Lo Bonito de Equivocarse

Capitulo 1 El comienzo

La universidad siempre me puso nerviosa.

No por las clases.
No por el nivel.

Sino porque era el tipo de lugar donde tu vida podía empezar de nuevo... sin preguntarte si estabas lista.

La secundaria había terminado.
Sin finales felices. Sin romances de película. Sin chicos populares que se fijaran en mí por error.

Solo quedaba una esperanza: que esta vez nadie volviera a hacerme sentir pequeña.

Y tenía a Eunice.
Así que, técnicamente, no estaba sola.

El campus era más grande de lo que imaginé.
Gente caminando rápido. Rostros nuevos. Ropa cara. Seguridad en exceso.

Miraba la pantalla de mi celular buscando mi salón cuando choqué con algo sólido.

O alguien.

Perdí el equilibrio.

Y cuando levanté la vista...

unos ojos verdes oscuros me estaban mirando.

Serios. Demasiado atentos.

—Lo siento, no te vi —dije rápido.

Él no respondió.

Solo sonrió.

Pequeño. Casi divertido.

Y siguió caminando como si nada hubiera pasado.

Me quedé quieta.

Sin entender por qué ese gesto me había incomodado más de lo normal.

Entonces llegó Eunice corriendo.

Feliz. Como siempre.

—¡Me metí al curso de dibujo! —dijo sin aire.

Arquitectura. Claro.
Eunice siempre parecía elegir la vida correcta sin esfuerzo.

Yo, en cambio, Economía.

No por pasión.
Sino porque era lo "seguro".

Caminamos juntas entre los pasillos llenos de gente nueva.

Todos parecían saber exactamente quiénes eran.

Excepto yo.

Hasta que los vi.

Dos chicos en patinetas atravesando el campus como si las reglas no aplicaran para ellos.

Uno de ellos, el de cabellera ondulada, y sonrisa con hoyuelos, se reía mientras los demás los miraban.

No parecía nervioso.
No parecía fuera de lugar.

Parecía... dueño del caos.

—Celeste, sera mejor que no te topes con ellos, si no quieres tener problemas. Sabes que ellos son diferente a nosotros.

Me la quedé mirando un poco molesta. Sabia que no queria hacer menos a nadie, y se notaba que ellos eran diferente pero lo deje pasar.

Entramos juntas a la clase de comunicación y estabamos viendo la importancia de la buena lectura, no es por presumir pero me encata leer, crear poesia.

—alumnos harán un ensayo de 10 páginas de la obra de Hamlet.
Quiero analizis critico.
El resto de las intrucciones lo encontraran en la pagina Web.
Minimo el grupo debe ser de tres personas, ante ello, la sesión se da a su fin.
Eunice y yo nos miramos pensativos a quien podiamos invitar a nuestro grupo.
Hasta que lo vi, estaba sentado alfondo de la clase con sus audifonos blancos.
Sentado al fondo, con sus audífonos blancos, chaqueta de cuero, el cabello rizado cayéndole en la frente. Leía un libro. No cualquier libro: mi libro favorito, Las ventajas de ser invisible.

—El es Houston, pero nose su nombre, es uno de los chicos con mas dinero en esta universidad Celeste, para poder ser un chico bien popular, no aprovecha las ventajas que tiene—lo mira intrigada.

Entonces, Eunice que siempre es más atrevida, fue la primera en hablar.

—Hola, soy Eunice, y ella es mi amiga Celeste —me señaló. Yo solo sonreí nerviosa—. Nos toca hacer grupo contigo. Tú eres Houston, ¿no? ¿cuál es tu nombre?

El chico levantó apenas la vista. Su voz sonó grave, como si no quisiera molestar a su libro.

—Alec.

Nada más. Ni una sonrisa. Ni una mirada. Nada.

En mi cabeza solo pensé: qué sobrado.

—Un gusto, Alec —insistí—. ¿Nos juntamos hoy en el break? ¿a las tres?

Esta vez sí levantó los ojos. Los ojos verdes profundos que vi hace un rato.

—Está bien, pero rápido. Tengo planes.

Y volvió a hundirse en su bendito libro.

Lo intenté una vez más, por orgullo.

—¿Ese es Las ventajas de ser invisible? Es mi favorito.

No me contestó. Solo se levantó, dijo:
—Las veo después.

Y salió caminando como si el salón fuera suyo.

—Qué guapo y qué sangrón —dijo Eunice, suspirando.

—¿Guapo? Por favor, tiene la cara más fea que un sapo —dije, medio indignada.

Eunice soltó una carcajada.

—Ay, Celeste, ya te vi. Es exactamente tu tipo.

—¿Mi tipo? —fruncí el ceño.

—El misterioso, el que lee libros raros, el que parece que odia al mundo. El que después termina rompiéndote el corazón.

Rodé los ojos.

—Gracias por la confianza, amiga.

Pero por dentro algo me incomodaba. No porque tuviera razón... sino porque tal vez la tenía demasiado.

A las tres de la tarde lo encontramos en la cafetería. Bueno, más bien nosotras lo encontramos, porque Alec parecía no hacer el menor esfuerzo por encontrarnos a nosotras. Estaba otra vez con sus audífonos, un café a medio tomar, y escribiendo algo en una libreta negra.

Eunice, como siempre, tomó la delantera.

—¡Hola, Alec! —dijo, sonriendo como si lo conociera de toda la vida.

Él levantó la vista apenas un segundo.

—Ah, ya vinieron.

Ni un hola. Ni un "¿cómo están?". Nada.

Me senté frente a él, cruzando los brazos.
—Wow, qué entusiasta.

Eunice me dio un codazo bajo la mesa, pero Alec... Alec sonrió apenas, una curva mínima en la comisura de sus labios, como si mi sarcasmo le hubiera divertido.

Y ahí fue cuando lo odié un poquito menos.

Lo que no sabía es que ese "Alec" misterioso no solo iba a cambiar la forma en que veía la universidad...
Sino también la forma en que me veía a mí misma.

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Nos quedamos un rato en silencio, y créeme, nunca hay silencio cuando Eunice está cerca. Ella lo detesta.

—Bueno —dijo, abriendo su cuaderno con un golpe seco—. El profe quiere que hagamos un análisis de "Hamlet". ¿Qué les parece si dividimos los capítulos?

—Lo leo yo completo —respondió Alec, sin pestañear.

Yo solté una risa incrédula.

—¿Completo? Son como doscientas páginas.




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