Lo Bonito de Equivocarse

Capitulo 12 Lo que no se dice

El fin de semana llegó sin que me diera cuenta.

Y con él, el plan de Eunice: "Vamos de compras. Necesito ropa nueva. Tú también, aunque lo niegues."

No discutí.

A veces era más fácil aceptar sus planes que poner excusas.

El centro comercial estaba lleno, como siempre.

Eunice caminaba delante de mí, revisando todas las vitrinas con esa energía que parecía no agotarse nunca.

—Mira esta blusa —dijo, deteniéndose frente a una tienda—. ¿Te imaginas? Con unos jeans blancos y unos tacones...

—Te verías bien —respondí, sin mucho entusiasmo.

—¿Solo bien?

—Muy bien.

—Eso es más como me gusta.

Entró a la tienda y yo la seguí.

Mientras ella probaba tallas y colores, yo la miraba desde una silla.

—Cuéntame —dijo Eunice, desde el probador—. ¿Qué pasa con Alec?

—¿Qué debería pasar?

—No sé. Últimamente lo noto raro. Como pensativo.

—Tal vez es el estrés.

—No creo.

Su voz sonó diferente.

—Hablando de chicos —dijo Eunice, asomando la cabeza por la cortina—. ¿Y Luca?

Luca.

El nombre me hizo pensar en él. En sus ojeras. En esa vez que llegó sin casaca en un día frío. En cómo se quedó en el salón vacío sin preguntar nada.

—¿Qué pasa con Luca? —pregunté.

—Que te vi con él. En la cafetería. Y en el parque.

—Es mi compañero de Informática.

—¿Solo eso?

—No —respondí, bajando la voz—. También es mi amigo.

Eunice sonrió. Esa sonrisa de "yo ya lo sabía".

—¿Solo amigo?

—Eunice...

—Está bien, está bien —dijo, levantando las manos—. Pero no me mientas. Tú me dijiste en la pijamada que te gustaba.

Cierto.

Se lo había dicho.

Para ocultar que me gustaba Alec.

Y ahora Eunice seguía creyendo esa mentira.

—Sí —respondí, bajando la mirada—. Me gusta.

Pero no como tú crees, pensé.

Me gusta como amigo. Me gusta como persona. Me gusta porque es bueno y porque me hace reír cuando más lo necesito.

Pero eso no era lo que Eunice entendía por "gustar".

Y yo no iba a explicarle la diferencia.

—Entonces —dijo Eunice, saliendo del probador con la blusa puesta—, ¿por qué no se lo dices?

—Porque no quiero arruinar la amistad.

—Qué cursi.

—No es cursi. Es real.

Eunice me miró un segundo. Luego asintió.

—Está bien. Respeta tus tiempos.

Volvió a entrar al probador.

Y yo me quedé pensando en Luca.

Seguimos caminando por el centro comercial.

Eunice compró dos blusas y unos aretes.

Yo no compré nada.

Pero en una tienda de ropa de hombre, me detuve.

—¿Para qué entramos aquí? —preguntó Eunice.

—Para nada —mentí.

Pero ella me conocía bien.

—Es para Luca, ¿verdad?

Bajé la vista.

—Tal vez.

—¿Qué quieres comprarle?

—No sé. Una casaca, tal vez.

Eunice arqueó una ceja.

—¿Por qué una casaca?

—Porque... —hice una pausa—. Porque el otro día hizo frío y él no llevaba. Me dijo que la única que tenía estaba en la lavandería.

—¿Solo tiene una?

—Eso parece.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque me lo dijo —respondí—. Y porque desde entonces no he visto que use otra.

Eunice me miró un segundo. Luego sonrió.

—Qué atenta eres.

—No es atenta. Es... no sé. Me preocupo.

Eso era verdad.

Me preocupaba que tuviera frío.
Me preocupaba que estuviera cansado.
Me preocupaba que siempre estuviera sonriendo como si nada le pasara.

Pero no porque me gustara de la forma que Eunice creía.
Sino porque era mi amigo.
Y porque nadie más parecía estar pendiente de él.

—Entonces cómprale una —dijo Eunice.

—No sé. Tal vez le parezca raro.

—¿Por qué?

—Porque no somos nada.

—Son amigos. Los amigos se regalan cosas.

—Sí, pero...

—Celeste —me interrumpió—. Si te preocupa, hazlo. No pierdes nada.

—¿Y si piensa que soy una intensa?

—No lo va a pensar.

—¿Y si se aleja?

Eunice puso los ojos en blanco.

—Eres demasiado dramática. Además, si se aleja por una casaca, entonces no era tan buen amigo.

Tenía razón.

Pero igual me daba miedo.

—Tengo otra idea —dije.

—¿Cuál?

—Mi papá tiene casacas que no usa. Son nuevas. Tal vez... una de esas.

Eunice me miró.

—¿La de tu papá?

—Nunca las usa. Viaja mucho. Ni se va a dar cuenta.

—¿Y no te parece raro regalar algo de tu papá?

—No sé. Tal vez. Pero no tengo dinero para comprar una nueva.

Eunice se quedó callada un segundo. Luego asintió.

—Si estás segura.

No lo estaba.

Pero igual quería hacerlo.

Llegué a casa con la cabeza llena de pensamientos.

Mi mamá no estaba.
Mi hermana, encerrada en su cuarto.
La casa, en silencio.

Subí las escaleras y me detuve frente al cuarto de mi padre.

La puerta estaba cerrada.

Como siempre.

Entré.

Olía a madera y a ausencia.

Su armario era enorme. De esos que ocupan toda una pared.

Lo abrí.

Y allí estaban.

Trajes. Camisas. Corbatas.

Revisé entre las perchas. Buscaba algo que no fuera demasiado formal. Algo que Luca pudiera usar sin parecer que iba a una boda.

Y entonces lo vi.

Colgado al fondo, casi escondido entre chaquetas más oscuras.

Un saco de tela corduroy.

Color marrón.

Suave al tacto. Cálido. De esos que se ven viejos pero bien cuidados.

Nunca lo había visto puesto. Estaba casi nuevo.

Lo saqué de la percha y lo extendí sobre la cama.

Era perfecto.

No demasiado elegante. No demasiado llamativo.

Era el tipo de casaca que Luca podría usar sin sentirse fuera de lugar.

Pasé la mano por la tela. Las rayas de la pana se movían bajo mis dedos.

—Ojalá te guste —murmuré, como si él pudiera escucharme.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.