Salimos de la escuela. Johan iba con Seraph adelante, Juan y Cristian en medio, y yo cerrando el grupo. Estaba molesto. La preocupación me carcomía por dentro.
¿Y por qué?
No tenía ningún lazo con ella… y aun así me importaba.
Todo esto ya era un embrollo, y no me gustaba nada.
Nos detuvimos un momento a comprar agua. Mamá iba a matarme cuando se enterara de que me salté las clases por algo que llamé “más urgente”. Entonces empezó a llover, frenando nuestro avance.
—Será mejor parar —dijo Cristian.
—Paran ustedes si quieren —fulminé a Johan con la mirada—. Tú y yo vamos a llegar con tu hermana. Ahora.
Seraph intentó objetar. La hice callar con una mirada. Alcé la ceja, retándola a contradecirme.
Ni siquiera entendía por qué reaccionaba así. Era desagradable. No encajaba con la persona que decía querer ser.
Los obligué a moverse bajo la lluvia. Ellos corrían por las calles, intentando mojarse lo menos posible.
Yo caminaba.
Como si estuviera castigando al mundo por hacerme sentir esta maldita preocupación.
No recuerdo con exactitud cuánto tiempo pasó, quizá por que iba demasiado absorto creando escenarios ficticios en mi cabeza. Para cuando lo note, ya estábamos en casa de Xiomara y Johan.
Me quede de pie observando la fachada. Era agradable, acogedora a primera vista, lo contrario a lo que era la casa de mis padres.
Johan entro primero. Más atrás seguimos nosotros. el ambiente dentro si daba esa sensación familiar que tenia tiempo sin experimentar... y eso, de alguna forma, me resultó enfermizo.
—Xiomara tenemos visitas.— grito Johan desde afuera de su habitación.
Yo golpeé el suelo con la punta de mi zapato, impaciente, esperando a que abriera.
La puerta tardó demasiado en abrirse.
Cuando finalmente lo hizo, Xiomara apareció con la piel pálida y ojos hinchados, clara señal de no haber dormido desde anoche. Llevaba una sudadera demasiado grande para su cuerpo, las mangas cubriéndole casi por completo las manos.
No hizo falta que dijera nada.
Mi estómago se contrajo sobre si mismo en un instante.
—¿Estás bien?— preguntó Seraph con una suavidad que contrastaba con el nudo que se formaba en el ambiente.
Xiomara asintió, pero fue torpe, automático y evasivo, como si lo hubiera practicado frente al espejo.
—Dije que no hicieran nada...— murmuró; su mirada recorrió a todos pero jamás se poso en mí.
Esa fue la gota que colmó el vaso.
Apreté la mandíbula. Sentí algo quebrarse lento, muy adentro, como una grieta avanzando por una pared que llevaba años aguantando golpes.
—Eso no lo decides tú— respondí, sin alzar la voz—. No desde que me involucre.
El silencio cayó pesado. Johan tragó saliva. Seraph me fulminó con la mirada, tratando de detener mi imprudencia.
Pero ya era tarde.
Porque en ese momento, había dejado de razonar.
Salí, Juan y Cristian me siguieron afuera.
—No vayas a cometer una locura— advirtió Juan caminando a mi lado.
Cristian no habló, su expresión no me inspiraba confianza. Sin embargo, lo ignoré. Compré un par de cigarros, por que si; en último año de primaria había aprendido a fumar y dejar ir el estrés con el humo.
—¿Qué harás ahora David?— preguntó Cristian, ahora midiendo cada uno de mis palabras.
—Lo que mejor sé hacer… Liderar una locura— respondí, mirándolo con una sonrisa irónica.
Vi como palideció y buscó a Juan con la mirada. Ese era Cristian, un miedoso empedernido que aparentaba ser duro.
Le di la última calada al cigarro antes de apagarlo, volví a casa de los chicos, mire a Johan y me acerque.
—¿Dónde trabaja?— Pregunté de forma fría, Seraph me miró sorprendida al escucharme.
Vi la expresión de Johan y Xiomara dudar, antes de responderme.
—Barrio Western, edificio 21, piso 3— comentó Xiomara por fin dirigiéndome la mirada, sonreí satisfecho, Juan me miro y Cristian dudo.
—Vamos contigo—
Dijo Seraph poniéndose de pie, preocupada y aterrada de mi expresión relajada en ese instante.
Juan negó con la cabeza mirándola, Cristian trataba de recuperar el aire que había perdido luego de escucharme pedir la dirección.
—Goliat dijo que estuvieran a mi disposición si se los pedía, agradezco que hasta ahora lo hayas estado Seraph, pero de aquí en adelante me encargo yo—
Salí de la casa mientras sacaba mi celular, marque un número registrado como "no volver a llamar". La voz que me recibió al contestar me ponía los pelos de punta.
—Vaya vaya, pero si no es el niño prodigio ¿Qué sucede hermanito?—
Suspire, como siempre Ethan era tan irritante, para ser mi segundo hermano mayor me sacaba de quicio.
—Te lo explico todo mas luego, necesito a 40 de los tuyos, tengo algo que hacer esta noche y vas a ayudarme.—
Exigí con voz medida pero sin que perdiera su peso, Ethan era como yo, por él, yo estaba en este mundo.
No solo era un pandillero como yo, Ethan controlaba las siete deidades y muchas otras pandillas de la ciudad, se sabia que el tenia nexos con la yakuza y la bratva. Aunque era un secreto para mis padres, nosotros 5 hermanos, conocíamos todo del otro.
—Como quieras gato negro, pero me la debes, ya le digo a mamá que estas conmigo.—
Ya me sacaba un peso de encima, el maldito le fascinaba cuando yo me involucraba cada vez más, y cuando lo hacia, me encubría perfectamente para que mamá no acabara dándome sermones.
Colgué la llamada con una sonrisa irónica en el rostro.
—Gracias... idiota—
Luego de mis palabras camine calmado a casa.
Esta noche, nadie me iba a detener.
Y eso, seria aun peor para todos, para él, para ellos, para mí.