Mía...
No debí aceptar. Definitivamente no debí aceptar.
Llevaba más de veinte minutos frente al espejo preguntándome por qué demonios estaba nerviosa.
Era una cita.
Bueno... técnicamente no... o sí.
James jamás hacía las cosas sencillas.
Me sobresalte al escuchar timbrar mi celular, al ver la pantalla era un mensaje de James.
"Te espero afuera"
Me extrañé de recibir un mensaje suyo pues suponía que aún no tenía celular.
Recargado sobre un auto negro, vestido con unos jeans oscuros, sudadera negra y ese maldito gesto despreocupado que parecía hacerlo ver todavía más atractivo.
¿Por qué se veía tan bien sin esfuerzo?
Respira Mia, me ordene.
En cuanto noto mi presencia se quedó observándome unos segundos.
Demasiados.
—¿Qué? —pregunté incómoda.
Negó lentamente.
—Nada... solo sigo pensando que noventa días fueron demasiados para no verte.
Odiaba lo fácil que lograba ponerme nerviosa.
—¿A dónde vamos?
—Es sorpresa.
—Ya veo. Pensé que no te gustaban los autos —se encogió de hombros.
—Quise venir en moto, pero es más cómodo para ti el auto —abrió la puerta del copiloto.
—¿Entonces no vas a decirme el lugar?
—Es sorpresa.
—De acuerdo. No soy muy fan de las sorpresas.
—Y aun así aceptaste salir conmigo —No respondí.
Porque técnicamente tenía razón.
El trayecto fue tranquilo. Extrañamente tranquilo.
La música iba baja.
James conducía con una sola mano mientras la otra golpeaba ligeramente el volante al ritmo de la canción.
Mentiría si decía que no me agradaba verlo conducir, pero prefería su moto. Digamos que en ella podía abrazarlo y con un demonio; moría por hacerlo.
Cuando finalmente se estacionó, fruncí el ceño.
—¿Un parque?
—No cualquier parque —corrigió—. Este tiene las mejores hamburguesas del mundo.
Lo miré confundida.
—¿Me trajiste a comer hamburguesas?
—¿Tienes idea de cuánto tiempo llevo comiendo pollo seco, arroz y verduras sin sabor? —se quejó—. Si sigo así voy a perder la voluntad de vivir. Y estoy seguro de que tú también extrañas comer una. Solo no le digas a Pato —me guiño el ojo.
No pude evitar reír.
Y Dios...
Había extrañado eso. Reír con él.
Terminamos sentados en una banca cerca del lago, con bolsas de comida sobre las piernas.
Esa tranquilidad, acompañada del fresco aire. Se sentía absurdamente normal.
Como antes.
—No pensé que tu gran cita romántica sería comida rápida —murmuré.
—Tenía pensado un restaurante elegante —dio una mordida a su hamburguesa—. Pero luego recordé que probablemente me estresaría ser interrumpidos. Y llevo tiempo sin golpear a alguien. No quiero romper ese récord.
Solté una risa.
—No exageres —Sonrió.
¡Y oh por Dios!
Esa sonrisa, esa peligros y hermosa sonrisa.
La que siempre terminaba desarmándome.
Por un rato hablamos de cosas simples.
De Dani, de Pato, de cómo Ian no dejaba de presumir el anillo. Por su puesto de su viaje a Paris.
Hasta que el silencio llegó.
Uno cómodo. Pero inevitable.
James dejó la comida a un lado.
—Esto se siente diferente —dijo de pronto.
Lo miré. No sonaba arrogante. Ni presumido.
—Lo sé.
—Estoy agradecido con el niño bonito, de verdad de no ser por él —hizo una pausa —Estaría en mi empleo número cien.
—No exageres.
—No... no tienes idea —soltó una pequeña risa sin humor—. Trabajé de mesero... casi golpeé a un cliente.
—Eso ya lo sabía.
—Repartidor de comida —continuó—. Me despidieron porque "amenacé" a un tipo.
—¿Amenazaste a alguien?
—Solo lo agarré del cuello un poquito.
Abrí los ojos.
—¡James!
—No quería pagar —Negué riendo.
—Sigues siendo un desastre.
—Tal vez —me miró fijo—. Pero estoy intentando ser alguien que merezca estar contigo.
Mi pecho se apretó.
—No quiero volver a lastimarte —continuó—. No quiero ser la razón por la que llores otra vez —Bajé la mirada.
—Yo también cometí errores...
—No, Mia —interrumpió—. No hagas eso. No minimices lo que hice —El silencio volvió.
Sentí algo extraño en el pecho, algo cálido.
—Te extrañé —murmuré sin pensar.
James se quedó quieto. Completamente quieto. Como si hubiera dejado de respirar.
—¿Sí?
Maldita sea.
¿Por qué había dicho eso?
—Un poco —mentí.
Soltó una risa bajita.
—Yo casi me vuelvo loco.
No pude evitar sonreír.
La noche comenzó a caer.
Y por primera vez en muchísimo tiempo...
No quería irme.
Cuando me dejó en casa permanecimos unos segundos en silencio.
Ninguno parecía querer terminar la noche.
—¿Entonces? —preguntó apoyándose un poco en la puerta—. ¿Sobreviví a la cita?
—Apenas —Sonrió.
—¿Puedo invitarte a otra? —Lo pensé o fingí pensarlo.
—Tal vez.
—Eso suena a sí.
—No te emociones —Asintió despacio.
Como si estuviera peleando consigo mismo.
—Hay algo más...
—¿Qué? —Se acercó apenas.
Muy despacio.
Dándome tiempo de apartarme.
Pero no lo hice.
—Esto —murmuró.
Y antes de que pudiera procesarlo...
Sus labios tocaron los míos. Fue corto. Suave. Un simple roce.
Pero suficiente para hacer que mi corazón olvidara cómo funcionar.
Cuando se apartó parecía igual de afectado.
—Buenas noches, bonita —murmuró antes de alejarse.
Se fue...
Dejándome ahí, confundida, nerviosa.
Y odiando admitir cuánto deseaba volver a besarlo.
La mañana siguiente desperté con una sonrisa estúpida. El día era hermoso, perfecto.
El motivo de mi alegría tenía nombre. James.
—No tengo que preguntar cómo te fue, tu cara ya me dio la respuesta.
—Que gracioso. ¿En dónde está Dani?
—Alistándose para una sesión, que por cierto es con tu amorcito. Ya debe de estar en el lugar.