Lo Bonito de Equivocarse

Capitulo 9 El Rey del Caos

(POV Luca)

—Creo que deberíamos separarnos, esto ya no está funcionando.

La voz de mamá temblaba, rota en mil pedazos.

—Me parece lo mejor, porque la verdad es que ya no te amo.

La de él no. La de él nunca temblaba. Siempre se mantenía fría, firme, implacable.

Intenté moverme. No pude. Otra vez tenía quince años. Otra vez estaba atrapado en esa sala pequeña y asfixiante. Otra vez veía a mi mamá llorando desconsolada mientras mi papá salía por la puerta principal, cargando una mochila al hombro como si abandonar a su propia familia fuera simplemente otra tarea pendiente en su lista del día.

—Mamá... —intenté llamarla.

Di un paso hacia adelante. Todo desapareció.

Abrí los ojos de golpe, arrastrando una respiración fuerte y errática. Techo blanco. Mi cuarto. Bien. No estaba ahí. Ya no tenía quince años.

Pero el pecho me dolía, siguiendo con la tonta creencia de que el sueño era real.

—Excelente —murmuré para mí mismo, estregándome los ojos—. Qué maldita buena forma de comenzar el día.

Me quedé acostado boca arriba unos segundos más. Conté mentalmente. Cinco. Diez. Quince. Nada. Seguía exactamente igual de cansado. Dormir poco y descansar mucho menos definitivamente debería ser considerado un delito severo.

Me levanté arrastrando los pies con pesadez. El día de ayer tampoco había ayudado mucho a mi estabilidad mental: Celeste llorando a mares, el tal Alec apareciendo en el pasillo donde nadie lo había llamado y yo teniendo que hacer de psicólogo sin título otra vez.

Fui directo al baño, me arrojé agua fría en la cara y levanté la vista hacia el espejo. Ojos dorados. Los mismos malditos ojos color miel que los de él. Genial. Cada mañana de mi vida empezaba perdiendo esa misma discusión con mi propio reflejo.

Agarré el celular de la mesa de noche. Eran las 7:03 a.m. Tenía un mensaje nuevo.

Celeste: Gracias por escucharme ayer.

Me quedé viendo la pantalla fija durante unos segundos. No porque fuera algo sumamente trascendental. Bueno, sí lo era. Pero más que nada porque al leerla, se sentía... un poco menos triste que ayer.

Contesté rápido.

Luca 🤪: De nada. Hoje toca fingir que de verdad entendemos algo de Informática 👍

Guardé el teléfono en el bolsillo, me puse una camiseta celeste cualquiera, unos jeans blancos y bajé las escaleras a toda prisa.

Encontré a Lila en la cocina. Como siempre. Sentada perfectamente derechita, con una taza de café humeante a un lado y la laptop abierta. Tenía toda la cara de ser una persona completamente funcional. Qué envidia me daba.

—¿Otra vez el mismo sueño? —preguntó apenas me vio entrar, sin despegar los ojos de la pantalla.

Me limité a asentir. No hacía falta dar explicaciones detalladas. Con Lila nunca hacía falta.

Abrí la alacena, saqué la caja de cereal y tomé dos tazones limpios.

—No tenías por qué servirme a mí también —comentó ella.

—Sí tenía.

—Puedo hacerlo perfectamente sola, Luca.

—Lo sé. Igual decidí hacerlo yo.

Ella rodó los ojos, pero no protestó más. Victoria para mí. Nos sentamos frente a frente.

—¿Y mamá? —pregunté, tomando la cuchara.

—Turno extra en el hospital.

Asentí en silencio. Últimamente la frase "turno extra" significaba demasiadas cosas en esta casa: alquiler acumulado, recibos de luz por pagar, preocupación constante. Mamá trabajaba demasiado. Lila estudiaba demasiado. Y yo... bueno, yo intentaba ayudar en lo que maldita sea pudiera. Trabajar en la cafetería, estudiar la carrera, no reprobar materias y no volverme loco en el proceso. Objetivos simples de vida.

—¿Qué estás estudiando ahora? —pregunté para romper la seriedad.

—Traducción.

—¿En cuál de tus cincuenta idiomas?

—Coreano.

Fruncí el ceño dramáticamente.

—Todavía sigo creyendo que inventas palabras raras solo para impresionarnos a mamá y a mí.

Ella soltó una risa limpia. Bien. Punto para mí.

De pronto, Lila levantó la vista de la laptop y me dedicó una sonrisa sospechosa. Muy sospechosa.

—Por cierto, ¿quién es Celeste?

Ah. Por ahí iba la cosa.

—No empieces, Lila.

—Yo no he empezado nada.

—Esa cara de chismosa dice todo lo contrario.

Ella se apoyó en la mesa, mirándome con interés.

—Solo que de casualidad dejaste tu WhatsApp abierto en mi laptop anoche y vi un mensaje de ella —hizo una breve pausa, adelantándose a mi reacción antes de que empezara a quejarme por mi privacidad—. Pero no lo leí, ¿eh? Respeto algo llamado privacidad, hermanito.

La señalé acusadoramente con la cuchara de cereal.

—Traición en mi propio hogar.

Ella se rió, pero segundos después su tono de voz se volvió muchísimo más suave.

—Siempre terminas recogiendo a la gente triste, ¿te has dado cuenta?

Me quedé helado un segundo. Ella ya me conoce demasiado bien. Seguro pensaba que me había acercado a Celeste únicamente para ayudarla y, para ser sinceros, una cierta parte de mí sabía que tenía toda la razón.

—Yo no recojo a nadie.

Lila levantó una ceja, perfectamente incrédula. Suspiré, dándome por vencido.

—Bueno... quizá un poco. Solo un poco.

Ella sonrió con ternura.

—Solo no olvides que tú también tienes derecho a estar mal a veces.

Quise responderle con algo gracioso. Una de mis típicas bromas ingeniosas para desviar la atención. Pero esta vez no me salió nada. Así que terminé haciendo lo único que sabía hacer a la perfección: sonreír falsamente.

—Muy tarde para ese consejo. Ya soy un caso completamente perdido.

—Eso mismo vienes diciendo desde que tenías dieciséis años.

—Y como puedes ver, sigo teniendo toda la razón.

Lila negó con la cabeza, resignada.

—Algún día vas a aprender por las malas que no puedes ir por la vida intentando resolverle los problemas a todo el mundo, Luca.




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