Lo Bonito de Equivocarse

Capitulo 10 Un dia normal

(POV Celeste)

Traté de respirar con calma. De verdad lo intenté.

Porque mentir nunca había sido lo mío, y la realidad era que las cosas no iban del todo bien. Mi carro seguía malogrado, atrapado en el taller mecánico, y cada vez que me acordaba del presupuesto de la reparación me daban unas ganas inmensas de llorar un poco.

Había sido el regalo de mi papá por mis veinte años. El regalo presente de un padre ausente debido a sus eternos viajes de negocios. Eso había pasado hace apenas un año.

De pronto, el recuerdo de la fiesta me golpeó. Mi mamá respondiendo llamadas del trabajo incluso durante la celebración; mi hermana tocando el piano para impresionar a los invitados; Eunice riendo a mi lado; Alec mirándome como si yo fuera su mundo entero. En ese entonces, yo era una ingenua que creía que todo iba a quedarse exactamente igual para siempre.

Qué tonta.

Sacudí la cabeza con fuerza. No. No iba a hundirme en esos pensamientos otra vez.

Ya eran casi las doce de la tarde y estaba esperando a Luca para avanzar el proyecto de Informática. Mientras tanto, sentada en la biblioteca, intentaba concentrarme en las páginas de Crimen y Castigo. Mi nuevo plan de autodefensa y recuperación emocional consistía en dejar de leer novelas de romance durante una buena temporada. Necesitaba una desintoxicación urgente. Si seguía leyendo historias de amor idealizadas, terminaría lanzando los libros por la ventana de mi cuarto.

Estaba tan metida en la lectura que casi salto de la silla cuando sentí una mano cálida sobre mi hombro.

—¡Dios mío! —exclamé, girándome de golpe con el corazón en la boca.

Luca se estaba riendo. Muchísimo. Tenía que morderse el labio para no romper la regla de silencio de la biblioteca.

—No puedes culparme —susurró con diversión—. Tu reacción fue divertidísima.

—Casi me da un infarto, idiota.

—Perfecto. Míralo por el lado positivo: si mueres, ya no tendrás que entregar el proyecto.

Le lancé una mirada asesina. Él levantó de inmediato las manos en señal de rendición, mostrando una sonrisa culpable.

—Está bien, está bien. Lo siento.

—Llegaste tarde. Otra vez —le recriminé en un susurro, cruzándome de brazos.

—Lo sé.

—Luca...

—Lo sé.

—Luca.

—Ya entendí, juro que ya entendí —se quejó falsamente, intentando acomodarse el cabello despeinado con una expresión de completa derrota—. He estado un poco ocupado.

—¿Más ocupado que de costumbre?

—Van a empezar mis prácticas en el hospital dentro de poco.

—Ah.

—Y además tengo semanas de exámenes.

—Ajá.

—Y el bendito trabajo.

—Ajá.

—Y creo que, siendo muy optimista, no he dormido bien en los últimos tres días.

Dejé de reprocharle el retraso y lo observé mejor. Tenía ojeras. Eran sutiles, pero estaban ahí, marcadas bajo sus ojos color miel.

—Luca —dije en voz baja.

—¿Sí?

—Pareces un zombi funcional.

—Gracias —me regaló una sonrisa cansada—. Es el mejor cumplido que he recibido en toda la semana.

No pude evitar soltar una pequeña risa.

—Tranquilo, vaquero. Sobreviviremos.

—Eso espero.

Fue en ese instante cuando me fijé detalladamente en su ropa y fruncí el ceño.

—Espera un segundo.

—¿Qué?

—¿No tienes frío?

Miré su camiseta celeste de manga corta. Afuera hacía un frío horrible y el cielo de la ciudad tenía toda la intención de empezar a lloviznar en cualquier momento.

—Un poco —admitió, encogiéndose de hombros.

—Entonces, ¿dónde está tu casaca?

Luca sonrió de medio lado.

—Inmóvil en la lavandería.

—¿Y la otra?

—No hay otra.

Parpadeé, completamente desconcertada.

—¿Solo tienes una?

—Tengo más ropa, Celeste, por favor. No soy un personaje de caricatura que se viste igual todos los días.

—Estoy hablando en serio.

—Yo también —su tono se suavizó—. Es la única por ahora.

Lo dicho con tanta tranquilidad que me dejó sin palabras. No parecía avergonzado ni incómodo por admitirlo. Para él, era simplemente un dato más de su vida.

Andando de prisa, no pude evitar preguntarme el porqué de muchas cosas. Por qué solo una casaca. Por qué siempre se reía de todo, como si la vida fuera un chiste constante. Por qué parecía arrastrar tanto cansancio y aun así seguía sonriendo de la misma manera. Pero me guardé las preguntas; al final, no era mi lugar meterme en su vida.

Justo cuando iba a decir algo más, escuché varias voces conocidas acercándose por el pasillo de los cubículos. Genial. La invasión había comenzado.

—¡Con que aquí estabas, Romeo!

Un chico de piel blanca y cabello castaño apareció primero, una playera color verde y jeans negros, con gorra verde puesta alrevez, haciendo muchísimo más ruido del permitido en una zona de absoluto silencio.

Luca se tapó la cara con ambas manos, resignado.

—No puede ser. Me encontraron.

—Uno se preocupa genuinamente por ti y así nos pagas —dijo el mismo chico, fingiéndose ofendido—. Venía con la noble intención de invitarte a almorzar.

—Qué tipo tan considerado.

—Pero ya veo que tienes mejores planes y estás muy bien acompañado.

—Andrés —sentenció Luca.

—¿Qué?

—Cállate.

Un chico coreano apareció justo detrás de él. Wou, qué lindo era. Usaba unos lentes plateados de marco fino, una camiseta negra que le asentaba muy bien, jeans azules y unas Vans negras clásicas. Pensé para mis adentros que si yo fuera K-poper, definitivamente me le habría lanzado encima en ese mismo instante.

—Por una vez en la vida, estoy completamente de acuerdo con Luca —comentó con voz tranquila.

—Traición —declaró Andrés, llevándose una mano al pecho de forma dramática.

Por favor, en cualquier momento la bibliotecaria nos iba a expulsar a todos.

—Silencio, nos van a botar —susurré, señalando con la mirada a la entrada.




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