Mia...
—Hola, cariño. ¿Cómo has estado? —sonreí al verlo.
Se veía igual que la última vez. Sus cabellos llenos de canas, sus ojos cansados por la edad, esa playera de cuadros que era su favorita.
—Te extrañé mucho —me sonrió. Mis ojos se llenaron de lágrimas por el simple hecho de verlo sonreír. Sus brazos me rodearon y me aferré a él.
—Yo también te extrañé, cariño. Eres muy fuerte —Negué.
—No... yo me sentí perdida sin ti.
—No fue así. Cree en ti. Eres más fuerte de lo que imaginas —acomodo mi cabello. Me permití verlo de cerca, acariciar su rostro con mis manos, memorizar cada parte de él como si temiera que desapareciera.
—No me vuelvas a dejar —supliqué.
—Jamás lo haría. Siempre estaré contigo. Pero no es momento de que te quedes aquí. Lo observé, intentando entender sus palabras.
—No quiero alejarme de ti.
—No tienes que temer. Te prometo que cuidaré de ti.
—Por favor, no me dejes.
—Quiero que me prometas algo —su voz sonó más suave—. Quiero que seas feliz... pero, sobre todo, quiero que vivas. Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
—Lo prometo... solo no me dejes. Sonrió de esa forma que tanto extrañaba.
—No me he ido, cariño. Pero es momento de despertar.
—No, papá... por favor...
—Despierta, Cariño...
Él se desvaneció.
Un sonido agudo invadió mis oídos.
Uno constante.
Repetitivo.
Molesto.
Fruncí el ceño.
Todo se sentía extraño.
Pesado.
La fuerte luz blanca me obligó a entrecerrar los ojos. Mi cuerpo no reaccionaba como quería. Intenté moverme.
Mala idea.
Un dolor punzante recorrió parte de mi cuerpo, obligándome a jadear apenas. ¿Qué...? Mi garganta ardía. Sentía la boca seca. Las palabras se atoraban incluso antes de intentarlo. Parpadeé varias veces, intentando enfocar. Blanco. Todo era blanco. El sonido de pasos. Voces lejanas. El olor fuerte a medicamento.
El golpe de realidad llegó demasiado rápido.
El accidente.
Mi respiración se aceleró.
Papá ya no estaba.
¿James?
Las lágrimas se acumularon en mis ojos antes de siquiera entender por qué dolía tanto pensar en él. Una enfermera apareció rápidamente a mi lado.
—Tranquila, Mia. Todo está bien. Respira despacio —su voz intentó tranquilizarme mientras revisaba algunas cosas conectadas a mí.
Después de ayudarme a beber un poco de agua y explicar parte de mi situación, entendí apenas una fracción de todo. Mi mano dolía. Mi pierna apenas podía moverla. Aunque, según dijo la enfermera, el medicamento ayudaba a disminuir el dolor. No tenía permitido recibir visitas.
Aislamiento, observación, trasplante.
Palabras que sonaban demasiado grandes para procesarlas en ese momento. Solo pude verlo a lo lejos. Pato, mi amigo. A través de un cristal. Intentaba sonreírme. Intentaba hacerse el fuerte. Pero sus ojos rojos lo delataban. Sentí un nudo formarse en mi garganta.
No quería morir. Pero el accidente había empeorado todo. Y sin el trasplante... No sobreviviría.
El miedo llegó sin pedir permiso.
Un miedo frío y silencioso.
De esos que se meten bajo la piel.
No sabía lo fuerte que podía ser... hasta que los recuerdos comenzaron a llenar aquella habitación vacía. Mamá... Papá... Pato... Dani... mis amigos. Y él... James. La discusión, sus peleas, Kim, las mentiras, las contantes desapariciones, la forma en que siempre terminábamos rompiéndonos un poco cada vez que discutíamos.
Mi pecho dolió.
No sabía qué pensar. No sabía qué sentir. Solo sabía una cosa, necesitaba tiempo.
Tiempo para entender.
Tiempo para decidir.
Pero quizás... Tiempo era precisamente lo que no tenía.
El cansancio me ganaba a ratos, despertaba por lapsos de tiempo cortos, quizás se debía al medicamento o simplemente significaba que mi cuerpo estaba demasiado débil. Las únicas personas que entraban eran las enfermeras, para ver qué todo estuviese bien.
Me informaron que entraría a cirugía en las próximas horas.
Daniel sería mi donador.
Traté de procesar aquella información, pero cuando me di cuenta ya estaba siendo preparada para la cirugía.
El recorrido por largo pasillo del hospital se hizo eterno, en algún punto coincidí con Dani. Estaba recostado en su camilla, igual que yo con un gorrito azul que lo hacía lucir gracioso.
—¡Santo cielo! Una sorpresa encontraré por aquí —sonreí por lo ocurrente de sus palabras. Las enfermeras parecían entender la situación y dejaron que cruzarnos palabras por unos minutos más.
—Mírate. Ese gorrito te hace ver muy sexi.
—Ya lo creo. Estoy pensando en robarlo para mostrárselo a mi dulcecito. Ya sabes —guiño su ojo.
—Iuuu. No me imagino.
—No te parece incómodo morir el mismo día —murmuró.
—¡Daniel! —lo reprendí.
—Solo bromeó. Nadie muere hoy. Tengo planes con mi Patito.
Sonreí nerviosa.
—Gracias —dije alcanzado a tocar su mano. Las enfermeras comenzaron a empujar mi camilla.
—No agradezcas aún. Después de esto tendré que sobrevivir a un novio dramático, preocupado por cuidarme.
Antes de perderlo de vista, casi gritando se despidió.
—Nos vemos más tarde. ¿De acuerdo?
—Si.
—Te quiero pequeña.
—Y yo a ti.
Todo se sentía tan irreal. La cuenta regresiva comenzó, me perdí en el número cinco, la anestesia hizo efecto...
La oscuridad se sintió larga, pesada.
Como si mi cuerpo flotara en algún lugar donde el tiempo no existía.
Aquellas voces lejanas.
Abrí los ojos, la luz volvió a molestarme.
Todo estaba borroso. Intenté moverme.
¡Aush! Pésima idea.
Un dolor extraño se instaló en mi abdomen, no era insoportable, pero sí profundo.
Mi garganta rogaba por un vaso de agua.
La respiración me costaba un poco más.
¿Había salido bien?
Una enfermera apareció poco después.