Lo dejé todo por ella... Y no bastó

Verano: parte II

—¡D-dejen de molestar a mi hermana!—murmuró el chico, reuniendo el coraje suficiente para confrontarnos.

Xiomara lo envolvió entre sus brazos y besó la coronilla de su cabeza.

Suspiré. La situación perdió toda gracia para mí. Fue entonces cuando Xiomara, por primera vez desde que la habían obligado a acercarse, reunió la determinación suficiente para mirarme a los ojos.

—¿Eres a quien llaman el gato negro?—

Juan y Cristian se pusieron a la defensiva. Ese apodo era parte de un pasado que yo prefería olvidar; nadie me llamaba así ya. A Jonathan le bastó con mirarme para entender cuánto seguía desubicándome aquel seudónimo.

—¿Por qué preguntas?—comentó Jonathan, cruzando los brazos.

Todos nos pusimos serios en ese instante y formamos un círculo alrededor de los hermanos, esperando una respuesta.

Xiomara trató de justificarse, desviando la conversación con excusas nerviosas.

—C-creo que me confundí de persona... lamento haberlos molestado... Yo—

La interrumpí deliberadamente, dando un paso al frente. Vi cómo su hermano se crispó ante mi acercamiento.

—¿Para qué buscas al gato negro?—
Ella dudó por un instante, como si temiera dar la respuesta incorrecta, y antes de que pudiera hacerlo volví a preguntar, un poco más sereno, pero no menos tenso.
—¿Qué cambiaría si yo fuera el gato negro?—

Se tensó y volvió a rodar los ojos, evitando mi mirada. Trató de hablar, pero las palabras parecían atascadas en su garganta y no pudo decir nada.

Su hermano saltó a la acción, con palabras entrecortadas, cargadas de nerviosismo.

—E-es un tema personal... y nos gustaría hablarlo en privado...—

Ese era el peso de ese maldito apodo. El miedo y el respeto que la gente me tenía desde aquella vez. Era repugnante saber que todo había empezado por una pelea que acabó en una desgracia.

Formaba parte de un mundo en el que fui "libre", de cierta forma. Y aun así, esta situación me enfermaba.

Chasqueé los dedos. Todos se dispersaron, quedando solo Juan y Cristian; los únicos que sabían todo lo que se escondía tras el significado de mi apodo. Las únicas personas de las cuales mi vida dependía de su silencio.

—Pueden hablar... Solo quedan mis chicos de confianza.—

Dije, puntuando mis palabras con un suspiro sutil. Luego me deje caer al suelo de nuevo. Esperé a escuchar lo que aquellos hermanos tenían para decir.

¿Qué tan importante era este asunto para recurrir a mí?

Había seis más. Éramos conocidos como las siete grandes calamidades. Solo nos habíamos reunido dos veces en cuatro años, desde que nos otorgaron esos estúpidos títulos.

—¿Podría brindarnos un poco de orientación? Alguien ha estado acosando a mi hermana...—

Dijo el chico antes de recibir un pequeño golpe de su hermana en el brazo, seguí con una expresión indescifrable mientras les prestaba atención, casi por un momento surgió entre ellos una discusión sin interés, Juan se aclaró la garganta para que ambos continuaran su historia o solicitud.

—Verá... Recientemente, no puedo quedarme a solas con mi padrastro...—

hacía pausas que dejaban en claro el tema, mi mirada divago entre Juan y Cristian, antes de expresarme mientras cerraba los ojos.

—Entendí lo suficiente, déjenme pensarlo. Les responderé en el transcurso de esta semana...—

Me puse de pie de nuevo, alejándome a pensar. Siendo seguido por Juan y Cristian, ya sabía que estaban preocupados, había prometido no volver a este mundo, a dejar de hacer este tipo de cosas, quería dejar de involucrarme en estos casos por la reputación que había ganado, esperaba que mi madre nunca se enterara de las cosas que hacía, igual no es como que le interesara en que anduviera metido.




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