Lo aprendí de ti

Capítulo 25

James...

—Creí que no vendrías —sus palabras llegaron a mi como un fuerte golpe.

Recostada en aquella cama.

La había extrañado tanto en estos últimos días... lo único que necesitaba era verla, pero temía su reacción.

—¿Cómo te sientes? — temeroso de acercarme, permanecí a una distancia prudente.

A pesar de que deseaba con todas mis fuerzas, tocarla.

—Mejor. Supongo.

Nuestras miradas permanecieron conectadas, el silencio inundó cada parte.

No sabía que decir, por donde empezar, qué demonios hacer.

—Mía, yo... lo siento— mi voz sonó temblorosa. Lentamente me fui acercando.

Tome su mano, con delicadeza.

—Perdón— supliqué.

No dijo nada. Permaneció en silencio y eso me hacía sentir inseguro.

—Se que actúe como un idiota... yo de verdad lo siento... tuve miedo de perderte...

—James —me interrumpió.

—Déjame explicarte. Por favor, Mia.

—No creo que tengas que explicarme nada, James... Lo nuestro... no está bien. Nos hemos lastimado demasiado. —su seguridad hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas, no me importaría llorar, no me importaría que ella viera lo afectado que estaba.

—No lo digas, por favor.

—Perdón por no haber sido sincera contigo desde el inicio. Perdón por ocultarte mi enfermedad —hizo una pausa para limpiar sus lágrimas. —Lamentó si te hice daño —comencé a negar —Pero no quiero seguir así, lo mejor para ambos es tomar caminos diferentes —evitó mirarme.

—No puedes pedirme que me aleje.

—James por favor, no insistas. Quiero que seas feliz y quizás no sea conmigo.

—Tu eres mi felicidad —mis palabras la rompieron, su llanto se intensificó.

Me acerqué para abrazarla, intentado no lastimarla.

—Te amo, James... te amo tanto que duele — esas palabras me mataban y a la vez me daban vida —Pero ya no podemos ser nada. No podemos seguir así, lastimándonos. Por favor, vete...

Me aferré a ella, no quería dejarla, no quiera alejarme.

—James, por favor —suplico.

Di un beso en su frente, acomode su cabello y limpie con delicadeza sus lágrimas.

Odiaba verla así, me odiaba por ser el culpable.

—De acuerdo... me iré —limpié sus lágrimas con cuidado—. Pero escúchame bien, Mia... no me voy a rendir contigo. Te voy a dar espacio, el tiempo que necesites. Voy a dejar que te recuperes... eso no significa que no estaré al tanto de ti. Si después de todo esto decides que no quieres volver a verme... voy a respetarlo. Pero también te advierto algo... No pienso quedarme de brazos cruzados. Porque te amo demasiado como para perderte.

Y si algún día me das otra oportunidad... haré lo necesario para ser digno de tu amor.

Cerré la puerta, mi corazón estaba hecho trizas, di unos cuantos pasos por el pasillo. No pude más y me dejé caer, lloré... lloré por los días de angustia, lloré por los errores cometidos... lo necesitaba, desahogarme un poco.

Sentí unos brazos rodearme. Al levantar la mirada, vi a mi hermana que me miraba con tristeza.

—La perdí —mi voz se quebró—. La perdí, Mel... No quiero que me aleje. No ahora... no después de casi perderla.

—Lo se... dale tiempo.

Mi hermana permaneció conmigo hasta que logré tranquilizarme. En ese momento solo quería que el tiempo pasara rápido y que Mía saliera del hospital, que todo estuviera bien.

Estaba por enfrentar la pelea más importante de mi vida.

Y en mis planes no estaba perder.

Dos semanas después...

No estaba siendo sencillo. Conseguir trabajo parecía una maldita misión imposible.

El primero había durado apenas tres días. Según ellos, "no sabía seguir órdenes".

En el segundo estuve un día, todo porque se me ocurrió decirle a un cliente donde podía meterse su café. Eso y discutir con el gerente no fue buena idea.

El tercero, acababa de irse al demonio.

Llegué a casa agotado, aventando las llaves sobre la mesa.

—¿Qué hiciste ahora? —preguntó Melisa desde la cocina apenas me vio entrar.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué asumes que hice algo? —Ian soltó una carcajada desde el sofá.

—Porque tienes esa cara de "me acaban de despedir".

Guardé silencio.

—¿Acaso no tienes casa?

Mel me reprendió con la mirada.

—James —agrego.

—De acuerdo, técnicamente no fue mi culpa.

Ian dejó el vaso sobre la mesa.

—No me jodas... ¿qué pasó ahora?

—El cliente no quería pagar.

—¿Y? —preguntó Mel.

—Llegué después de la hora.

—¿Llegaste tarde? —Ian arqueó una ceja.

—¡Por cinco malditos minutos! Había tráfico.

Mel cruzó los brazos.

—James...

—No iba a regalar la comida —me defendí—. El tipo empezó a tronarme los dedos como si fuera su sirviente y dijo que no iba a pagarme.

Ian cerró los ojos. Parecía arrepentido de haberme ayudado a conseguir el empleo.

—¿Y qué hiciste? —preguntó con demasiada calma.

Me encogí de hombros.

—Nada grave —Mel soltó una risa sin humor.

—Ya veo... y según tu ¿qué fue lo nada grave que hiciste?

—Solo lo tomé del cuello para que me pagara —Silencio.

Ian me observó fijo, Mel negó lentamente con la cabeza.

—Eres un caso perdido.

—¡No lo golpeé! —me defendí—. Solo... lo convencí —Ian se pasó la mano por el rostro.

—James... yo te recomendé ahí.

—Y agradezco el gesto.

—¡Estrangulaste a un cliente!

—No lo estrangulé —me molesté —Respiraba perfectamente cuando me fui.

Mel soltó una carcajada que intentó disimular. Ian la señaló indignado.

—¡No te rías! Esto no tiene gracia.

—Perdón —dijo entre risas—. Es que...

Me dejé caer en la silla.

—Necesito otro trabajo.

—Necesitas terapia —murmuró Ian.

—O clases para controlar la ira —agregó Mel.

Les lancé una mirada.

—Muy graciosos.

—Ah, por cierto —dijo Mel, como si recién lo recordara—. Pato te estuvo buscando.

Levanté la mirada de inmediato.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.