Mía...
El día había llegado, por fin saldría de casa y esta vez no era para ir al hospital.
Elegí un vestido azul, unos lindos zapatos de piso y arreglé mi cabello con unas ligeras ondas; en cuanto a el maquillaje, algo muy sutil.
El camino al salón se me hizo demasiado corto, no tuve tiempo de procesar que quizás lo vería. Era inevitable que mis pensamientos se dirigieran a él, lleva demasiado tiempo sin verlo.
Bajamos del auto, agradecí a Dani que no soltara mi brazo, temía que en cualquier momento caería a causa de mis nervios.
Al entrar al pequeño salón, observé los detalles. La decoración era muy linda, negro con azul. Muy Ian.
No había tantos invitados, tal como lo había dicho Meli era algo íntimo.
Ian estaba más alegre que de costumbre, caminaba de un lado a otro asegurándose de que todo marchara bien.
En cuanto se percataron de nuestra llegada, se acercaron con entusiasmo a saludarnos.
—Gracias por estar aquí— dijo.
—Gracias a ti, por la invitación — respondí
—Felicidades, ya puedo comenzar a respetarte un poco —dijo Pato riendo.
—Ja, ja... muy gracioso.
Nuestra breve charla fue interrumpida por unos conocidos de Ian. Dani y Pato fueron a buscar algo de beber y yo me quede sola.
Hasta que una voz ronca, demasiado familiar, hizo que todo mi cuerpo se tensara.
—Hola, Mia...
James.
Mi corazón dio un golpe tan fuerte que por un segundo olvidé cómo respirar. Estaba delante de mí.
Y Dios...
Seguía siendo absurdamente guapo.
El traje oscuro se ajustaba demasiado bien a su cuerpo, marcando unos hombros que parecían más anchos que antes. El cabello ligeramente despeinado, esa mandíbula perfectamente marcada y esos ojos...
Esos malditos ojos.
Seguían teniendo el mismo efecto devastador sobre mí.
¿Por qué tenía que verse así de bien?
¿Por qué el universo parecía empeñado en complicarme la existencia?
Concéntrate, Mia.
Su presencia imponía.
Pero había algo diferente, se veía más maduro, más tranquilo, más seguro.
—Dos mil ciento sesenta —Parpadeé.
—¿Qué? —Una pequeña sonrisa torcida apareció en su rostro.
Y maldita sea... La había extrañado.
—Dos mil ciento sesenta —repitió, acercándose un paso—. Las horas.
Mi cerebro tardó demasiado en reaccionar.
—¿Qué horas?
—Las que llevamos sin vernos.
Se acercó un poco más. Demasiado.
Mi respiración se volvió torpe.
—Aunque si quieres —bajó un poco la voz— también puedo decirte los minutos y segundos.
Mi corazón decidió traicionarme.
Porque sonó, tan James.
Tan absurdamente James.
—¿Llevas la cuenta? —pregunté antes de poder detenerme.
—Claro —contestó sin apartar la mirada de mí—. Noventa días, Mia —Se quedó observándome unos segundos.
Demasiados. Como si intentara asegurarse de que de verdad estaba ahí.
—Y aun así... sigues viéndote más hermosa de lo que recordaba.
¡Dios!
No. No podía hacer esto.
No cuando apenas estaba aprendiendo a respirar sin él.
—Yo... —mi cerebro dejó oficialmente de funcionar.
Necesitaba salir de ahí.
—Tengo que ir al sanitario.
Y sí. Hui. Literalmente hui.
Me tomé mi tiempo. Lo más que pude.
Al salir me dirigí al jardín, necesitaba respirar aire fresco.
—¿Te sientes bien? —preguntó Pato acercándose a mí junto a Dani.
—Sí —mentí. Pato me observó unos segundos. Claramente no me creyó.
—De acuerdo... será mejor que entremos. Ian le tiene una sorpresa a Mel —Fruncí el ceño.
—¿Qué clase de sorpresa? —Dani sonrió como si supiera algo.
—Una muy buena —No dijeron más.
Y eso solo logró ponerme más nerviosa.
Cuando regresamos al salón, el ambiente había cambiado.
La música estaba más baja.
Ian se encontraba de pie frente a todos, demasiado arreglado incluso para él.
Mel frunció el ceño.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó entre risas.
Ian respiró profundo.
—Primero quiero agradecerles por estar aquí —dijo mirando a todos—. Este día es importante para mí... pero no solo por la graduación.
Meli lo observó confundida.
Yo también.
Hasta que Ian caminó hacia ella.
Y entonces lo entendí.
—Ian... —murmuró Mel.
—Has estado conmigo cuando no tenía idea de qué hacer con mi vida —comenzó—. Me aguantaste en mis peores momentos... incluso cuando tu hermano casi me mata por acercarme a ti.
Algunos soltamos pequeñas risas.
—Y míranos, aquí estamos —La voz de Ian tembló apenas.
—No quiero imaginar mi vida sin ti —Sacó una pequeña caja.
Y Mel comenzó a llorar antes siquiera de que él terminara.
—Así que... ¿quieres casarte conmigo? —El salón entero quedó en silencio.
—¡Sí! —soltó Mel entre lágrimas —Ian apenas alcanzó a ponerle el anillo cuando ella prácticamente se le aventó encima.
Todos comenzaron a aplaudir.
Pato, Dani, todos lloramos de la emoción.
Limpié mis lágrimas y sonreí.
Porque después de todo lo horrible que habíamos vivido últimamente...
Algo bonito finalmente estaba ocurriendo.
Miré sin querer alrededor. Y ahí estaba él.
Observándome.
Como si intentara descubrir qué estaba pensando.
Desvié la mirada demasiado rápido.
La música comenzó poco después.
Los recién comprometidos abrieron la pista entre aplausos.
Poco a poco los demás comenzaron a unirse.
Pato sacó a Dani.
Incluso algunos invitados se animaron.
—¿Me concedes esta pieza? —preguntó Ian acercándose a mí con una sonrisa enorme.
—Claro, graduado y próximamente casado —bromeé.
Bailamos entre risas.
—Gracias por venir —dijo—. Significa mucho que estés aquí.
—No me lo habría perdido.
—Además... alguien estaba demasiado nervioso esperando verte —Lo fulminé con la mirada.
Ian solo río.