Llegué a casa con la cabeza hecha un desastre.
No sabía si estaba más cansada por la universidad, por Alec, por Luca o por mí misma. Probablemente por todo junto.
Las luces de la sala estaban apagadas. Mis padres seguían trabajando, como casi todas las noches, y mi hermana mayor seguramente estaba encerrada en su cuarto, estudiando como si la perfección fuera un examen que podía aprobarse.
A veces sentía que todos en esa casa vivíamos ocupados intentando ser algo. Y yo apenas estaba intentando no romperme.
Dejé la mochila en el sillón y apenas di unos pasos cuando el olor me golpeó. Sopa caliente.
Sonreí. Mi abuela.
—Celeste, si sigues ahí parada, la sopa no va a servirse sola —escuché desde la cocina.
—Ya voy —respondí.
Entré y ahí estaba ella, con su mandil de flores, el cabello recogido y esa forma tranquila de existir que siempre lograba hacerme sentir que el mundo todavía tenía arreglo.
La mesa ya estaba servida. Mi abuela no preguntaba si tenías hambre; ella asumía que sí. Y casi siempre tenía razón.
—Siéntate —dijo, señalando la silla.
Obedecí. Me sirvió sopa, arroz y una mirada sospechosamente analítica. Eso último siempre era peligroso.
—¿Cómo estuvo la universidad?
—Normal.
Ella me miró. Yo miré la sopa.
—Voy a reformular —dijo—. ¿Qué muchacho te tiene así?
Casi me ahogo.
—¿Por qué todo termina en muchachos?
—Porque conozco esa cara. Esa cara no la pone una mujer por parciales. Esa cara la pone por hombres o por decisiones estúpidas.
Pensé en ello.
—Entonces sí, probablemente es por ambas.
Ella soltó una risa suave.
—Eso pensé.
Se sentó frente a mí y me sirvió más arroz como si el drama emocional necesitara carbohidratos. Seguramente sí.
—Ten cuidado con los chicos, Celeste.
—Abuela, eso suena a amenaza.
—Es advertencia. Hay hombres indecentes.
—¿Y cómo los reconozco?
Ella tomó agua con total calma.
—Los peores no parecen malos. Llegan con sonrisas bonitas, con atención, con palabras exactas. Y una cree que eso es amor.
Pensé en Alec. Y, por alguna razón, también pensé en Luca.
Alec era el tipo de chico que parecía una canción triste. Luca era más bien un accidente anunciado. Uno elegante; el otro con patineta. No sabía cuál era peor.
—Esa cara... —dijo mi abuela—. Definitivamente hay más de un muchacho.
—No hay nada.
—Entonces hay demasiado.
Suspiré.
—Tal vez.
Ella sonrió como quien ya sabía la respuesta desde antes.
—A tu edad yo también creía que el amor era una tragedia.
Levanté la vista.
—¿Y no lo era?
—A veces sí. Pero también era una excusa para hacer tonterías.
—Eso suena sospechosamente específico.
—Una vez me escapé de casa para ver a tu abuelo.
Abrí los ojos.
—No te creo.
—Y una vez me caí de una bicicleta por ir saludándolo como tonta.
No pude evitar reírme.
—Eso sí lo creo.
Ella también se rió.
—Lo importante no es eso. Lo importante es que vivas. Que disfrutes tu juventud. Que ames si quieres, pero nunca olvides esto —me tomó la mano—. La vida es un camino que se anda todos los días. A veces con alguien al lado, a veces no. Pero sigue siendo un regalo.
Sentí un nudo en la gárganta.
—No persigas a quien no sabe quedarse. Y no permitas que nadie te haga sentir menos por no elegirte.
Bajé la mirada. Porque si era honesta, llevaba demasiado tiempo sintiéndome exactamente así. Menos. Menos bonita. Menos interesante. Menos suficiente.
Mi abuela apretó mi mano.
—Cuando alguien te quiere de verdad, te hace sentir que eres importante en su vida
Mis ojos ardieron un poco.
—Siempre sabes cómo arruinarme emocionalmente mientras me das sopa.
Ella sonrió.
—Es un talento heredado.
Nos reímos. Y en medio de esa cocina pequeña, entre sopa caliente, consejos antiguos y el ruido lejano de una casa que seguía funcionando aunque todos estuviéramos cansados, entendí algo.
Tal vez no estaba perdiendo el amor. Tal vez apenas estaba aprendiendo dónde no debía buscarlo.
Y por primera vez en mucho tiempo... eso se sintió como paz.
Mientras subía a mi habitación, mi celular vibró. Un mensaje de un número desconocido.
Número Desconocido: Llegué bien. Tardé un poco porque casi me atropella un auto, pero estoy vivo. ¿Tú llegaste? — Luca
Sonreí. No respondí de inmediato. Lo dejé ahí, en la pantalla, como una pequeña prueba de que alguien, en algún lugar, se había acordado de preguntar.
¿Tú llegaste?
Nadie me preguntaba eso. Ni siquiera yo me lo preguntaba. Y él lo hizo, como si fuera lo más normal del mundo.
—Qué chico raro —murmuré, escribiendo:
Celeste: Sí, ya llegué. No te atropellen, payaso.
Tres segundos después, llegó su respuesta.
Luca: El mejor payaso que conoceras.
Bufé. Y, por primera vez en semanas, me dormí sonriendo.
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