Llegué a casa a eso de las 4:32. Era la hora en la que mi mamá solía estar en la sala, tomando té y viendo un programa de cocina. Era fácil de recordar; después de todo, era lo único que compartíamos: el amor intenso por la cocina.
Al abrir la puerta, allí estaba.
—Ya llegué, mamá —anuncié, intentando escabullirme—. ¿Qué tan importante era lo que tenías que hablar con Ethan como para no poder esperar a que saliera de la escuela?
No lo vi venir. Claro, esperaba algún reclamo, pero la calma en su voz me inquietó al instante. Alana Belmont era de todo, menos calmada.
—¿Él no te lo dijo? —pregunté, evadiendo la respuesta. Sabía que estaba sospechando; así era mi madre.
—Sí lo hizo —respondió—, pero quiero escucharlo de tu boca.
Maldita sea.
Esto era horrible. Mucho peor que verla enojada. Solo con esa conversación, una jaqueca brutal comenzó a martillarme la cabeza.
¿Qué mierda le dijo Ethan a nuestra madre?
La pregunta me explotaba en la mente.
—Estás hastiándolo, mamá —intervino Ale desde las escaleras—. Ya Ethan y David te dijimos que hablamos sobre la universidad a la que asistiría.
Por primera vez en mucho tiempo, me alegré de ver a mi amargado hermano mayor.
—Así es —agregué de inmediato—. Acordamos que iría a Stormfield, a las afueras de la ciudad. Como lo han hecho todos.
Mi madre se puso de pie y nos miró. Seguía demasiado curiosa, demasiado incrédula, pero ninguno de los dos flaqueó. Pasó a nuestro lado y sentí que, por fin, podía volver a respirar.
—Bien —comentó, poco convencida—. Si es así, dejaré el tema… por ahora. Pero no quiero que vuelvas a salir de la escuela para este tipo de cosas, David. ¿Entendido?
Ahí estaba otra vez su voz severa. Me giré sobre mis propios pies para encontrarla mirándome por encima del hombro. En sus ojos grises brilló algo que me revolvió el estómago.
¿Aprecio?
Me resultó absolutamente asqueroso.
Alana no me apreciaba. No desde que supo que éramos gemelos y mi hermano nació muerto, enredado en mi cordón umbilical.
—Comprendo, mamá —respondí, conteniendo un bufido para no alargar la conversación.
Me encerré en mi habitación.
Me cambié la ropa escolar por algo más informal: botas trenzadas, pantalón de mezclilla con estampado militar, camisa blanca y una chaqueta negra de cuero. Ethan me había escrito para confirmar que debía estar listo a las seis. Ale me llevaría al punto de encuentro.
Justamente entonces, entró en mi habitación.
—Existe algo que se llama tocar la puerta —bufé, reclinado en la ventana mientras fumaba.
—A mamá le encantaría verte así —respondió divertido, con esa mueca macabra que siempre ponía cuando algo le parecía gracioso—. Seguro te quita el cigarrillo y te quema toda la boca.
—¿Me dirás para qué quieres a tantos hombres? —preguntó, arqueando una de sus cejas negras y pobladas.
—¿No me querían ustedes en su mundo? —respondí, dándole una última calada al cigarrillo antes de lanzarlo por la ventana—. Bien. Vamos a matar a alguien.
No se sorprendió. Se sentó en mi cama, observando el cuadro autografiado por Michael Jackson en 2006 que colgaba frente a la pared.
—Es por ella, ¿verdad?
¿Cómo mentirle? Me conocía incluso mejor que mi madre.
—¿Hasta dónde llegarás esta vez, David Alexander Belmont?
No supe responder.
¿Cómo iba a hacerlo, si ni yo mismo tenía esa respuesta?
Aparté la mirada hacia el espejo frente a la cama. Allí estábamos los dos, con el cabello desordenado por el aire que se filtraba desde la ventana. Ale apoyó sus manos en mis hombros y sentí cómo una tensión que no sabía que cargaba comenzaba a disiparse.
—Puedes contar con nosotros, Alexander —murmuró—. Somos Ethan, tú y yo contra el mundo. ¿Recuerdas?
Claro que lo recordaba. Me hicieron esa promesa antes de irse a la universidad, antes de que todo con Paris y Kevin cambiara.
—Sí… lo recuerdo.
La puerta se abrió de golpe.
—¿¡Qué mierda hacen!? —rugió Ethan.
Sí, justo él. El segundo hermano mayor. El que podía arrancarnos la cabeza sin pestañear.
—Ya íbamos a salir —respondió Ale con calma—. Solo descubrí que el pequeño Alexander tiene una nueva fijación.
Iba a refutarlo cuando vi a Ethan quedarse inmóvil. Me miró con esa expresión evaluadora que pedía, sin palabras, que negara lo que acababa de oír.
No pude hacerlo.
—¿Traes mierda en la cabeza, David?
Bajé la mirada. Podía ser temido por muchos, pero estos dos a mi lado eran auténticos sádicos sociopáticos.
—Bien —continuó Ethan—. Haremos esto. Pero después estarás por tu cuenta, David. Tus malditas obsesiones son un problema.
Ale carraspeó, interrumpiéndolo antes de que siguiera hablando.
—Tiene razón —dije al fin—. Esto es un problema mío. Ustedes no tienen por qué involucrarse. Siempre lo dice mamá… lo dice Paris… y también Kevin.
Salí de la habitación.
Me siguieron hasta el Cadillac que conducía Ethan. Me senté en el asiento trasero.
Estaba listo.
No… estaba más que listo para esa noche.
La lluvia volvió con una intensidad estrepitosa. Íbamos en silencio, todos con el mismo enfoque. Mamá no cuestionó nada; después de todo, estaba con mis dos hermanos mayores. Dijimos que volveríamos antes de medianoche y eso fue suficiente para ella. Le gustaba que empezara a pasar más tiempo con ellos.
Si supiera en qué andábamos, nos estaría golpeando.
En la radio sonaba Måneskin. Para ser precisos, Mammamia. Ethan tarareaba spit your love on me, y Ale completó con tell me your limits and we’ll cross that line again.
No estábamos animados. La canción solo formaba parte de nosotros desde ese día.
Nos detuvimos a tres cuadras del lugar y apagamos el auto. Ya nos esperaban alrededor de veinte tipos. No hicieron falta indicaciones; todos sabíamos lo que iba a suceder esa maldita noche.