Lo dejé todo por ella... Y no bastó

Verano: parte III

—Entonces... ¿la ayudarás?—

Preguntó Juan. No podía esconder la incertidumbre en su voz. Miré por encima de mi hombro, encontrándome con la expresión de preocupación en el rostro de Cristian.

Joder. Cómo odiaba verlos así. Eran como mis hermanos mayores, pero no sabía qué hacer ahora... él no estaba para darme consejos.

—No lo sé...—

Fue todo lo que pude responder en ese instante. Me quedé de pie, mirando la pared frente a nosotros. Suspiré y caminé hasta ella, apoyando la cabeza contra el frío material.

Entonces los recuerdos volvieron a invadirme.

Esa tarde.

La sangre teñida en mis manos y zapatillas. Mi corazón acelerado. Los gritos de Juan y Cristian, la fuerza de ambos deteniéndome, impidiéndome continuar golpeando al sujeto tirado a mis pies.

La mirada de satisfacción de esos otros seis frente a nosotros.

Una escena capaz de dejar perplejo a cualquiera.

Salí de mi mente solo cuando sentí dos manos apoyarse en mi espalda.

—¿Todo bien?—preguntó Cristian, más preocupado de lo normal.

—¿Por qué empezaste a llorar de la nada?—añadió Juan.

Me sequé las lágrimas que aún corrían por mis mejillas y me aparté de la pared. Solo pude responder con un murmullo.

—Nada... solo ese maldito recuerdo. Otra vez.—

Ambos entendieron a qué me refería. Me sentaron, sentándose también a mi lado, en completo silencio.

Yo seguía sin entender cómo todo ese día escaló tan rápido.

Lo último que recordaba era verlo a él muerto en una foto. Una risa burlona, lejana, retumbando en mis oídos.

Hasta que encontré al mismo sujeto que me mostró esa imagen, riéndose...

Tirado a mis pies, moribundo.

Y a Juan y Cristian evitando que yo terminara de cometer una locura.

—¿Por qué demonios todo es así de repente?—

Pregunté en voz alta. Mis puños golpearon el suelo, liberando la frustración acumulada.

Entonces lo sentí.

Uno de ellos apareció. Siempre lo hacían así, como si recordar que yo era parte de ellos les resultara divertido.

—Deberías dejar de culparte, gato...—

Era Camilo.

Otra de las siete grandes calamidades. Y precisamente el tipo de sujeto que casi nunca aparecía... y cuando lo hacía, no traía nada bueno consigo.

—¿Qué quieres? No estás aquí para socializar... Demon.—

Sí. Black Demon. El demonio negro, literalmente. Aunque lo único negro que tenía era su cabello azabache.

—Tan perspicaz como siempre, gato...—respondió con calma.—Hay reunión antes de salir. Es un asunto urgente. No faltes.—

Y se largó.

¿Urgente?

Hasta ahora, nada había sido lo suficientemente importante como para reunirnos. Y mucho menos al nivel de que uno de los tres fundadores viniera personalmente a buscar a los miembros.

Esto ya estaba escalando. Y cualquiera en mi lugar lo habría notado.

No era mi problema. Las dudas se resolverían en esa dichosa reunión.

Una pequeña piedra impactó contra mi cabeza, sacándome de mis pensamientos. Juan.

—¿Planeas asistir?—

Su preocupación me resultó casi graciosa. Ya no podía salir de este mundo. Estaba atado a mis actos y, por mucho que corriera, ellos siempre estarían sobre mí.

—No es como si pudiera dejarlo ahora...—

Respondí, sacudiéndome la tierra adherida al trasero de mi sudadera.

Después de eso, nos volvimos a jugar fútbol. El resto del día dejé de preocuparme por todo lo demás; me enfoqué únicamente en divertirme junto a los chicos. Todo debía fluir. Las respuestas llegarían a su debido tiempo, sin forzarlas.

Al final del día, 6:45 de la tarde.

Me dirigí a la sala de reuniones: un auditorio viejo en la parte posterior de la escuela. Un lugar infestado de ratas y con un hedor a muerte tan asqueroso que parecía impregnarse en la piel.

Ya estaban allí.

Seis de las siete grandes calamidades esperaban el inicio de la reunión.

Para este punto, la pandilla controlaba tres escuelas y dos universidades. Quiénes estaban por encima de nosotros seguía siendo un completo misterio.

Tomé el único asiento libre, justo entre Seraph y Fenrir.

El ambiente era denso. Pesado. Asfixiante.

No solo por el olor pútrido del lugar, sino por la expectativa que flotaba en el aire.

¿Por qué estábamos allí?

¿Qué era tan urgente como para requerir la presencia de los siete?

La respuesta llegó en el instante en que Goliat cruzó la puerta, obligándose a agacharse para entrar.

La expresión en su rostro lo dijo todo.

Nada bueno.

Por primera vez en cuatro años, y en apenas tres encuentros, sentí miedo proveniente de él, llenando la sala como una sombra espesa.

Black Demon y White Snake hicieron las presentaciones correspondientes mientras Goliat tomaba asiento, observándonos en silencio.

Estábamos todos.

Seraph.
Black Demon.
White Snake.
Fenrir.
Lee.
Black Cat.
Kyle.

Nos pusimos de pie y mostramos nuestro respeto ante Goliat, miembro de la pandilla original y encargado de nosotros hasta este año.

—Siéntense...—

Ordenó.

Obedecimos sin cuestionar.

Nos miraba con expectación, como si ya esperara alguna pregunta de alguno de nosotros.

Su mirada se detuvo un segundo de más sobre mí, antes de desviarse hacia Seraph, quien no demoró en hablar.

—¿Por qué estamos todos aquí?—

Siendo la única chica de la banda, su voz parecía infestada de ingenuidad. Y era precisamente eso lo que generaba más terror.

Ninguno de los presentes estaba allí por suerte o por inocencia. Todos éramos despiadados. Bestias caóticas que apenas se contenían... o eso era lo que siempre nos decían.

Yo estaba allí más porque no podía dejarlo, que porque realmente quisiera.

Todos esperamos la respuesta de Goliat, tensándonos al mismo tiempo, sabiendo que esa noche algo iba a cambiar.




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