Lo aprendí de ti

Capítulo 26

Mia...

Llevaba días intentando convencerme de que estaba bien.

Que el tiempo lejos de James era lo correcto.

Que tarde o temprano dejaría de doler.

Era una completa tonta, haciéndome creer que estaba funcionando.

En todo este tiempo el me hacía querer correr a sus brazos con todos esos regalos que llegaban casi diario.

El primero fue un hermoso ramo de rosas blancas, al día siguiente fueron unos hermosos girasoles, después cambio a pequeñas notas con algún detalle lindo. Lo y último que casi me hace tomar el teléfono y llamarlo fue un libro; no cualquier libro.

Era uno que me había resultado difícil de conseguir y recuerdo perfecto haberlo mencionado en el pasado. ¿Como rayos lo había conseguido? Sonreí como tonta...

Los regalos seguían llegando.

Odiaba tanto lo mucho que me emocionaba por cada detalle, pero de alguna forma me hacia mi recuperación más llevadera.

Estaba harta de estar encerrada...

Más tarde Pato apareció en la habitación con su laptop bajo el brazo y una carpeta enorme.

—Trabajo extra —anunció dejándose caer junto a mí.

Lo observé con sospecha.

—¿Desde cuándo trabajas tanto? —se encogió de hombros.

Rodé los ojos.

Mientras hablaba, dejó una carpeta sobre la cama. Mi mirada cayó sobre unas fotografías impresas.

Mi cara debió ser un poema, jamás me hubiese imagino verlo así...

James.

Se veía...

¡Dios!

Se veía ridículamente guapo.

¿Como rayos lucía tan perfecto?

La ropa deportiva marcaba sus brazos, el cabello ligeramente despeinado, esa expresión seria mezclada con esa maldita sonrisa torcida que tanto odiaba extrañar.

Pasé la siguiente fotografía.

Uff... su dorso desnudo, aquel pantalón gris lo hacía lucir ardiente.

Pase a la siguiente foto. Y algo en mi pecho se tensó.

Había una chica, guapísima.

Alta, cabello oscuro, piel perfecta. Sonrisa de revista.

En una de las fotos James sostenía su cintura mientras ella reía frente a cámara.

En otra estaban demasiado cerca.

Demasiado.

Mi estómago se revolvió.

Ridículo. Absolutamente ridículo.

No tenía derecho a sentir eso. Yo había sido quien le pidió que se alejara.

—¿No crees que hacen bonita pareja? —preguntó Pato con una calma sospechosa.

Levanté la vista de golpe.

—¿Qué? —Se encogió de hombros.

—Nada más digo. La chica está guapísima.

—Ya lo creo —dije sin ganas.

—Y parece que se llevaron muy bien.

Dejé la fotografía sobre la cama un poco más fuerte de lo necesario.

—¿Sí?

—Claro —respondió demasiado tranquilo—. Tengo entendido que se divirtieron bastante.

Sentí algo horrible instalarse en el pecho.

Celos. Malditos e injustificados celos.

Pato me observó unos segundos. Después soltó una carcajada.

—Ay, no me digas que estás celosa.

—No, no... para nada —mentí demasiado rápido.

—Mia...

—Pato.

Suspiró dramáticamente.

—Ven acá.

Abrió la laptop.

—¿Qué haces?

—Evitar que te inventes novelas en la cabeza.

Abrió un video detrás de cámaras.

James aparecía frente al fotógrafo.

—Más cerca —decía una voz.

La modelo intentó apoyarse un poco más en él. James dio un paso atrás de inmediato.

—¿Así está bien? —preguntó serio.

—James, podrías cooperar —se escuchó decir a Dani —Necesito que se note química entre ambos.

—Pues imagínatela, porque no pienso abrazarla más —No pude evitar abrir los ojos.

La modelo soltó una carcajada.

—¡Qué grosero! —bromeó ella—. Tengo novio, tranquilo.

—Bien por ti —contestó James —No es que me interesé —apreté los labios, aguantando las ganas de reír.

Pato pausó el video justo cuando James revisaba algo en el celular prestado de Dani.

—¿Sabes qué estaba viendo? —preguntó.

No respondí.

—Tus fotos. Encontramos la manera de que cooperara y tus fotos ayudaron. No pensé que te extrañara tanto.

Odiaba que eso me hiciera querer llorar.

Odiaba extrañarlo.

Los siguientes días fueron un completo caos, necesitaba distraerme con algo o moriría de aburrimiento.

Los regalos de James disminuyeron, según las palabras de Pato se debía a la carga de trabajo.

Resultaba que la campaña había sido un éxito rotundo y habían pedido a James para una pasarela en París. Debido a esto, se estaba preparando.

Se iría en un mes, estaría a un más lejos por algunas semanas y eso me estaba afectando más de lo que me hubiese gustado.

La tarde pasó más rápido de lo esperado.

Entre medicamentos, las insistentes recomendaciones del doctor y el exagerado cuidado de Pato, apenas tuve tiempo de pensar demasiado.

Hasta que escuché la puerta abrirse.

—¿Se puede? —la voz de Mel apareció primero. Sonreí sin poder evitarlo.

—Pensé que ya me habían abandonado —Ian soltó una pequeña risa.

—Créeme, ella casi me arrastra para venir.

—Porque alguien tenía que asegurarse de que sigue viva —contestó Mel dejando una bolsa sobre la mesa—. Además, te traje cosas.

—¿Más comida horrible, permitida por doctores?

—Oye, costó trabajo encontrarla —protestó fingiendo indignación.

No pude evitar reír. Y se sintió bien.

Como si por un rato pudiera olvidar todo.

Charlamos un buen rato de la florería. De cómo sorprendentemente estaba yendo mejor de lo esperado.

Pasamos al siguiente tema, esta vez se trataba de Ian y su graduación.

—Y quiero que vayan todos —dijo señalándonos—. Nada de excusas.

—¿Todos? —pregunté.

—Todos —repitió Mel—. Tú, Pato, Dani... hasta mi hermano si su apretada agenda se lo permite.

Mi pecho se tensó. Mel suspiró.

Bajé la mirada.

—Quizás estar separados es lo mejor para él —murmuré casi sin pensarlo—. Siento que... desde que nos alejamos le ha ido mejor —Mel negó de inmediato.

—No digas eso —me reprendió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.