Estaba mirando con absoluto aburrimiento la clase de Informática.
El profesor llevaba veinte minutos explicando algo sobre bases de datos que me entraba por un oído y me salía de inmediato por el otro. Movía los labios, señalaba la pizarra con el marcador, repetía conceptos técnicos... pero yo me encontraba en un planeta completamente diferente. Intenté mirar a través del gran ventanal del aula para distraerme un poco. Y ahí lo vi.
Había un chico observando hacia el exterior, luciendo exactamente igual de aburrido que yo: Luca.
Llevaba puesta una camiseta blanca, un poco arrugada, como si hubiera dormido con ella la noche anterior. Su cabello negro y ondulado caía de forma rebelde sobre su frente, y sus ojos se cerraban cada vez más debido al sueño. Tenía unas ojeras marcadas debajo de los párpados; no eran nuevas, se notaba que llevaban semanas instaladas ahí. Me pregunté internamente en qué preciso momento se desplomaría dormido sobre la carpeta. Parecía un gato perezoso tomando el sol, pero un gato que no lograba descansar bien en mucho tiempo.
Sin darme cuenta, una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios al mirarlo.
—Señorita Celeste —me llamó el profesor con una voz sumamente severa.
Me volteé asustada en mi asiento. El docente, un hombre ya mayor, tenía una ceja alzada y me miraba con una clara mezcla de molestia y decepción.
—Me gustaría saber por qué mira hacia la ventana con esa sonrisa —cuestionó.
—Lo siento mucho, profesor —murmuré, bajando la mirada de inmediato hacia mis apuntes.
Sin embargo, el castigo no terminó ahí. El hombre se giró lentamente hacia la dirección de la ventana.
—Y joven Luca —añadió, elevando todavía más el volumen de su voz—, no crea que no me he dado cuenta de que usted parece la bella durmiente en mi clase.
Luca bajó la cabeza, visiblemente avergonzado. Sus mejillas morenas se tiñeron de un leve tono rojizo. Pero no intentó poner ninguna excusa barata; no dijo que no estaba dormido, simplemente aceptó el llamado de atención.
—Disculpe, profesor —se limitó a decir mientras se acomodaba mejor en su asiento y enderezaba la espalda—. No volverá a pasar.
Quise reírme de la situación en ese instante, pero me contuve a la fuerza. Éramos dos idiotas atrapados exactamente en la misma red de aburrimiento.
Justo cuando me disponía a mirar de nuevo hacia el frente, noté que otros ojos, estos mucho menos soñolientos, me estaban observando fijamente desde el otro extremo del salón. Eran los ojos de Alec. Olvidé mencionar que compartíamos también esta tediosa materia.
No nos hablábamos en absoluto. Llevaba aproximadamente un mes entero evitándolo a él y, por extensión, evitando a Eunice. Sabía perfectamente que ellos no tenían la culpa de nada de lo que yo sentía, pero en el fondo de mi corazón entendía que alejarmu era la única manera que tenía de cuidarme y no terminar de romperme.
Alec me sostuvo la mirada durante un breve segundo. Luego, desvió la vista con frialdad hacia su cuaderno. Y a mí, en el proceso, se me rompió el alma un poquito más.
—Alumnos —anunció el profesor, dando una fuerte palmada sobre su escritorio de madera—. Solo quiero comunicarles que se aproxima uno de los exámenes más importantes de todo el ciclo. Soy plenamente consciente de que muchos de ustedes no son buenos en esta materia —me miró fijamente a mí, haciéndome tragar saliva—. Por ello, organizaré el proyecto final en grupos de dos personas, para que puedan ayudarse mutuamente y me entreguen un trabajo decente.
El salón se llenó de inmediato de murmullos y ruidos de carpetas moviéndose. Todos comenzaron a buscar a sus amigos de siempre, a sus compañeros favoritos o a sus parejas. Yo me quedé completamente paralizada en mi sitio.
No quería acercarme a Alec. No podía. Si me tocaba sentarme a su lado, si tenía que hablar con él durante horas para avanzar un trabajo, si tenía que fingir de manera hipócrita que todo estaba perfectamente bien entre nosotros... me iba a romper en mil pedazos frente a él. Tenía que actuar rápido.
Respiré hondo. Y como si se tratara de un juego de pura supervivencia, me levanté de mi asiento de manera precipitada. Sin tener un plan real en mente, caminé con paso firme directo hacia el sitio de Luca.
Él estaba escribiendo concentrado en una libreta. Tenía una caligrafía apretada, como si quisiera ocupar el menor espacio posible en las hojas. Cuando me acerqué, sintió mi presencia y cerró la libreta de golpe, con una rapidez pasmosa. Fue como si ese cuaderno guardara secretos oscuros que nadie en el mundo podía ver.
Volteó a verme. Sus ojos dorados se abrieron un poco más, reflejando una ligera sorpresa.
—Hola, Celeste —saludó, mostrando una sonrisa amable y confundida a la vez. Esa sonrisa parecía aparecer en su rostro por puro reflejo, como si la tuviera programada para recibir a la gente—. ¿Te puedo ayudar en algo?
Qué curioso era mirarlo de cerca. Su cabello estaba revuelto por haber estado recostado en la carpeta, y volví a notar la profundidad de sus ojeras. Definitivamente no eran el resultado de una mala noche; eran el cúmulo de muchas.
Celeste, concéntrate, me regañé mentalmente. ¿Qué excusa le vas a poner? Cierto, el proyecto. Me aclaré la garganta e intenté que mi voz sonara lo más natural posible.
—El profesor nos mandó a hacer el proyecto en parejas —empecé a explicar, hablando bastante rápido—, y me estaba preguntando si te gustaría ser mi compañero de grupo.
Traté de mantener la calma y aparentar tranquilidad, de fingir que no sentía la mirada intensa de Alec clavándose directo en mi nuca. Pero la sentía perfectamente; era como tener dos agujas ardientes perforando mi espalda.
Luca me observó fijamente durante un largo segundo. No sonrió de inmediato. Me miró como si estuviera intentando leer algo entre líneas, algo que yo me esforzaba por no mostrar.
—Claro —aceptó finalmente, recuperando su sonrisa fácil—. No hay ningún problema. —Sin embargo, inclinó la cabeza hacia un lado con curiosidad—. Solo me sorprende un poco que me hayas escogido a mí. Digo, casi no solemos hablar en la facultad.