilitó estar lista rápidamente.
—Creo que deberías ir al médico —sus palabras me sorprendieron. Dejé de lado el pedazo de pollo y actué lo más tranquila que pude.
—No es necesario —serví un poco de agua y bebí.
—No creo que sea normal que tu nariz sangre y ese dolor del que te quejabas. No me gusta para nada.
—Ahora eres doctor.
—Lo soy cuando se trata de mi chica —oh sí, él tenía el poder de hacerme sonrojar.
—Ahora que lo mencionas —desvié el tema—, lo que dije antes... creo que...
—No estoy de acuerdo con eso. No pienso darme por vencido —extendió su mano sobre la mesa para tomar la mía.
—Llámame boba, pero para ser tu chica, primero tendrías que pedírmelo —lo dije en voz alta sin pensarlo.
No estaba segura de qué hacer. Cuando se trataba de James, no lograba pensar con claridad. En algún punto de nuestra relación... o lo que sea que tuviésemos, tendría que decirle la verdad sobre mi salud, y temía su reacción.
Se levantó de la silla, se acercó a mí y se arrodilló a mi lado.
—Suelo dar las cosas por hecho. Como te dije, nunca he estado en una relación real —acarició mi mejilla.
Cerré los ojos al sentir su tacto.
—¿Qué hay con la mujer del antro? —pregunté, un poco insegura.
—Negó con la cabeza, seguro.
—Eso fue estúpido de mi parte. La mayoría de las mujeres con las que he salido no duran más de una semana, y no quiero que jamás te compares con ninguna de ellas. No son nada a tu lado. Créeme, lo que siento por ti es diferente a cualquier cosa que haya sentido antes.
—James, no tienes que decirlo.
—Lo haré, no solo porque es lo que deseas, sino porque estoy seguro de lo que siento por ti. Eres la primera mujer que no logro sacar de mi cabeza, ni siquiera teniéndote aquí conmigo. Me encanta ese tono rojo que toman tus mejillas cuando estoy cerca, estos —pasó su pulgar por mis labios— labios que quiero reclamar cada vez que te veo, tu hermosa voz, que es como una melodía pegajosa para mis oídos.
Besé sus labios, sellando todo aquello que decía. Rodeé su cuello con mis manos y acaricié su cabello.
—Eso significa que eres mi novia, mi chica, mi mujer, mi maldito universo... todo —continuó besándome, sujetándome con fuerza.
Mi día no podía ser más perfecto: James a mi lado, sentado junto a mí mientras veíamos la televisión, nuestras manos entrelazadas.
—¿Cuál es tu color favorito? —pregunté sin dejar de ver la pantalla.
—Azul.
—Pensé que dirías negro —sonrió.
—¿Qué edad tienes?
—Veintitrés —lo miré.
—¿Tú? —cuestionó.
—Diecinueve —colocó su mano sobre mi mejilla, me acerqué a él y dejó un corto pico en mis labios.
—¿Qué sueles hacer en el día?
—Entrenar... trabajar... dormir...
—¿Puedo saber en qué trabajas?
—Es hora del interrogatorio —besó el dorso de mi mano sin soltarla.
—Solo quiero conocer más a mi novio.
—Tu novio, ¿eh? —soltó mi mano para sostener mi cintura y acomodarme a horcajadas sobre él.
Jugué con su cabello, mirándolo directo a sus hipnotizantes ojos.
—Trabajo por la noche —besé su mejilla—. En un bar.
—Eso ya lo habías dicho antes —la palma de su mano subía y bajaba por mi espalda.
—Ah, ¿sí?
—¿Por qué has llegado golpeado? —se tensó al escuchar mi pregunta.
Continué besando su mejilla.
—En ocasiones... en el bar, tengo que sacar a borrachos que se ponen agresivos.
—Es peligroso. Podrían lastimarte.
—Jamás podrían hacerlo.
Por unos momentos nos quedamos callados, mirándonos directo a los ojos. Por más que quisiera, no había forma de alejarme de él. Si así se sentía estar enamorada, lo estaba por completo de James.
—Mía.
—James.
—¿Quieres ser mi novia? —me sorprendí. Había dado por hecho que James no era el tipo de chico que preguntaba algo así.
—Pensé que ya lo era.
—Quiero que quede claro.
—Sí —dije sonriendo.
Nos besamos, dejando que la pasión tomara el control de la situación.
—Mía —enterró sus manos en mi cabello—. Mía... —gemí en su boca—. Cariño, debo detenerme o...
—No lo hagas.
—Mía... —lo deseaba.
—Por favor —supliqué.
—Mereces algo mejor que esto.
—Quiero estar contigo.
—No tienes idea de todo lo que quiero hacer contigo. Pero no, así no. Te mereces lo mejor.
—Te quiero, James. Sostuvo mi rostro, mirándome con intensidad.
—Repítelo.
—Te quiero. Estoy perdida y absolutamente segura de querer estar contigo.