Lo aprendí de ti

Epílogo

Mia...

Un año después...

La vida tenía una forma extraña de acomodarlo todo.

Ian y Melisa llevaban cuatro meses de casados y seguían discutiendo por cosas absurdas, como quién dejaba la pasta dental abierta o por qué Ian insistía en comprar demasiadas plantas para la casa.

Pato y Dani...

Bueno.

Ellos seguían negando que parecían un matrimonio viejo.

Aunque honestamente ya nadie les creía.

James seguía trabajando con la agencia de Pato. Muy a su pesar, se había convertido en uno de los modelos favoritos de varias marcas.

Seguía odiando las entrevistas.

Seguía odiando a la gente intensa.

Seguía odiando sonreír en fotografías.

Pero sobre todo...

Seguía siendo James.

Mi James.

Más paciente.

Más tranquilo.

Aunque seguía siendo absurdamente territorial, sarcástico y ligeramente problemático.

Pero ahora... Ahora me amaba mejor.

Y yo también había aprendido a amarlo mejor.

Todo estaba bien. Tan bien...

Que debí sospechar.

Porque cuando Dani apareció casi tirando la puerta de la florería, supe que algo andaba mal.

—Mia, necesitamos irnos. Ya. —Fruncí el ceño.

—¿Qué pasó? —Su expresión era extraña.

Demasiado seria. Me preocupe.

—James —Mi corazón se hundió.

No. Otra vez no.

—¿Qué pasó? —pregunté sintiendo el pecho apretarse.

Dani dudó. Y eso me asustó más.

—Solo... ven conmigo.

—¡Daniel!

—Está bien, pero necesito que vengas.

Tomé mi bolso sin siquiera pensarlo.

Todo el camino fui un desastre.

Mi mente imaginando lo peor.

Alguna pelea, quizás un accidente. Otra vez no. Por favor... Otra vez no.

El auto finalmente se detuvo frente a una vieja bodega.

Fruncí el ceño.

—¿Qué hacemos aquí? —Dani bajó demasiado rápido.

—Solo entra.

—¿Entrar a dónde?

—Confía en mí —Eso jamás terminaba bien.

Empujé la puerta lentamente.

Mi corazón casi se detuvo.

Un ring.

Había un maldito ring.

—No... no, no, no.

Ahí estaba él.

Con pantalones de pelea, vendas en ambas manos. Sudando.

Como si estuviera listo para pelear.

Y odié darme cuenta de que incluso ahí, completamente aterrada... seguía pareciéndome el hombre más atractivo del mundo.

—¡¿ESTÁS MAL DE LA CABEZA?! —grité. James volteó.

Y tuvo el descaro de sonreír.

¡SONREIR!

—Hola, bonita.

—¡NO ME LLAMES BONITA! —Comencé a caminar hacia él. Furiosa.

—¡Prometiste que ya no harías esto!

—Nunca dije que no volvería a pelear.

—¡JAMES!

—Técnicamente sí vine a pelear.

—¡Te juro que te golpeo yo primero! —Escuché risas.

Volteé y todos estaban ahí.

Y cuando digo todos, es todos... Pato, Dani, Ian, Mel; hasta los padres de Pato, quienes vean la escena con diversión.

¿Qué rayos estaba pasando?

James subió al ring y me extendió la mano.

—Sube.

—No.

—Por favor, Mia.

—No.

—Mia... —Odiaba esa voz. Porque siempre terminaba ganándome.

Subí molesta, un poco confundida.

James me sonrió, era esa típica sonrisa que decía prepárate, porque te sorprenderás.

Y entonces... algo cambió en su expresión.

¿Nervios?

James estaba nervioso.

—¿James? —susurre.

Se pasó una mano por el cabello.

—Mierda... no soy bueno para estas cosas.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Tampoco soy bueno diciendo cosas bonitas —murmuró—. Ya lo sabes.

Mi corazón comenzó a latir demasiado rápido.

—A veces sigo siendo un idiota —continuó—. Todavía quiero golpear gente.

Pato soltó una carcajada desde abajo.

—¡Eso es verdad!

—Cállate —gruñó James sin mirarlo.

Todos rieron.

Pero la atención de James está en mí. Como si el resto no existiera.

—La cosa es... —respiró profundo— que aprendí algo este último año.

Metió una mano al bolsillo y sentí que las piernas dejaron de responderme.

—Que no importa cuántas veces la vida nos golpee...

Mis manos temblaban o quizás era todo mi cuerpo. Ya ni siquiera estaba segura de cómo seguir respirando.

—Pero su tú estás conmigo, no me importa recibir un nocaut. Mientras sea contigo...

Sacó una pequeña caja.

—En los días buenos y los malos, quiero pelear contigo. Molestarte, hacerte enojar, escuchar las historias sobre tus libros favoritos, abrazarte al ver películas tristes y besarte cada vez que pueda.

Las lágrimas comenzaron a caerme solas.

—Porque te amo demasiado como para imaginar una vida donde no estés —Su voz tembló apenas. Solo un poco.

Pero suficiente para romperme.

—Así que... —abrió la caja.

—¿Quieres pasar el resto de tu vida con este idiota que te ama locamente?

El silencio fue absoluto.

—James... —mi voz salió rota.

Él tragó saliva, nervioso, como temiendo que mi respuesta fuese un no.

¡Y Dios!

Jamás lo había amado tanto.

—Sí —solté entre lágrimas —Su cara.

Su hermosa cara era como si acabara de ganar la pelea más importante de su vida.

—¿Sí?

—¿Eres sordo? —gritó Pato.

—Dijo que sí. Idiota —añadió Ian.

Y James hizo algo muy James...

Se puso de pie, me cargó y besó como si el mundo fuera a acabarse mañana.

Todos comenzaron a gritar y aplaudir.

—Ya suéltala —la voz era de Dani.

—Deja algo para la noche de bodas —soltó Ian.

—¡Dame las gracias!

—¡Pero si tú no ayudaste! —respondió Ian

—Pero la bodega es Mia.
—Ya dejen de hablar estupideces —esta vez fue Meli la que los hizo callar.

Al menos guardaron silencio por unos segundos, para después comenzar a discutir sobre cómo Pato no ayudó en limpiar la bodega.

Y por primera vez...

Sonreí al ver la felicidad la cara de felicidad de James.

—Aprendí a luchar... aprendí a llorar... aprendí a amar. Aprendí muchas cosas. Por un momento creí que me habías enseñado todo, pero no... ahora me doy cuenta de que aún me falta mucho por aprender.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.