Mía...
Jaja una vez más.
¿Que el tiempo lo cura todo?
¡Eso es un gran fiasco!
¿A quién demonios se le ocurrió?
Días sin ver a James y dolía como el primer día.
¿Cómo fue que me enamoré perdidamente de él?
Me resultaba tonto que mi corazón se acelera con el simple hecho de escuchar su nombre.
Después de ir a visitar a mi padre, Melisa me llevó a consulta con un prestigioso doctor del cual había investigado para que llevara mi caso. Si a pesar de haber roto el corazón de su hermano, a ella le preocupaba mi salud. Estuvimos unas horas en medio de varios estudios y análisis, hasta que por fin salimos del hospital.
Una vez que terminaron los asuntos relacionados con mi salud, tuvo que dejarme sola en casa ya que le habían surgido algunos inconvenientes con unos proveedores, por lo que tuve unas horas a solas para ordenar algunas cosas.
Tenía cita con el señor Richard, para firmar algunos documentos. Oficialmente la casa no me pertenecía, todo me resultaba bastante pronto, aún no encontraba un lugar donde vivir, por lo que tendría que invadir el departamento de Pato.
Mi amigo que a pesar de que la empresa lo estaba consumiendo en cuanto a tiempo, se daba el tiempo para ver que todo marchara bien conmigo.
Abrí la puerta en cuanto escuché el motor del auto. El señor Richard no demoró en hacer acto de presencia, pero no venía solo. Del vehículo bajó un hombre bastante atractivo. Vestía un impecable traje azul, caminando con mucha seguridad se acercó.
Di unos pasos afuera de la propiedad. Al verme sonrió, su sonrisa perfecta formaba pequeños hoyuelos en sus mejillas. No imagine que fuera tan joven.
—Señorita Mía Wesley —su varonil tono de voz me sorprendió.
—Llámeme Mía —el hombre asintió.
—Tutéame. No soy tan mayor —sonreí nerviosa —¿Puedo? —señaló la entrada.
—Claro. Estás en tu casa —legalmente lo era.
Recorrió el lugar examinando cada detalle, no creí que se interesaría tanto.
—La propiedad es bastante acogedora. Haría algunas modificaciones, pero creo que es perfecta para mis padres —caminamos hacia la salida.
—¿Tus padres?
—Si, es un regalo que quiero hacerles. Me gustaría que tengan un lugar acogedor en donde puedan pasar su vejez y dado que ahora me encuentro con las posibilidades, quiero ser yo quien se los de —su confesión me hizo sonreír.
—Es muy lindo de tu parte —sonreí.
No demoraron mucho en la propiedad.
En cuanto ambos hombres se fueron, comencé a recorrer cada rincón con melancolía, me resultaba difícil de aceptar el cambio tan drástico que estaba dando mi vida.
Contemple a detalle la casa medio vacía, un nudo se formó en mi garganta al recordar aquellos momentos felices a lado de mis padres. Las travesuras que mi padre regañaba y mi madre aplaudía, las veces en que tropecé y papi estaba ahí para ayudarme a levantarme, las imágenes de esas sonrisas. Las lágrimas cuando mamá se fue, lo difícil que fue decirle adiós. Todas aquellas vivencias que me habían enseñado a ser fuerte, a no dejarme caer y sonreír ante cualquier adversidad.
Desde que presencie el último suspiro de mi padre en aquel hospital, no había entrado a su habitación y hacerlo dolía. Caminé hasta su cama y me acosté en ella, aún tenía su olor. Quizás me estaba volviendo loca, pero comencé a reír, reí hasta que mi estomago dolió. Las lágrimas borraron las risas y después vino esa paz, esa tranquilidad que te da fuerza para no dejarte caer.
Fuertes golpes en la puerta me hicieron despertar, en algún momento me canse y termine dormida en la habitación de mis padres. Observe la hora, dos de la mañana, extrañada por saber quién podría ser me levante, baje las escaleras y me acerque a la entrada.
—Mía, por favor —mi corazón cobró vida en cuanto escuche su voz —No puedes dejarme —golpeó la puerta —Te amo —otro golpe —Por favor. Mía, cariño. No me dejes.
Dude en abrir. Por mucho que quisiera alejarlo, me dolía escucharlo decir todo aquello, no podía dejarlo así. Al abrir la puerta James cayó de espaldas dentro de casa.
—Oh por Dios —me sorprendí al ver a James cubierto de sangre, con una botella de alcohol en las manos. De inmediato me dejé caer a su lado, para ver que estuviese bien.
—Eres tan hermosa —como pudo, levantó su mano y tocó mi mejilla.
—Tengo que llevarte a un hospital, estás muy mal.
Su pómulo estaba tan hinchado que no le permitía abrir su ojo, su nariz parecía rota, su labio sangraba y ni hablar del resto de su cuerpo, al intentar levantarlo se quejó.
—No me dejes, por favor.
—James, necesito que me ayudes, no puedo hacerlo sola —me ignoró y tomó la botella para darle un trago.
—Yo no quería amarte —le quite la botella, aventándola lejos —No puedo sacarte de mi cabeza, no puedo, sacarte de aquí —coloco su mano sobre su pecho —Dime como me olvidaste tan rápido, dime para que yo pueda hacerlo —sus palabras me golpearon con fuerza —Eres como una maldita droga, no puedo sacarte de mí sistema, soy un maldito adicto a ti. Dame la cura para que no duela amarte.
Me coloqué a horcajadas sobre su regazo, sostenía su espalda con mis manos para que no terminara en el suelo.
—Lo siento —me dolía verlo tan mal —Siento lastimarte.
—Me encanta como hueles —pegó su nariz a mi cuello aspirando mi olor.
Se lo permití. Deje que me tocara, que sus labios besaran la parte sensible de mi cuello, que sus manos se deslizaran por mi espalda; su toque me daba vida. Era como si mis pulmones se estuvieran llenando de aire todo gracias a él, sus caricias eran el calor que necesitaba mi cuerpo y no quería alejarme.
—James —susurre. Tomo mi cara entre sus manos.
Su forma de mirarme hizo que olvidara todo. Solo él tenía el poder de hacerme olvidar el resto del mundo, sólo él enviaba esas pulsaciones a mí a corazón, no pude resistirme.
El lazo que nos unía era más fuerte que cualquier otra cosa.