Me levanté tarde, como siempre.
Me puse unos jeans cualquiera y una blusa rosada. Mi color favorito. No es que eso fuera a cambiar absolutamente nada de mi rutina, pero al menos me gustaba fingir que sí tenía el control de algo.
Me miré fijamente al espejo antes de salir.
—Genial... otra vez tú —murmuré con fastidio.
Me acomodé los lentes sobre el puente de la nariz y suspiré. Versión final de la mañana: Celeste, la chica que nadie mira dos veces. O bueno, al menos eso era lo que me repetía constantemente para protegerme. Porque, al final del día... la única que siempre terminaba mirándome de verdad era yo misma.
Eunice me estaba esperando justo en la entrada principal de la universidad. Tenía una sonrisa demasiado brillante y radiante para una hora tan temprana.
Me acerqué a ella a paso lento, todavía somnolienta.
—¿No crees que es demasiado temprano para estar tan jodidamente feliz? —gruñí a modo de saludo.
Ella se limitó a reírse. Pero esta vez... yo no le devolví la sonrisa.
La miré mejor, detallándola bien. No era la misma Eunice de siempre. Llevaba una blusa lila preciosa, jeans ajustados que le asentaban perfecto y zapatillas blancas impecables. Además, se había maquillado con esmero y traía labial. Lucía demasiado distinta. Demasiado arreglada.
—Es día de estudio —se justificó ella, encogiéndose de hombros—. Hay que venir preparadas para aprender.
—¿Segura que no tienes absolutamente nada que decirme? —la quedé mirando, entrecerrando los ojos con marcada sospecha.
Antes de que pudiera articular una sola palabra de respuesta... él apareció.
Alec.
Tenía el cabello ligeramente rizado y rebelde por el viento, y vestía ropa un poco más formal que de costumbre, como si él también hubiera tomado la firme decisión de convertirse en otra versión de sí mismo el día de hoy. Se acercó a Eunice con total naturalidad y la besó directo en los labios.
Fue un beso simple. Normal. El beso de una pareja cualquiera.
Y aun así... sentí cómo me rompió algo muy profundo por dentro. Me quedé completamente quieta en mi sitio. Sin aire en los pulmones. Con el mundo congelándose a mi alrededor.
—Buenos días, Celeste —me saludó Alec, dedicándome una sonrisa que delataba una evidente incomodidad.
Tragué con muchísima dificultad todo lo que estaba sintiendo en ese instante para no desmoronarme.
—Ya veo que me perdí de bastante —logré decir.
Eunice sonrió, actuando como si toda la escena fuera lo más natural del mundo.
—Bueno, eso debería decirlo yo de ti, ¿no crees? Me has estado ignorando prácticamente todo este último mes.
Al escucharla, Alec se tensó de inmediato en su sitio.
—Tenemos que hablar, Celeste —mencionó él, mirándome con una seriedad que me erizó la piel.
El aire a nuestro alrededor cambió por completo, volviéndose denso y pesado. Eunice parpadeó un par de veces, visiblemente confundida por la repentina seriedad de su novio.
—Espera... ¿qué está pasando exactamente aquí entre ustedes dos? —preguntó ella, mirándonos de forma alterna.
Se me quedó observando durante un breve segundo, pero luego, como si sus propios pensamientos la asustaran, se acercó rápidamente a mí y me rodeó con sus brazos. Me abrazó con fuerza. Demasiado fuerte. Una fuerza que casi se sintió como una súplica.
—Celeste, tú sabes perfectamente que por el hecho de que yo esté saliendo con Alec no vamos a dejar de ser los tres de siempre, ¿verdad?
Los tres.
Esa maldita palabra me raspó las paredes del estómago por dentro.
—Sí, claro —mentí, forzando un hilo de voz.
Alec dio un paso firme hacia adelante, acortando la distancia conmigo.
—Podemos ir juntos al aula de Informática —sugirió. Su voz sonó sumamente suave. Demasiado cuidadosa. Como si estuviera tratando con una pieza de cristal a punto de estallar.
Retrocedí un paso de inmediato, sin pensarlo dos veces.
—Estoy ocupada ahora mismo —inventé con rapidez—. Tengo que ir a buscar urgentemente al profesor de Administración para resolver una duda.
No me quedé a esperar ningún tipo de respuesta por su parte. Solo di la vuelta y me fui de ahí. Caminé rápido, casi corriendo. Porque entendía a la perfección que si me quedaba un solo segundo más parada frente a ellos... iba a terminar rompiéndome en mil pedazos en mitad del campus.
El pasillo del edificio de aulas estaba completamente vacío a esa hora. El silencio que me rodeaba se sentía demasiado limpio. Demasiado cruel.
Entré a toda prisa al primer salón vacío que encontré en el camino y cerré la puerta de golpe a mis espaldas. Y recién ahí, protegida por las cuatro paredes, fui capaz de volver a respirar.
Mi teléfono celular vibró dentro de mi bolsillo. Tenía dos llamadas perdidas y un par de mensajes nuevos.
Luca 🤪: Hola, Cel. Luca 🤪: ¿Dónde estás metida? Luca 🤪: Recuerda que se supone que eres mi compañera de grupo. Luca 🤪: No puedo creer que tengas el descaro de dejarme completamente solo con el trabajo.
Me había olvidado por completo de que le había entregado mi número de teléfono la noche anterior. Ese era mi papel, pensé. Solté una pequeña risa amarga ante su queja, pero no tuve las fuerzas suficientes para responderle.
Me quedé sentada en uno de los pupitres, mirando a la nada, hasta que la pantalla se volvió a iluminar con otra notificación.
Alec 🐽: Celes, ¿dónde estás? Alec 🐽: El profesor ya tomó lista en el salón. Alec 🐽: Y Luca está bastante inquieto buscándote. Creo que eres su compañera de proyecto, ¿no?
El pecho me dolió con una intensidad renovada al leer su nombre. Respiré hondo, conteniendo el nudo en mi garganta, y le escribí lo primero que se me vino a la mente para que me dejara en paz.