Lo Bonito de Equivocarse

Capitulo 2 Tres contra el mundo

El profesor pidió que pasáramos a exponer en grupos.

Eunice, como siempre, hablaba como si estuviera en un programa de televisión. Gesticulaba, modulaba, hacía pausas dramáticas. La clase entera la miraba hipnotizada.

Yo solo rezaba para que no me temblara la voz y no parecer una estatua.

—Celeste, ¿quieres continuar con el análisis del personaje de Ophelia?—dijo el profesor, señalándome con la cabeza.

Apreté mis apuntes. Las hojas sudaban en mis manos.

—Claro —tragué saliva—. Ophelia es... bueno, es un personaje que muchos ven como débil, pero yo creo que representa cómo el sistema aplasta a las mujeres que no siguen las reglas. No es ingenua. Es víctima. Y eso duele más.

Silencio.

Cerré los ojos esperando el golpe.

Entonces, Alec intervino.

—Eso que dijo Celeste —me señaló sin mirarme demasiado, con esa voz grave que siempre parecía aburrida— es lo que resume el punto del autor. Ophelia no es un adorno. Es el reflejo de lo que pasa cuando te obligan a elegir entre amores que no te pertenecen.

Me quedé en shock.

¿Él me había estado escuchando?

—Sí... claro —balbuceé, sintiendo cómo mis mejillas ardían.

Eunice me sonrió con complicidad, como si acabara de descubrir un secreto que ni yo misma sabía.

Porque ni yo lo sabía.

Pero algo en mi pecho se movió.

Los días siguientes, la rutina empezó a formarse sin que nadie la planificara.

Primero fueron los trabajos en grupo. Nos quedábamos después de clase, ocupando las mesas de atrás, con los cuadernos desordenados y la promesa de terminar rápido que nunca cumplíamos.

—¿En serio no leíste el acto tercero? —preguntó Alec una tarde, alzando una ceja en mi dirección.

—Lo leí —mentí, sin disimular.

—Mientes mal.

—Es un don.

Eunice soltó una carcajada desde el otro lado de la mesa.

—Déjala, Alec. Tú también tienes tus cosas raras.

—¿Cosas raras? —preguntó él, ofendido fingido.

—Sí. Como leer el mismo libro tres veces.

Alec se quedó callado un segundo. Luego, casi en un susurro:

—Eso no es raro. Eso se llama tener gustos refinados.

Eunice y yo nos miramos. Y sin decir nada, las dos reímos al mismo tiempo.

Alec negó con la cabeza, pero en la comisura de sus labios se asomó esa sonrisa pequeña que ya empezaba a volverse familiar.

Después vinieron los almuerzos rápidos en la cafetería.

Alec siempre pedía lo mismo: un expreso solo y una tostada sin nada. Eunice decía que eso era "comida de triste". Yo solo me reía y pedía lo más barato, porque aunque mi mamá me daba dinero, no me gustaba gastarlo en tonterías.

—Prueba esto —le dijo Eunice un día, metiéndole una cucharada de su pastel de chocolate en la cara a Alec.

Él se limpió el labio con el dorso de la mano, sin prisa.

—Está pasable.

—¿Pasable? —grité—. ¡Ese pastel es una obra de arte!

—Exageras.

—Y tú eres un amargado.

—Amargado —repitió, como si probara la palabra—. Prefiero "selectivo".

Eunice se tiró hacia atrás en la silla, riéndose tan fuerte que la gente nos miró.

—Somos un desastre —dijo, secándose una lágrima.

—Un desastre organizado —corregí.

Alec nos miró a las dos. Primero a ella, luego a mí. Y por un segundo, solo un segundo, su cara se suavizó.

—Somos un desastre —concluyó.

Y eso fue todo.

Pero fue suficiente.

Un día, en la biblioteca, lo vi de otra forma.

Yo estaba concentrada en mis apuntes de Negocios Internacionales, mordiendo el extremo de mi lápiz como si eso ayudara a entender los términos comerciales. Eunice tenía la cabeza apoyada en la mesa, rendida ante un problema de matemáticas.

—No entiendo nada —gemía—. N A D A.

Alec suspiró. Cerró su libro —La insoportable levedad del ser, esta vez— y se inclinó hacia ella con una paciencia que yo nunca le había visto.

—Mira —dijo, señalando la hoja—. No es tan complicado. Solamente tienes que despejar la variable.

—¿Variable? Eso suena a cosa de brujería.

—Eunice, concéntrate.

—Tú concéntrate en ser menos intenso.

Yo me reí bajito, pero no dejaba de mirarlos.

Alec explicaba paso a paso, con una calma infinita. Eunice asentía, a veces con el ceño fruncido, a veces con la boca abierta. Y en un momento, ella levantó la vista y lo miró directo a los ojos.

—Ah, ya entendí —dijo, sonriendo con ese brillo natural suyo.

—No era tan difícil —contestó Alec.

Pero la forma en que la miró decía otra cosa.

Decía: me gusta ayudarte.

Decía: me gusta que me mires así.

Apreté mi lápiz con más fuerza.

—¿Y yo qué? —pregunté, cortando el aire—. ¿Quién me explica economía internacional?

Eunice giró la cabeza hacia mí, y su sonrisa se hizo más ancha.

—Ay, Celeste —dijo—. Tú siempre tan intensa.

—No soy intensa. Solo quiero pasar la materia.

Alec me miró. Esa vez fue diferente. No era su mirada de "estás interrumpiendo". Era una mirada que duraba un segundo de más.

—Tú ya sabes eso —dijo, y volvió a su libro.

Pero yo supe que no era verdad.

Porque si ya lo supiera, no me quemarían las mejillas cada vez que él me hablaba.

También recuerdo cuando fuimos por helado después de clases.

Eunice insistió durante toda la caminata. "Por favor, por favor, por favor." Alec fingió fastidio —"Es tarde, tengo cosas que hacer", dijo con su cara de pocos amigos— pero aceptó.

Siempre aceptaba.

Ella era la única que lograba que hiciera cosas que no quería.

Pedí chocolate. Él pidió vainilla (tan predecible). Eunice, obviamente, pidió un sabor raro: maracuyá con brownie.

El dependiente alzó una ceja.

—¿Segura?

—Segurísima —respondió ella, con una seguridad que yo jamás tendría para pedir helado.

Salimos y nos sentamos en una banca de piedra frente al campus. El sol empezaba a esconderse, y el cielo se veía naranja, como si alguien hubiera derramado pintura.




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