Lo Bonito de Equivocarse

Capítulo 8 Rara Interesante

Caminamos juntos. Sin hablar. Sin fingir. Sin nada.

Solo dos personas rotas que, por alguna razón, habían decidido no estar solas.

Luca caminaba exactamente a mi paso. No más rápido. No más lento. Acompañando. Su patineta colgaba de su mano, como si hubiera decidido que hoy no valía la pena usarla.

—¿Siempre eres así? —pregunté, rompiendo el silencio.

—¿Así cómo?

—Tranquilo. Cuando alguien se derrumba a tu lado.

Luca se encogió de hombros.

—No sé. Nadie se había derrumbado a mi lado antes.

—¿En serio?

—En serio.

Lo miré. Sus ojos dorados miraban al frente, pero no parecían enfocados en nada en particular.

—Entonces, ¿por qué no te fuiste?

—Porque no sabía si querías estar sola.

—No sabías si...

—Algunas personas lloran mejor solas —dijo, interrumpiéndome con suavidad—. Otras necesitan que alguien se quede. Yo no sabía cuál eras tú. Así que me quedé hasta que tú decidieras.

Esa respuesta me dejó en silencio. Porque era la primera vez que alguien hacía eso por mí. No intentar arreglarme. No intentar convencerme de que todo iba a estar bien. Solo quedarse. Y esperar.

—Bueno, señorita tristeza —dijo de pronto—. ¿Qué vas a hacer ahora?

—No sé. Ir a casa, supongo.

No tenía ganas de entrar a otra clase. El cuerpo y la cabeza no me daban para más.

—¿Andas con hambre?

—¿Qué tiene que ver?

—Que no te he visto comer nada en todo el día.

Parpadeé.

—¿Cómo sabes que no he comido?

—Porque te he visto todo el día —respondió, como si fuera obvio—. Y no te he visto comer.

Me quedé en silencio. Él también. Pero no era un silencio incómodo. Era de esos silencios que pesan porque hay algo que no se dice.

—Hay un puesto de tacos cerca —dijo finalmente—. No son los mejores del mundo, pero son baratos y llenan.

—¿Me estás invitando a comer?

—Te estoy diciendo que hay un puesto de tacos cerca —respondió, dándose la vuelta—. Lo que hagas con esa información es cosa tuya.

Agarró su patineta y se dirigió hacia la salida. Yo me quedé quieta un segundo más. Luca llegó a la puerta, se detuvo y, sin voltear, dijo:

—Me caes bien, Celeste. Aunque seas una llorona.

Y salió.

No sé por qué, pero me levanté. Agarré mi mochila. Y lo seguí.

El puesto de tacos quedaba a dos cuadras de la universidad. Era pequeño, con una sombrilla rota y un señor muy amable que sonrió al ver a Luca.

—¡Otra vez tú, muchacho! —dijo el señor.

—Soy su mejor cliente, don José.

—Eres el que menos paga.

—Soy estudiante. La creatividad para sobrevivir es parte de la carrera.

Don José negó con la cabeza, pero sirvió los tacos con una sonrisa. Luego desvió la mirada hacia mí.

—¿Andas acompañado? ¿Quién es ella?

—Mi compañera —dijo Luca—. Vino a ver a su ídolo culinario.

—Ay, cállate —le di un codazo en las costillas.

Don José se rió de buena gana.

—Qué bonito verlo acompañado, señorita. Siempre viene solo este muchacho.

Luca no dijo nada. Solo tomó los tacos, me señaló una banca de piedra cerca y se sentó. Yo hice lo mismo.

Comimos en silencio. No era un silencio triste. Era de esos que se sienten naturales, como si ya nos conociéramos de antes.

—Luca —dije, mordiendo un taco.

—Dime.

—¿Por qué me invitaste a comer?

Él masticó despacio, pensando.

—Busco que nadie esté solo después de llorar —respondió—. Y porque tú no me caes mal.

—¿Solo eso?

—¿Qué más quieres que diga? ¿Que eres la chica más interesante que he conocido? —se rió—. No miento, pero tampoco voy a exagerar.

—Entonces, ¿soy interesante?

Luca me miró. Sus ojos dorados brillaron bajo la luz del atardecer.

—Eres rara —dijo—. Pero rara interesante. Eso cuenta.

No supe si reírme o tomármelo a mal. Opté por reírme.

Cuando terminamos de comer, el sol ya se había escondido casi por completo. Caminamos de regreso a la esquina de la universidad para tomar cada quien su rumbo.

Luca con su patineta; yo con mi mochila. Los dos con las manos en los bolsillos.

—Celeste —dijo, deteniéndose.

—¿Qué?

—Si algún día quieres hablar de nuevo... de lo que sea... ya sabes dónde encontrarme.

—¿En los tacos?

—En los tacos, en la universidad. Donde sea.

Lo miré.

—¿Por qué eres tan amable conmigo?

Luca se encogió de hombros.

—Porque alguien fue amable conmigo una vez. Cuando más lo necesitaba. Y me gusta pensar que eso se paga devolviéndolo.

No supe qué responder. Así que solo asentí.

—Nos vemos mañana, Luca.

—Nos vemos, Celeste. Y no llegues tarde a Informática. O te juro que hago el proyecto solo.

—Eso decías tú.

—Son detalles.

Se subió a su patineta y se alejó. Lo vi desaparecer por la calle, esquivando farolas con esa habilidad suya.

Y pensé: qué raro. Pero no en el mal sentido. Raro como las cosas que empiezan sin que te des cuenta.

Llegué a casa y mi mamá ya había cenado. Mi abuela dormía en el sillón, con la televisión encendida. Subí a mi habitación en silencio, me senté en la cama y revisé mi celular.

Tenía dos mensajes.

Alec 🐽: Celeste, lo siento si te incomodé hoy. Solo quiero que las cosas vuelvan a ser como antes.

Lo leí dos veces. Como antes. Antes de que me gustaras. Antes de que te gustara ella. Antes de que todo doliera. No respondí.

El otro mensaje era de Luca.

Luca 🤪: Llegué bien. No me atropellaron. ¿Llegaste tú o te perdiste en el camino?

Sonreí.

Celeste: Llegué. Y no me pierdo.

Su respuesta llegó tres segundos después.

Luca 🤪: Mentira. Sí te pierdes.

Bufé frente a la pantalla.

Celeste: Te odio.

Luca 🤪: Mentira otra vez. Buenas noches, Celeste.




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