Mi corazón estaba roto. Y no, no era una metáfora bonita para adornar una historia de Instagram. Era una dolencia física, un peso muerto en el pecho que no se iba ni cuando intentaba respirar hondo. Se sentía como un vidrio astillado que se movía y me cortaba por dentro cada vez que pensaba en Alec. Cada vez que pensaba en Eunice. Cada vez que pensaba en los dos juntos.
Llevaba días escondiéndome del mundo. Había dejado de contestar por completo los mensajes del grupo de la universidad, había faltado a clases importantes y me la pasaba inventando excusas tan baratas que hasta yo misma me avergonzaba de escribirlas:
"Mi mamá está mal del estómago". "Se me dañó el celular". "Estoy con una gripa terrible".
Mentiras. Todas y cada una eran burdas mentiras.
Y Eunice, que no tenía un pelo de tonta, empezaba a cansarse de mi ausencia. Lo notaba perfectamente en el tono de sus mensajes de texto. Primero fueron comprensivos y dulces: "Cuídate mucho", "Avísame si necesitas que te lleve apuntes". Después se volvieron notablemente más cortos: "¿Vas a venir mañana?". Hasta que pasaron a ser directos y alarmantes: "Celeste, me estás preocupando en serio".
Pero yo simplemente no podía regresar. No tenía las fuerzas para ver a Alec a los ojos y fingir que sus palabras no me habían destrozado. No podía mirar a Eunice y pretender que no envidiaba con toda mi alma su buena suerte.
Hasta que una noche, Eunice tomó el teléfono y me llamó.
—Esta noche te quedas a dormir en mi casa —sentenció apenas respondí. No era una invitación cortés; era una orden militar.
—Es que...
—No hay ningún "es que" que valga, Celeste. Noche de pijamada. Trae tus cosas. Te espero aquí.
Y colgó sin dejarme replicar. En ese instante supe que no podía seguir huyendo de mi realidad por más tiempo.
Llegué a su casa con una mochila pequeña al hombro y el corazón apretado en un puño.
Su habitación olía a lo de siempre: a velas aromáticas de vainilla, a crema hidratante de manos y a ese perfume dulce que ella usaba desde que íbamos en la secundaria. Las luces de los postes de la calle entraban tenues a través de las cortinas, y todo estaba perfectamente en su lugar, como si el tiempo se negara a avanzar en ese espacio.
Eunice estaba sentada justo en el borde de su cama, con las piernas cruzadas y una taza de té humeante entre las manos. Me señaló con la cabeza el espacio vacío a su lado.
—Siéntate.
Obedecí de inmediato. Siempre terminaba obedeciendo cuando ella empleaba ese tono de voz tan serio.
—Amo cómo estamos ahora —confesó, mirándome fijo mientras dejaba la taza y me sostenía las manos con fuerza—. Sin dramas. Sin escapadas raras. Te he extrañado muchísimo, Celeste.
Su voz sonaba suave, pero sus ojos estaban cargados de una seriedad inusual. Eunice casi nunca lloraba, pero en ese preciso momento parecía estar a punto de hacerlo.
—Yo también te he extrañado —respondí, sintiendo cómo la garganta se me cerraba por la culpa—. Solo que... ya sabes, mi mamá ha estado muy mal del estómago y me pasé los días preocupada por ella. ¿Me entiendes, no? No tenía ánimos de relacionarme con nadie.
Evité mirarla a los ojos. Sabía perfectamente que si sostenía su mirada, la verdad se me iba a escapar sin control. Eunice asintió lentamente y apretó mis manos con un poco más de fuerza.
—Claro que te entiendo —dijo—. Pero por favor, no vuelvas a desaparecer de esa manera. Me asusté de verdad.
—Lo siento mucho.
—Ya está. Ya pasó.
Me sonrió con sinceridad. Y yo le devolví la sonrisa como mejor pude. Por dentro, una pequeña y molesta voz en mi cabeza me cuestionaba en un susurro: ¿De verdad estás haciendo lo correcto? ¿Vas a seguir sosteniéndole una mentira a tu mejor amiga?
Sin embargo, no tuve tiempo de responderme. Eunice carraspeó, soltó mis manos de golpe y la expresión de su rostro cambió por completo. Sus ojos se iluminaron con una chispa brillante que yo jamás le había visto antes.
—Tengo que confesarte algo —soltó, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo—. Me gusta Alec.
El mundo se detuvo por completo. De forma literal. Sentí cómo el aire dejó de entrar a mis pulmones. Eunice seguía hablando de corrido, pero yo solo alcanzaba a escuchar un zumbido ensordecedor dentro de mis oídos.
—Es un chico tan dulce, ¿sabes? Y sumamente atento —continuaba ella, con las mejillas sonrosadas—. El otro día me dijo que le encantaba el largo de mis pestañas. ¿Puedes creerlo? ¿Quién demonios se fija en las pestañas de alguien? —soltó una risa nerviosa. Yo intenté imitar su gesto, pero de mi boca solo brotó un ruido extraño y seco—. Y mi sonrisa... también me dijo que le fascina mi sonrisa. Dice que cuando me río, se le olvidan por completo todos sus problemas. Además, siempre me compra detalles, pero lo más importante de todo... me escucha, Celeste. De verdad me escucha. Se acuerda de cada pequeña cosa que le cuento.
Y ahí, escuchándola hablar, comprendí por fin cómo se comportaba realmente un chico enamorado. Con detalles minuciosos. Con paciencia infinita. Con memoria. No con un tibio: "es fácil hablar contigo". Sino con un rotundo: "me encanta tu sonrisa".
—¿Celeste? —Eunice inclinó la cabeza hacia un lado, rompiendo mi trance—. ¿Estás bien?
—¿Cómo? Ah, sí, claro —forcé una sonrisa amplia—. Es solo que... no sé bien qué decirte. ¿Felicidades?
Eunice soltó una carcajada. Pero de pronto, su risa se cortó en seco. Me miró con fijeza, clavando en mí esos ojos oscuros que siempre daban la impresión de ver mucho más de lo que yo intentaba ocultar.
—Celeste —soltó, poniéndose seria de repente—, ¿a ti te gusta Alec también?
El corazón me dio un vuelco tan violento que juré que se me saldría del pecho para caer sobre la alfombra. ¿Debería decirle la verdad?
Pero la verdad era un monstruo hambriento. La verdad iba a destruir nuestra amistad por completo. Decir la verdad significaba admitir abiertamente que llevaba meses guardando sentimientos profundos por el chico del que mi mejor amiga estaba enamorada. Que había llorado noches enteras por él. Que había perdido el apetito por él. Que mi pequeño mundo se había desmoronado por completo por su culpa.