Lo Bonito de Equivocarse

Capitulo 3 La verdad

Notaba que Eunice buscaba cada vez más a Alec.

No era sutil. Nunca lo fue. Eunice era de esas personas que entran a una habitación y ya sabes que están ahí, que quieren algo, que van a conseguirlo.

—¡Vamos, Alec! —decía, enganchándose de su brazo como si fuera lo más natural del mundo—. Si no vienes, no tiene sentido.

Alec ponía cara de fastidio. Fruncía el ceño, suspiraba, cruzaba los brazos.

—Tengo que terminar un ensayo.

—Lo terminas después.

—Eunice...

—Alec...

Él la miraba un segundo. Luego soltaba el suspiro más largo del mundo.

—Está bien.

Y yo me quedaba ahí, a un lado, viendo cómo ella lo convencía siempre. Cómo él cedía siempre. Cómo yo, sin decir nada, siempre terminaba yendo adonde ellos iban.

Somos amigos, me repetía mientras caminábamos los tres por el pasillo. Los tres. No pasa nada. No debes sentir nada.

Pero sí pasaba.

Cada vez que ella lo miraba.
Cada vez que él sonreía por algo que dijo ella.
Cada vez que Eunice se reía de algo que yo no había escuchado, y Alec se reía con ella, y yo me quedaba fuera de ese chiste que solo ellos dos entendían.

Era una pequeña galaxia, y yo era solo un satélite girando alrededor de dos estrellas que no me necesitaban para brillar.

Pero me engañé.

Me engañé durante semanas.

Hasta que un día, en la cafetería, Eunice soltó una bomba sin saberlo.

Estábamos las dos solas, porque Alec había salido temprano. Ella picaba las papas fritas de mi plato con una tranquilidad que me daba envidia.

—Oye —dijo, sin levantar la vista—. ¿Sabes qué me dijo Alec el otro día?

—¿Qué?

—Que piensa que eres divertida.

Mi mano se quedó a medio camino hacia el vaso de agua. Mi corazón dio un golpe seco contra el pecho.

—¿En serio?

—Sí. Dijo que te ríes de tus propias bromas aunque nadie más se ría, y que eso le parece... no sé, dijo "genuino" o algo así.

Me quedé congelada. Mi cerebro procesaba la información en cámara lenta.

¿Alec piensa que soy divertida?

¿Alec piensa en mí?

Sonreí porque no sabía qué más hacer. Porque si no sonreía, iba a salir corriendo o a llorar o a preguntarle mil cosas que no debía preguntar.

—Bueno... —dije, encogiendo los hombros—. Alguien tiene que ser el payaso del grupo, ¿no?

—No, en serio —insistió Eunice, ajena al terremoto que me provocaba esa frase—. Él no habla así de cualquiera. De verdad le caes bien.

Le caigo bien.

No era "le gusto".
No era "se fija en mí".
Era "le caigo bien".

Y aun así, esa noche no pude dormir.

Porque por primera vez, en la oscuridad de mi habitación, admití lo que llevaba meses negando.

Alec me gustaba.

Mucho más de lo que debía.

La tarde que lo cambió todo llegó sin aviso.

Eunice nos escribió al grupo: "Hoy no puedo, tengo que entregar una maqueta. Diviértanse ustedes dos :)"

Dos.

Ustedes dos.

Yo y Alec.

Solos.

Leí el mensaje unas cinco veces, como si en alguna de esas repeticiones pudiera encontrar una excusa para no ir. Pero no la había. O no la busqué.

Llegué quince minutos tarde a la cafetería. Adrede. Para que no pareciera que me importaba. Para que no se notara que me había cambiado de ropa tres veces.

Alec ya estaba ahí. Una mesa junto a la ventana. Dos cafés humeando.

—El tuyo ya se va a enfriar —dijo sin levantar la vista de su teléfono.

—Tú pediste por mí.

—Pido por todos.

Me senté frente a él. La taza estaba caliente. Mi cara también.

El silencio cayó entre nosotros. No era un silencio incómodo, no del todo. Era de esos silencios donde las dos personas saben que hay algo que no se está diciendo, pero ninguna se atreve a nombrarlo.

Él hablaba de la clase de Literatura, del ensayo que teníamos que entregar la próxima semana. Yo asentía, pero mi mente solo gritaba:

Hazlo. Pregúntalo. Antes de que te mueras por dentro.

—Alec... —dije.

Mi voz tembló. Tanto que él levantó la vista de inmediato.

—¿Qué ocurre? —preguntó, con esa serenidad suya. Esa calma que me destruía más que cualquier desprecio.

Tragué saliva. Mis manos estaban frías, pegajosas. Los dedos me temblaban bajo la mesa.

—Prométeme que me dirás la verdad.

Él frunció el ceño, confundido.

—Te lo prometo.

Sentí mi corazón en la garganta. Sentí que todo lo que había construido en mi cabeza —las ilusiones, las esperanzas, los "y si..."— se sostenía de un hilo que estaba a punto de romper.

Y aun así lo dije.

—¿Te gusta Eunice?

El silencio cayó como una puerta cerrándose en mi cara.

Alec no respondió de inmediato. Bajó la mirada hacia su café, lo movió con la cuchara sin prisas. Respiró hondo.

Y entonces sonrió.

Leve. Pequeño. Como quien por fin acepta algo inevitable.

—¿Tanto se me nota? —preguntó.

Ahí se me rompió algo.

No hizo ruido. No sangró. Pero se rompió.

Intenté fingir. Intenté ser fuerte.

—Un poquito... —dije. Mi voz sonó extraña, como si no fuera mía—. Nada más un poquito.

Tragué el dolor. Lo escondí en el fondo del estómago, donde no se viera, donde no doliera tanto.

Pero dolía.

Porque él empezó a hablar. Y cada palabra era un cuchillo.

—Es que Eunice... es distinta —dijo, con los ojos puestos en la ventana, como si la estuviera viendo a ella en lugar del cielo gris—. Tiene una energía que te jala. No sé explicarlo. Me gusta cómo se ríe, cómo se fija en todo, cómo hace que hasta las cosas aburridas parezcan importantes. Siento que me ve de una forma que nadie más me ve.

Yo lo miraba. Asentía. Pero dentro de mí algo se desplomaba sin ruido, piso por piso.

—Ajá... entiendo —musité.

No entendía nada.

—Contigo es fácil hablar —añadió, girando la cabeza hacia mí. Y por un segundo, sus ojos verdes se encontraron con los míos—. Contigo todo es fácil, ¿sabes? No tengo que fingir. No tengo que impresionarte.




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